miércoles, noviembre 16

Parte 30. Diocleciano. El fin del principado

7. Diocleciano
El fin del principado

El hombre del momento era Diocles. Provenía de una familia campesina pobre y su nombre de resonancia griega obedecía, al parecer, al hecho de que había nacido (en 245) en Dioclea, una aldea de la costa ilírica. Se desempeñó bien en el ejército, bajo las órdenes de Aureliano y Probo. En el momento de la muerte de Caro, tenía casi cuarenta años y se había elevado del rango de soldado raso al de jefe de la guardia de corps imperial.
A la muerte de Caro, Diocles fue proclamado emperador por sus hombres y, como Caro, no juzgó necesario buscar la aprobación del Senado.
Su primera acción fue formar un sumarísimo consejo de guerra para juzgar al general que se suponía había planeado la muerte de Caro y luego la había ejecutado con sus propias manos. Esto puso en claro su posición con respecto al asesinato de emperadores, sobre todo ahora que lo era él. La duración media del reinado de los emperadores del medio siglo anterior (dejando de lado co-emperadores, usurpadores y aspirantes fracasados) había sido de dos años, aproximadamente, y Diocles estaba fieramente decidido a superar ese promedio.
Al subir al trono, Diocles asumió el nombre regio de Gaius Aurelius Valerius Diocletianus (más conocido en español como Diocleciano) y entró en la ciudad de Nicomedia, situada en el noroeste de Asia Menor, en 284 (1037 A. U. C.). En la medida en que pudo, Diocleciano hizo de esta ciudad su residencia, por lo que se convirtió en la capital del Imperio durante su reinado.
Eso fue el reconocimiento de un hecho importante. Italia ya no era la provincia dominante del Imperio ni Roma era la ciudad dominante. De hecho, que un emperador se estableciese en Roma como en los viejos días de Augusto o aun de Antonino Pío habría sido imprudente. La tarea del emperador era la defensa del Imperio y tenía que estar cerca de las expuestas provincias exteriores. Desde Nicomedia, Diocleciano estaba a una razonable distancia de la frontera persa, al sudeste, y de las hordas godas, al noroeste, y en Nicomedia permaneció cuando no estaba empeñado en alguna guerra.
Durante todo su reinado, Diocleciano se dedicó a una reorganización completa del Imperio.
Su primera preocupación fue la protección de la persona del emperador. Augusto podía haber desempeñado el papel de «Primer Ciudadano» y actuado como si fuese un romano común que por casualidad estaba al frente del Estado. Vivía en tiempos pacíficos y en medio de una Italia tranquila y desarmada. Pero ahora los emperadores vivían en medio de ejércitos de un Imperio en desintegración, combatiendo a los bárbaros con soldados que muy a menudo eran ellos mismos bárbaros contratados. Andar entre los soldados sencillamente como otro romano común era invitar a que le clavasen una lanza en el vientre, como lo habían demostrado dos docenas de emperadores en el medio siglo anterior.
Por ello, Diocleciano se recluyó. Hizo de sí mismo más que un princeps («primer ciudadano»); se hizo un «dominus» («señor»). Introdujo todo el ceremonial de una monarquía oriental. Los hombres sólo podían acercarse cuando él los invitaba a hacerlo, y aun entonces sólo con grandes reverencias. Se adoptaron diversos rituales para que la posición y la persona del emperador apareciesen como excepcionales e inspirasen un reverente temor, y para diferenciarlas claramente de lo ordinario. Este género de ceremonial había estado apareciendo lentamente en reinados anteriores, sobre todo bajo Aureliano, pero ahora Diocleciano lo intensificó mucho.
Esto señala el fin del principado, que había durado tres siglos. Aunque Diocleciano nunca adoptó el título de rey, de hecho lo era, y el Imperio Romano se convirtió en una monarquía. El Senado aún se reunía en Roma, pero se había convertido en un mero club social.
El sistema de Diocleciano se adecuaba a su tiempo, como el de Augusto se había adecuado al suyo. Un emperador inaccesible, rodeado de una sagrada veneración y cuyos pasos medidos eran acompañados de incienso, trompetas y las reverencias de multitud de lacayos, impresionaba e intimidaba a los soldados. Tales emperadores eran difíciles de matar, pues las propias supersticiones del soldado lo refrenaban. Fue por esta razón, al menos en parte, por lo que Diocleciano logró reinar durante veintiún años, el más largo reinado desde el de Antonino Pío de un siglo y medio antes.
Más aún, aunque hubo bastantes problemas y desórdenes en los tiempos posteriores a Diocleciano, se puso fin a la costumbre de que un emperador tras otro fuese muerto por sus propias tropas, en rápida sucesión, y por cualquier capricho trivial. El Imperio levantó cabeza.
Pero levantó cabeza de una manera poco sólida. El Imperio ya no era lo que había sido antaño, en modo alguno. La destrucción provocada por la peste y las devastaciones de las invasiones bárbaras no podían ser reparadas. De hecho, el esfuerzo más firme de Diocleciano para rechazar los ataques extranjeros empeoraron las cosas en algunos aspectos. Diocleciano tuvo que mantener un ejército que era mayor en número que el de Augusto, y ello con menos recursos.
Diocleciano y sus sucesores tuvieron que mantener el abastecimiento del ejército mediante pesados impuestos. La moneda de ley había desaparecido en el siglo anterior, cuando la acuñación se derrumbó, y los impuestos eran recaudados en especie. Se hizo responsables de la recaudación a las cabezas de los municipios, quienes debían compensar cualquier déficit. Esquilmaban con dureza a la gente y ellos mismos eran esquilmados por los funcionarios del gobierno. La vida económica del Imperio quedó asfixiada. Los pequeños labradores no podían obtener lo suficiente para vivir y entraron en las grandes propiedades como siervos. No se permitió a los artesanos y los comerciantes buscar modos mejores de hacer dinero, sino que fueron obligados por ley, y bajo la amenaza de severos castigos, a seguir en sus profesiones y a permanecer en sus trabajos, necesarios para la economía pero que no les daban más que una mínima remuneración, una vez deducidos los impuestos. Ni siquiera se les permitió entrar en el ejército, que estuvo formado cada vez más por bandas de bárbaros contratados.
Hacia el final de su reinado, Diocleciano reconoció las insoportables dificultades que abrumaban a la población en general. En el famoso «Edicto de Diocleciano» de 301 (1054 A. U. C.) trató de estabilizar las cosas mediante una lista de precios máximos y salarios mínimos. Su intención era impedir que los grandes terratenientes se aprovechasen a costa de muchas vidas humanas en tiempos de escasez de alimentos, y también que se aprovechasen los trabajadores en tiempos de escasez de mano de obra. Aunque Diocleciano trató de ser muy severo y decretó la deportación y, en ciertas circunstancias, hasta la pena de muerte por el incumplimiento del edicto, su esfuerzo fue un fracaso. Nada podía detener el lento deterioro económico del Imperio.
Para la población general del Imperio, era poco el beneficio que obtenía del gobierno. ¿Qué importaba si una batalla la ganaban los bárbaros o los romanos? Ambos ejércitos eran bárbaros; ambos eran implacables en su saqueo de la región que ocupaban, pues ambos tendían cada vez más a vivir de la tierra. Y las devastaciones de cualquier ejército no eran peores que las del recaudador de impuestos.
No es de extrañarse que aumentara la apatía del populacho romano y hallase pocos alicientes para el patriotismo o para su identificación con el Imperio. Y si el ejército romano caía ante los bárbaros y las hordas germánicas se apoderaban del Imperio, no era probable que hallasen resistencia alguna de la población; no habría guerra de guerrillas ni levantamientos populares. Y cuando llegó el momento, no los hubo.
Pero fuesen cuales fuesen los sufrimientos del Imperio, Diocleciano le brindó dos beneficios: un ejército que era nuevamente fiable y un gobierno que, aunque duro, era estable. Indudablemente, el Imperio Romano duró más como resultado de la obra de Diocleciano de lo que habría durado si las cosas hubiesen continuado como antes.

martes, noviembre 15

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parte 29. La recuperación.

La recuperación
Pero entonces apareció el primero de una serie de notables emperadores oriundos de Iliria que arrancaron al Imperio de las garras de la destrucción.
En 268, después de la muerte de Galieno, las tropas proclamaron emperador a Marcus Aurelius Claudius, comúnmente llamado Claudio II. De oscuro origen ilírico, había prestado eficientes servicios bajo Decio, Valeriano y Galieno, y ahora, como emperador, le llegó el turno de luchar con los bárbaros.
Los resultados fueron excelentes. Derrotó a los alamanes y los rechazó al otro lado de los Alpes. Luego viajó a Mesia, donde rechazó en reiteradas ocasiones diversas incursiones de los godos. En 269 y 270, ganó enormes victorias sobre ellos y fue llamado Claudius Gothicus (nombre que honraba una conquista, como en los grandes días de la República).
Fue el único emperador de este período que no sufrió una muerte violenta. Murió de una enfermedad en 270 (1023 A.U.C.), como un romano corriente. Pero antes de morir brindó un último servicio al Imperio nombrando un digno sucesor, el jefe de su caballería y compatriota ilirio, Aureliano (Lucius Domitius Aurelianus).
Aureliano halló que toda la obra de Claudio había quedado deshecha por su muerte, pues los bárbaros, aunque derrotados, supusieron que con un nuevo emperador tenían una nueva oportunidad. Hicieron nuevas incursiones hacia el Sur, y Aureliano tuvo que derrotar a los godos y los alamanes por segunda vez, para mostrarles que ahora un emperador capaz había sido sucedido por otro igualmente capaz.
Aseguradas las fronteras septentrionales, al menos de un modo transitorio, Aureliano dirigió su mirada al Este, donde Zenobia gobernaba con esplendor. Comprendió claramente que un viaje al Este podía dar origen a nuevas incursiones desde el Norte y, en 271, adoptó la desesperada medida de iniciar la construcción de una muralla fortificada alrededor de Roma, ciudad que no tenía murallas desde hacía cinco siglos. ¡Cuán claramente demostró esto hasta qué punto había decaído el Imperio!
Además, Aureliano trasladó a todos los colonos romanos de Dacia y los asentó al sur del Danubio. Habría sido inútil tratar de proteger esa expuesta provincia contra los godos. El precio de tal protección era prohibitivo y sus resultados desalentadores. Así, Dacia fue abandonada un siglo y medio después de su conquista por Trajano.
Ahora Aureliano se sintió seguro como para marcharse al Este. Entró en Asia Menor y redujo a todas las ciudades que intentaron resistir. Invadió Siria, derrotó a los palmirenses cerca de Antioquía y finalmente se apoderó de la misma Palmira. Al principio trató de imponer términos suaves, pero cuando los palmirenses se rebelaron y dieron muerte a la guarnición romana que había dejado, volvió y arrasó totalmente la ciudad en 273. La prosperidad de Palmira fue destruida para siempre, y sólo ruinas y unas pocas miserables casuchas señalan hoy su emplazamiento.
Aureliano se desplazó luego a Occidente y halló la Galia tranquila. El «emperador» galo estaba viejo y tenía sus propios problemas con los bárbaros. Con el conquistador Aureliano ya en marcha, no tenía sentido librar una batalla sin esperanzas. El «emperador» galo se rindió inmediatamente y el Oeste quedó unido nuevamente a Roma en 274 (1027 A. U. C.).
Aureliano retornó a Roma y antes de terminar el año 274 celebró un magnífico triunfo en el que Zenobia fue conducida en cadenas. Se le saludó como al «Restaurador del Mundo», y este lema («Restitutor Orbis») aparece en las monedas acuñadas ese año. No era una frase ociosa, pues Aureliano y su predecesor, Claudio II, habían rechazado a los bárbaros y recuperado el Este y el Oeste. Sólo le quedaba al infatigable Emperador dar una lección a los persas. Se dirigió al Este con tal fin, pero no fue posible cambiar los hábitos de décadas. Los soldados se rebelaban rápidamente para matar a emperadores indignos; y se rebelaron con igual rapidez para dar muerte a un emperador aguerrido. En 275 Aureliano fue asesinado por sus soldados en Tracia.
Marco Claudio Tácito, quien sucedió a Aureliano, marcó un sorprendente retroceso a una situación anterior. Era un viejo y rico noble italiano que fue nombrado (contra su voluntad) por el Senado, curiosamente. Con inesperado vigor, Tácito (quien pretendía descender del historiador, (véase página) trató de ser otro Nerva. Trató de restaurar cierto poder al Senado y de hacer algunas reformas. Pero en aquellos días ningún emperador podía hacer mucho más que combatir con las tribus germánicas, y Tácito no fue una excepción. Los godos estaban nuevamente invadiendo Asia Menor, y el ejército tuvo que ser conducido contra ellos. Los godos fueron derrotados, pero Tácito murió en 276, después de un reinado de medio año. Se contó la historia habitual, de que fue muerto por sus soldados, pero era un hombre viejo y probablemente murió de muerte natural.
El general que estaba al frente de las legiones en el Este, bajo Tácito, era Marco Aurelio Probo, nacido en Panonia, provincia situada al norte de Iliria, y que había combatido eficientemente bajo Aureliano. Tan pronto como el trono estuvo vacante, los soldados lo proclamaron emperador, y siguió limpiando de godos el Asia Menor.
Pero una vez que el Este pudo respirar en paz nuevamente, cometió un error. Creyó que los hombres dispuestos a arriesgar su vida contra los godos también lo estarían a sudar un poco en trabajos pacíficos. Los canales de Egipto necesitaban ser limpiados para que la provisión de cereales del Imperio fuese adecuada, pues indudablemente el hambre era un enemigo tan peligroso como los bárbaros. Así, Probo puso a los soldados a limpiar los canales, pero ellos, resentidos, lo mataron en 281.
Ahora le tocó el turno a otro ilirio (el tercero), Marco Aurelio Caro, quien, como Probo, había luchado bajo Aureliano. Fue el primer emperador que juzgó completa mente innecesario hacer que el Senado aprobase su elección y le otorgase los diversos derechos asociados al cargo imperial. Sin duda, hacía largo tiempo que tal aprobación senatorial era una pura formalidad y con frecuencia había sido impuesta a un Senado muy renuente. Sin embargo, hasta entonces todos los emperadores habían pasado por ella, por muy carente de importancia que fuese. El hecho de que Caro no sintiese ninguna necesidad de hacerlo muestra cuán bajo había caído el prestigio senatorial y cuan cercanas a su extinción se hallaban las convenciones del principado de Augusto.
Caro castigó a los asesinos de su predecesor, pero no hizo intento alguno de mantener los trabajos pacíficos y benéficos. Si los soldados querían guerra, eso sería lo que les daría. Dejó a su hijo a cargo de los asuntos internos y condujo el ejército a Persia en 282, para reanudar la labor de Aureliano, que había quedado en suspenso desde la muerte de éste, siete años antes.
En Persia, Caro tuvo un éxito sorprendente. Como Trajano, despejó Armenia y Mesopotamia de enemigos y avanzó sobre Ctesifonte. Pero entonces también él fue muerto por los soldados, quienes al parecer no deseaban tanta guerra.
Aparentemente, nada podía detener el monótono ciclo. Fuesen los emperadores viejos o jóvenes, aguerridos o no, victoriosos o no, todos eran regularmente asesinados por sus hombres. Esto había ocurrido durante cincuenta años y nada parecía poder frenarlo.
Lo que se necesitaba era un hombre suficientemente enérgico y creador como para elaborar un nuevo sistema que se adaptase a los nuevos tiempos. El principado estaba agotado, y se necesitaba un nuevo Augusto que pusiese fin a otra serie de guerras civiles y modelase, una vez más, una nueva forma de gobierno.
Y otro Augusto apareció, encarnado en un cuarto emperador ilirio.

lunes, noviembre 14

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parte 28. 6. La anarquía. Los persas y los godos.

6. La anarquía
Los persas y los godos

Dos veces antes en su historia, Roma había contemplado la extinción de un linaje de emperadores seguida por una guerra civil. Después del asesinato de Nerón, en 68, había habido una mitigada guerra civil durante un año. Después del asesinato de Cómodo, en 192, se produjo una grave guerra civil que por cuatro años asoló a un Imperio debilitado.
Ahora, después del asesinato de Alejandro Severo, en 235, Roma era aún más débil y pasó por una serie de guerras civiles y de invasiones extranjeras que duraron cincuenta años y desgarraron el Imperio.
En ese medio siglo, veintiséis hombres reclamaron el trono imperial con, al menos, cierto grado de aceptación, y muchos otros lo intentaron sin éxito. Todos excepto uno de éstos sufrieron una muerte violenta.
La causa básica de la anarquía residía en el hecho de que el ejército dominaba al Estado, y ese ejército ya no era una fuerza unida siquiera por los más vagos de los ideales comunes. Era reclutado cada vez más en las provincias y entre las clases más pobres, y vivía en condiciones que lo alejaban completamente de los civiles del Imperio. Peor aún, un número creciente de soldados fueron reclutados entre los bárbaros germanos que habitaban al norte de la frontera romana. Eran buenos combatientes ansiosos de alistarse por el dinero y la elevación del nivel de vida que el ejército les brindaba, mientras que los romanos eran cada vez más renuentes al servicio militar.
Cualquier jefe legionario podía usar a sus soldados para elevarse al trono imperial, y aunque este trono se convirtió en una forma invariable de suicidio, los candidatos nunca faltaban. En verdad, todo hombre que lograba apoderarse del Estado imperial se esforzaba por dedicarse a la importante tarea que tenía ante sí con una seriedad sorprendente, considerando las dificultades casi insalvables que se le presentaban.
El medio siglo de anarquía empezó cuando Maximino (Gaius Julius Verus Maximinus), un campesino tracio gigantesco que había conducido a los rebeldes que asesinaron a Alejandro Severo en la Galia, se hizo proclamar emperador en el mismo lugar. Fue el primer emperador que puede ser considerado como un soldado raso y casi nada más. Pero su influencia no fue más allá de los ejércitos que ahora trataba de comandar.
Lejos, en el Sur, se hizo un intento de imitar la juiciosa elección de Nerva siglo y medio antes. Fue proclamado emperador un hombre honorable y de edad, Gordiano (Marcus Antonius Gordianus).
Gordiano había nacido en 159 y pretendía descender de Trajano. Había llevado una vida virtuosa y laboriosa, en verdad, casi como si fuese un Antonino. Bajo Alejandro Severo, fue gobernador de África, y aún ocupaba este cargo cuando las legiones locales le pidieron que se proclamase emperador.
Gordiano no sólo recordó el éxito de Nerva sino también el fracaso de Pertinax (véase página) y subrayó que tenía casi ochenta años y no podría soportar la carga del gobierno. Los soldados lo amenazaron de muerte si no asumía el trono, de modo que, suspirando, asoció al gobierno a su hijo y tocayo. Ambos fueron proclamados emperadores, y los conocemos por los nombres de Gordiano I y Gordiano II. (Gordiano II fue notable como gran protector de la literatura, y tenía una biblioteca de 62.000 volúmenes.)
Ambos fueron aceptados por el Senado, pero gobernaron apenas un poco más de un mes. Gordiano II murió luchando contra una facción militar de oposición, y Gordiano I, deshecho de dolor, se suicidó.
Mientras tanto, Maximino también halló la muerte a manos de sus propios soldados, a la par que los generales aspirantes al trono de las tropas que habían dado muerte a los Gordianos fueron, a su vez, muertos por otros soldados.
El nieto de doce años y tocayo de Gordiano I estaba en Roma, y el Senado insistió en hacerlo el nuevo emperador. Fue Gordiano III, y comenzó su reinado en 238 (991 A.U.C.).
Durante unos pocos años esta situación se mantuvo, pero si bien hubo un respiro momentáneo interiormente, en las fronteras irrumpieron repentinamente fuerzas invasoras.
En 241, el segundo rey de la dinastía sasánida, Sapor I, subió al trono persa. Ansioso de demostrar que era un conquistador y no previendo dificultades con un Imperio que mataba a sus emperadores tan pronto como los entronizaba, invadió Siria y ocupó Antioquía, la capital de la provincia.
El joven Emperador, Gordiano III, no era un guerrero, por supuesto, pero ya se había casado y su suegro, Timesiteo (Gaius Furius Timesitheus), suplió tal carencia. Conduciendo con eficiencia a las legiones romanas, expulsó a los persas de Siria. Desgraciadamente, Timesiteo murió de una enfermedad en 243 y el ejército quedó bajo el dominio de Marco Julio Filipo, quien hizo asesinar a Gordiano III y se proclamó emperador en 244 (997 A.U.C.).
Filipo había nacido en la provincia de Arabia, por lo que es conocido en la historia como «Filipo el árabe». Compró una rápida y vergonzosa paz con los persas, sobornándolos para que suspendieran la lucha mientras él volvía a Roma para confirmar su elección.
Su gobierno duró cinco años y es notable principalmente porque en él Roma pasó por un importante jalón. En 248 (1000-1001 A. U. C.), Roma llegó al año mil de su existencia.
Augusto había iniciado la costumbre de celebrar «juegos seculares» especiales y elaborados para señalar el fin de ciertas épocas en la historia de la ciudad. (La palabra «secular» deriva de una voz latina que significa un ciclo o época de la historia del mundo, por lo que el término ha llegado a significar también «mundano», en oposición a «religioso».) Parecía muy razonable celebrar esos juegos al final de un número redondo de siglos de existencia de la ciudad. Claudio celebró el año 800 de la ciudad, y Antonino Pío el 900. Filipo el Árabe supervisó los más elaborados juegos realizados hasta entonces para festejar el año 1000. No sólo fueron los más elaborados, sino también los últimos. Nunca volvieron a celebrarse.
El año mil no trajo suerte a Filipo. Por todas partes había tropas en rebelión. Filipo envió a uno de sus defensores. Decio (Gaius Messius Quintus Trajanus Decius), al Danubio para sofocar allí una rebelión. A su llegada, los soldados saludaron a Decio como a su emperador. Decio no deseaba el cargo y de buena gana hubiese impedido la acción, pero una vez proclamado emperador tenía que seguir adelante y ocupar el cargo, pues la única alternativa era su ejecución. Por ello, se puso al mando de la rebelión y condujo las tropas a Italia. Filipo fue muerto en batalla, en el norte de Italia, en 249, y Decio se convirtió de hecho en emperador.
Por entonces, el número creciente de cristianos perturbaba al gobierno y al populacho romanos. A medida que se acumulaban los infortunios, constituyeron un chivo emisario propicio (como en el incendio que se produjo bajo Nerón o en la peste que se propagó bajo Marco Aurelio).
Maximino, como reacción a la actitud tolerante de Alejandro Severo, el hombre al que había dado muerte, tomó medidas para lanzar una persecución, pero no gobernó sobre territorios suficientemente vastos ni durante el tiempo suficiente para ir muy lejos en esa vía. Filipo el Árabe, de quien se supone que tenía una esposa cristiana, mantuvo la tolerancia, pero bajo Decio se desencadenó la tormenta.
En 250 se hizo obligatorio el culto imperial para todos los súbditos leales. Sólo era necesario dejar caer una pizca de incienso y murmurar una fórmula de palabras sin sentido. No hacerlo equivalía a exponerse a ser ejecutado, pues eso era para los romanos lo que en tiempos recientes ha sido para algunos norteamericanos un «juramento de lealtad».
Muchos cristianos optaron por el martirio antes que aceptar la mancha de la idolatría que acompañaba al culto imperial. Orígenes fue la víctima de mayor relieve en la persecución de Decio. En realidad, no se le mató, pero fue tan maltratado que no sobrevivió mucho tiempo. Cipriano de Cartago recibió la muerte, y lo mismo los obispos de Roma, Antioquía y Jerusalén.
Los cristianos de la ciudad de Roma se vieron obligados entonces a meterse bajo tierra, en las ahora famosas catacumbas, escondrijos y corredores subterráneos que servían como lugares de entierro suburbanos y ahora fueron usados también como iglesias y lugares secretos de reunión del culto ilegal.
En tiempo de Decio, apareció un nuevo grupo de bárbaros, los godos. Eran un pueblo germánico que, antes de la era cristiana, probablemente, ocuparon partes de la actual Suecia. (Una isla del mar Báltico situada al sudeste de Suecia es llamada Gotland todavía hoy.)
Por la época de Augusto, parecen haberse desplazado hacia el Sur para ocupar la región que forma la Polonia moderna. Gradualmente, a lo largo de los siglos siguientes, se movieron hacia el sudeste, hasta que, en el reinado de Caracalla, llegaron al mar Negro. Luego se dividieron en dos grupos. Uno de ellos ocupó, en el Este, las llanuras de la actual Ucrania. Eran los godos del Este u ostrogodos («ost» es la palabra germánica que significa «Este»). El segundo grupo permaneció en el Oeste, presionando sobre la provincia romana de Dacia. Eran los godos del Oeste, o visigodos (posiblemente, «visi-» derivaba de una antigua palabra teutónica que significaba «bueno», de modo que el nombre era una especie de autoelogio, hecho común entre todos los pueblos).
Caracalla rechazó a estos godos en 214, pero sus incursiones se hicieron cada vez más frecuentes a medida que las legiones de Dacia se dedicaron de modo creciente a rebelarse contra Roma en lugar de combatir a los bárbaros. Peor aún, al aumentar el número de bárbaros alistados en las legiones, se hizo mayor para ellos la tentación de unirse al saqueo de las provincias romanas. De tal manera, podían compartir un fácil botín, en vez de luchar contra hombres que, a fin de cuentas, eran de su propia estirpe.
En tiempos de Decio, los godos invadieron Dacia, expulsando a los romanos de todas partes excepto unos pocos puestos fortificados. Luego, después de llegar al Danubio, lo atravesaron y empezaron a sembrar la muerte y la destrucción en provincias que desde ciento cincuenta años atrás no habían pasado por los sufrimientos de las correrías bárbaras.
Decio luchó contra ellos y obtuvo algunas victorias, pero en 251 (1004 A. U. C.) fue derrotado y muerto. Era la primera vez que un emperador moría en batalla contra un enemigo extranjero.
Uno de los subordinados de Decio, Galo (Gaius Vibius Tribonianus Gallus), fue elegido emperador en el lugar y trató de resistir. Entre otros recursos, trató de librarse de los godos mediante dinero, pero aunque éstos lo aceptaron, después de un tiempo no resistieron la tentación de reanudar las incursiones, penetrando hasta Grecia y Asia Menor. La misma Atenas fue saqueada en 267.
A medida que la amenaza goda obligaba a las legiones a concentrarse en el Danubio inferior, debía debilitarse la guardia en el Danubio superior y el Rin. De ello se aprovecharon otras tribus germánicas. Los alemanes de la Germania meridional se dirigieron al Sur y penetraron en el norte de Italia. Una nueva confederación de tribus germánicas occidentales cuyos miembros se llamaban a sí mismos «francos» («hombres libres») cruzaron el Rin en 256, atravesaron toda la Galia y penetraron en España. Algunos contingentes llegaron hasta África.
Las desesperadas ciudades del Imperio, comprendiendo que ya no estaban protegidas contra la destrucción por un gobierno eficiente y un ejército fuerte, empezaron a construir murallas y se dispusieron a resistir asedios.
Entre tanto, Galo había muerto en batalla contra un general rebelde y fue sucedido en 253 por Valeriano (Publius Licinius Valerianus), un subordinado de Galo que llegó demasiado tarde para salvarlo. Valeriano hizo co-emperador a su hijo Galieno (Publius Licinius Gallienus) y juntos se dispusieron a enfrentar la crisis.
Fue una tarea sobrehumana. La frontera septentrional estaba hecha jirones y hacía agua por todos lados. Lograron infligir una derrota a los godos del sur del Danubio y expulsar a las tribus germánicas de la Galia, pero entonces los marcomanos invadieron Italia. Tan pronto como los emperadores se lanzaban en una dirección, aparecían invasores desde otra. Galieno era íntimo amigo del filósofo neoplatónico Plotino, pero uno no puede por menos de preguntarse si cualquier cantidad de filosofía podía compensar al Emperador por los problemas de la época.
Y en medio de toda esta confusión, Persia atacó nuevamente. Sapor I todavía era rey. Diez años antes había fracasado contra el joven Gordiano III y su aguerrido suegro, pero Roma había pasado diez años de desastres. Ahora hizo nuevamente el intento. Una vez más, invadió Siria y tomó Antioquía.
Valeriano marchó apresuradamente hacia el Este para proteger Siria. Logró expulsar a los persas de Siria, pero su ejército fue debilitado por las enfermedades. Consciente de esta debilidad, Valeriano convino en iniciar negociaciones de paz con los persas, quienes lo capturaron traicioneramente en 259 (1012 A. U. C.). Fue mantenido en cautiverio por el resto de su vida, sobre la cual no se sabe nada más, aunque circularon muchos rumores según los cuales padeció todo género de ignominias. Valeriano fue el primer emperador capturado vivo por un enemigo extranjero, y esto fue un golpe tremendo para el prestigio romano.
Galieno siguió reinando después de la captura de su padre, pero a sus dificultades con los bárbaros se sumó tal cantidad de aspirantes al trono en una u otra parte que se conoce ese período como la época de los «treinta tiranos», con referencia a un conocido período de igual nombre en la historia ateniense. Es un poco exagerado —sólo hubo dieciocho—, pero es bastante. El temperamento de Galieno fue siempre suave, bajo todas estas provocaciones. Aunque su padre, Valeriano, había continuado la persecución de Decio contra los cristianos, Galieno volvió a una política de tolerancia.
El año 260 fue crítico para el Imperio Romano. Parecía que se estaba derrumbando y desintegrando. Un emperador estaba cautivo y el otro libraba una lucha incesante e inútil. Todo el tercio occidental del Imperio —la Galia, España y Britania— se separó y adhirió a un general rival. En la lucha contra este general, Galieno fue herido y su hijo muerto. Tuvo que abandonar su intento de reintegrar bajo su mando a todo el Occidente, y el «Imperio Gálico» mantuvo una existencia independiente durante catorce años.
Mientras tanto, Sapor, después de la captura de Valeriano, ocupó Siria de nuevo e hizo profundas incursiones por Asia Menor. Si fue detenido, no se debió tanto a los esfuerzos romanos como a los de un reino del desierto que hasta entonces no había dejado huellas en la historia.
En Siria, a unos 240 kilómetros al sudeste de Antioquía, había una ciudad que, según la tradición judía, fue fundada por el rey Salomón y llamada Tadmar («ciudad de las palmas»). Para los griegos y los romanos este nombre se convirtió en «Palmira». En tiempos de Vespasiano, cayó bajo el dominio de Roma, y por la época de los Antoninos se había enriquecido mucho porque era una escala natural de las caravanas comerciales que atravesaban las regiones desérticas. Adriano la visitó, y cuando sus habitantes se convirtieron en ciudadanos romanos, bajo Caracalla, empezaron a adoptar nombres romanos.
Alejandro Severo visitó Palmira durante su campaña oriental y nombró senador a un distinguido nativo, Odenato (Septimius Odeinath). Su hijo, del mismo nombre, recibió igual honor.
Odenato, hijo, estaba al frente del gobierno de Palmira en el período posterior a la captura de Valeriano. Mantenía el equilibrio de poderes en la región y se decidió a favor de Roma, pues estaba lejos y parecía, por el momento, en proceso de disolución, mientras que Persia estaba cerca y se hallaba unida bajo un vigoroso rey. Las probabilidades de independencia para Palmira, evidentemente, eran mayores bajo una Roma débil que bajo una Persia fuerte.
Así, Odenato emprendió la guerra contra Persia que Galieno, ocupado en Europa, no podía llevar adelante. Derrotó a las fuerzas persas en varios encuentros y hasta llevó la lucha al territorio persa. Estimulado por el éxito, hasta se lanzó a Asia Menor para enfrentarse a los godos invasores, pero éstos se habían marchado antes de su llegada.
Galieno, agradecido por estos servicios, hizo a Odenato príncipe hereditario de Palmira y gobernante delegado de las provincias orientales del Imperio que, de no haber sido por él, habrían caído en poder del enemigo persa.
Pero en 267, en el cenit de su fortuna, Odenato, junto con su hijo mayor, fue asesinado. Su enérgica esposa, Septimia Zenobia, se apoderó de las riendas del gobierno y los éxitos de Palmira siguieron sin interrupción.
Cuando Galieno fue muerto por sus tropas, en 268, Zenobia reaccionó ante este hecho como si no sólo se considerase sucesora de su marido en el gobierno del Este (en nombre de su hijo menor), sino también del mismo trono imperial. Ya dominaba Siria, y ahora se dirigió a Egipto y Asia Menor. En 271, se proclamó emperatriz, y a su hijo, emperador.
Ahora el Imperio Romano estaba fragmentado en tercios. El Oeste y el Este eran independientes, y la corte de Italia sólo dominaba el tercio central: la misma Italia, Iliria, Grecia y África. Naturalmente, la economía se hallaba en un estado desastroso, las finanzas en el caos, y la población declinó más rápidamente que nunca. Una generación de continuos desastres arruinó al Imperio, y en ninguna parte parecía haber signos de salvación.

viernes, noviembre 11

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parte 27 - los autores cristianos

Los autores cristianos
Durante el medio siglo de incesantes peligros para el Imperio que siguió a la muerte de Marco Aurelio, el cristianismo continuó fortaleciéndose, particularmente en las ciudades y sobre todo en el Este de habla griega.
Se inició una marea en ascenso de escritos eruditos sobre el cristianismo. Los que escribieron sobre el cristianismo y ejercieron particular influencia durante el Imperio Romano y comienzos de la Edad Media son llamados a veces los «Padres de la Iglesia», y se los divide en los Padres Griegos y los Padres Latinos, según la lengua en que escribieron. No hay acuerdo general sobre cuáles autores, exactamente, han de incluirse entre los Padres, y ciertamente aquí no intentaremos tomar ninguna decisión al respecto. Los mencionados más adelante, sin embargo, están todos incluidos en la lista de uno u otro grupo.
En el Este, Clemente de Alejandría (Titus Flavius Clemens) fue aún más allá que Justino Mártir (véase página) en aplicar toda la batería del conocimiento griego al problema de la doctrina cristiana. Nació alrededor del 150 en Atenas, de padres paganos, y probablemente fue adoctrinado en alguno de los misterios paganos antes de su conversión al cristianismo. Posteriormente, estudió y vivió en Alejandría, donde creó lo que se conoce a veces como la escuela alejandrina de teología.
Clemente consideraba el cristianismo como una filosofía, que no sólo estaba a la par de los sistemas griegos, sino que era superior a ellos. Trató de demostrar que las escrituras hebreas eran más antiguas que los escritos griegos y contenían toda la verdad, mientras que los últimos sólo contenían parte de la verdad. Ningún otro de los primeros Padres de la Iglesia fue tan cabalmente versado en filosofía griega.
Uno de los discípulos de Clemente fue Orígenes, más distinguido aún. Orígenes, nacido por el 185 en Alejandría, provenía de progenitores cristianos, y su padre murió como mártir. Él mismo llevó una vida dedicada a los estudios religiosos y hasta se castró a sí mismo, para no dejarse distraer por pensamientos concernientes a mujeres y al matrimonio. La popularidad de sus enseñanzas y sus escritos, junto con el hecho de que mezcló buena parte de la filosofía platónica con sus propias creencias, le acarrearon continuos problemas con sus superiores.
Sin embargo, escribió abundantemente y, en particular, salió a la palestra contra un autor griego llamado Celso, que no era el popular autor científico del siglo I (véase página), sino un filósofo platónico que vivió un siglo y medio más tarde. Celso había escrito un libro frío y desapasionado contra el cristianismo, que por entonces sólo era una religión de importancia secundaria. Fue el primer libro pagano que consideró seriamente al cristianismo. Los argumentos de Celso eran sumamente racionales, como los usados por los librepensadores actuales que objetan cuestiones tales como el parto virginal, la resurrección y los diversos milagros como contrarios a la razón. También afirmó que la doctrina cristiana había sido tomada de la filosofía griega, deformándola en el proceso.
El libro era demasiado racional y estuvo lejos de ser un éxito popular, por lo que no ha sobrevivido. Ni siquiera sabríamos de su existencia, si Orígenes no hubiera escrito para refutarlo un libro titulado Contra Celso. En su libro, Orígenes cita las nueve décimas partes del libro de Celso, con lo cual lo conservó para la posteridad. La obra de Orígenes es la defensa más completa y cabal del cristianismo publicada en la antigüedad.
En el período posterior a Marco Aurelio, también aparecieron autores de la Iglesia en Occidente, aunque estaban más alejados de los centros griegos que fueron el suelo fértil de la filosofía.
El primero de esos autores occidentales fue Tertuliano (Quintus Septimius Florens Tertullianus), nacido alrededor del 150 en Cartago. Prácticamente creó la literatura latina cristiana, aunque también leía y escribía el griego. Era de padres paganos y había intentado hacer carrera de abogado, pero en Roma, a comienzos de su madurez, se convirtió al cristianismo. Retornó a Cartago en 197 y permaneció allí el resto de su vida. Sus escritos lograron reducir la popularidad de las ideas gnósticas (véase página), que desde entonces se extinguieron rápidamente.
Tertuliano era montanista (véase página) y trabajó duramente para convertir a los cristianos, en general, a la vida puritana. Finalmente, se vio obligado a romper con la Iglesia Cartaginesa a la que había servido, y reanudó su labor en una pequeña comunidad montanista cercana. Pero mantuvo siempre su influencia hasta su muerte, en 222.
Otro importante autor africano fue Cipriano (Thascius Caecilius Cyprianus), nacido en Cartago por el 200. También él provenía de padres paganos y se convirtió en la madurez. Más tarde fue obispo de Cartago y escribió en un estilo que recuerda mucho al de Tertuliano. Murió en el martirio en 258.
El poder creciente del cristianismo por entonces era tan pronunciado que el suave Alejandro Severo, quien trataba de apaciguar a todos los pueblos del Imperio mostrando interés por todas las religiones principales, añadió un busto de Jesucristo a los de otras deidades y profetas que adornaban su despacho.
Naturalmente, los filósofos paganos reaccionaron ante la fuerza creciente del pensamiento cristiano. El estoicismo, que nunca pasó de recibir la adhesión de un pequeño sector de las clases dominantes, perdió importancia al morir Marco Aurelio. Fue reemplazado por una nueva elaboración de las ideas del filósofo griego Platón, a las que se hizo más complejas y místicas. Este neoplatonismo fue un intento de los filósofos de hallar una base emocional adecuada para sus creencias sin apelar al ritual cristiano.
El más importante de los neoplatónicos fue Plotino, nacido en Egipto de padres romanos alrededor del 205. Fue educado en Alejandría y llegó a Roma en 244, donde enseñó su complicada y mística filosofía hasta su muerte, ocurrida en 270.
Aunque el neoplatonismo no logró afirmarse como la filosofía dominante del Imperio, muchas ideas neoplatónicas se filtraron en la Iglesia Cristiana, particularmente en la parte de ella que floreció en la mitad oriental del Imperio.

jueves, noviembre 10

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parte 26- Alejandro Severo

Alejandro Severo
El candidato lógico parecía ser alguien que estuviese emparentado con Caracalla y, por lo tanto, formase parte del linaje de Severo. Caracalla no había tenido hijos, pero tenía algunos parientes femeninos. Su madre, Julia Domna, que murió poco después del asesinato de Caracalla, tenía una hermana llamada Julia Maesa, quien tenía dos hijas, Julia Soemis y Julia Mamea. Las dos hijas, primas hermanas de Caracalla, tenían cada una un hijo joven. El de la primera era Basiano; el de la otra, Alexiano.
Basiano vivía en Emesa, Siria, con su madre. Tenía diecisiete años en ese momento y era sacerdote en el templo del Sol. El nombre local del dios-sol era Elagabal, y el joven sacerdote fue luego conocido como Elagabalus, forma romanizada de ese nombre. Pero en español es más conocido como Heliogábalo, donde «helio» proviene de la palabra griega que significa «sol». La abuela de Heliogábalo buscó el apoyo de los soldados descontentos con una promesa de dinero y difundió el rumor de que el joven sacerdote era hijo de Caracalla. Heliogábalo adoptó el nombre de Marco Aurelio Antonino y fue proclamado emperador. Macrino trató de resistir, pero, después de una batalla, se vio obligado a huir. Más tarde fue capturado y ejecutado, después de haber reinado durante poco más de un año.
Heliogábalo entró en Roma en triunfo y con él iban las diversas Julias, su abuela, su madre y su tía, quienes fueron los verdaderos gobernantes del Imperio durante su reinado. Se le persuadió de que adoptase como sucesor a su primo Alexiano.
Heliogábalo demostró ser un emperador totalmente indigno, un vulgar títere que adoptó costumbres sirias que desagradaban a los romanos. Introdujo el culto de Elagabal en Roma, llevando consigo su imagen, una piedra negra cónica, a la capital con tal propósito. También manifestó las mismas crueldades arbitrarias de otros emperadores jóvenes. En 222 (975 A. U. C.) la guardia pretoriana se cansó de la situación y mató a Heliogábalo y a su madre. La piedra negra de Elagabal fue devuelta a Siria.
El primo y sucesor de Heliogábalo, Alexiano, fue proclamado emperador. Adoptó el nombre de Marco Aurelio Alejandro Severo para indicar una relación con Marco Aurelio y con Septimio Severo. El nombre de Alejandro deriva de que había nacido en Fenicia, en, o cerca de, un templo dedicado a Alejandro Magno. Comúnmente se le conoce como Alejandro Severo.
Lamentablemente, Alejandro Severo no era ningún Alejandro Magno, ni siquiera un Septimio Severo. Sólo era un joven de diecisiete años completamente dominado por su madre y su abuela. Esta última murió en 226 dejando a la madre de Alejandro, Julia Mamea, como único poder real en Roma.
Gobernó suavemente e hizo un intento en apariencia honesto para restablecer la situación del Imperio bajo los Antoninos. La madre de Alejandro creó una comisión de senadores y legistas para asesorar al gobierno. Uno de ellos, Ulpiano (Domitius Ulpianus), había sido colega de Papiniano y había prestado importantes servicios bajo Septimio Severo y Caracalla. Fue exiliado bajo Heliogábalo, pero ahora se le llamó y desempeñó prácticamente el cargo de primer ministro en la primera parte del reinado.
Pero el tiempo no podía retroceder. Las condiciones económicas seguían siendo malas y la acuñación tuvo que ser alterada nuevamente. También aparecieron nuevos problemas en el Este.
La invasión parta de Siria después de la muerte de Caracalla fue la última aventura militar de este reino.
Tenía cada vez mayores problemas para mantener en calma a sus diversas provincias, y las perpetuas guerras con Roma y las guerras civiles en el interior dieron fin a Partia. Durante tres siglos había mantenido una lucha más o menos igual con Roma, pero ahora estaba acabada para siempre.
Pero esto no significó que Roma tendría ante sí un vacío en el Este. En 226, Ardashir, el gobernante de Fars (una provincia del golfo Pérsico, llamada Persis por los griegos y Persia por nosotros) se rebeló contra el último rey parto y se instaló en el trono.
En lugar de Partia, pues, surgió un Imperio Persa. Para distinguirlo del antiguo Imperio Persa que Alejandro Magno había destruido cinco siglos y medio antes, el nuevo reino es llamado a veces el Nuevo Imperio Persa o el Imperio Neopersa. Puesto que el nuevo rey hacía remontar su ascendencia a un gobernante llamado Sasán, la dinastía recibió el nombre de los sasánidas, y el nuevo reino puede ser llamado el Imperio Sasánida.
Para Roma, el cambio producido en el Este tenía escasa importancia. El pueblo situado al este de Siria era aún el enemigo, independientemente de quién fuese su rey y de que se llamasen partos o persas. De hecho, esa enemistad empeoró, pues los sasánidas se sentían los sucesores de los antiguos reyes persas y pensaban que debían recuperar toda la tierra que les había arrebatado Alejandro Magno, que incluía a Asia Menor, Siria y Egipto.
En 230, pues, los persas invadieron las provincias orientales del Imperio, y Alejandro Severo se vio obligado a viajar al Este y conducir sus ejércitos contra los persas. Los detalles de lo que siguió son inciertos, pero aunque luego Alejandro volvió a Roma y celebró un triunfo, pretendiendo haber logrado toda clase de victorias, parece casi seguro que la guerra terminó en otro punto muerto.
Durante su ausencia, los germanos empezaron a atravesar el Rin y a hacer correrías por la Galia, Alejandro tuvo que marchar al Norte. Por desgracia, las economías que él y su madre hicieron a expensas del ejército les granjearon la creciente hostilidad de los soldados. En ocasiones se amotinaron, y en uno de esos motines, en 228, mataron al viejo jurista Ulpiano en presencia del mismo Emperador.
Ahora estaban dispuestos a ir más allá. En la Galia, Alejandro se vio forzado a pagar a los germanos para librarse de ellos y esto dio a los soldados una especie de excusa seudopatriótica. Atribuyendo a la incapacidad de Alejandro la falta de resultados mejores (y quizá tenían razón en que su queja, si no en el remedio) lo asesinaron junto con su madre en 235 (988 A. U. C).
El reinado de Alejandro Severo fue el último en el que hubo al menos un intento de mantener algún género de gobierno civil. Después de él, se impuso, desnuda y desvergonzadamente, la dominación militar.
Así, el linaje de Severo llegó a su fin después de gobernar Roma durante cuarenta y dos años (menos un año en el que Macrino gobernó nominalmente). Contando a Geta, dio cinco emperadores a Roma.

miércoles, noviembre 9

EL MARTES NO HE PUESTO NADA

es que estuve malito... el estomago... no comí nada... por lo que mi entrenador estará contento... jejeje

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parte 25. Caracalla

Caracalla
Severo, para aumentar su popularidad entre la gente del Imperio y dar apariencia más legítima a su gobierno, apeló a la ficción legal de que él era hijo de Marco Aurelio y hermano de Cómodo. Esto se ve en el nombre de su hijo mayor. Originalmente era Basiano, pero después de que su padre se convirtiese en emperador, se cambió el nombre del hijo por el de Marco Aurelio Antonino.
Pero, como Calígula, el hijo mayor de Severo fue conocido por el nombre de una prenda de vestir. Introdujo en Roma una larga capa de estilo galo y la hizo popular. Esa capa era llamada «caracallus», por lo que el hijo de Severo fue conocido por Caracalla.
Caracalla y su hermano menor Geta (Publius Septimius Antoninus Geta) habían prestado servicio en Britania en la campaña final de su padre, y al morir éste los dos hermanos le sucedieron como co-emperadores, siguiendo el precedente de Marco Aurelio y Lucio Vero de medio siglo antes.
Pero Caracalla no era ningún Marco Aurelio. Los dos hermanos se odiaban violentamente. Concluyeron una rápida paz en Britania y volvieron apresuradamente a Roma para luchar hasta llegar a una decisión. Caracalla ganó porque hizo asesinar a Geta en 212, y en adelante gobernó solo, asegurando su posición mediante ejecuciones en masa de los que sospechaba que habían apoyado a Geta. Distribuyendo dinero pródigamente entre los soldados, se ganó su apoyo y no se preocupó un ardite de nada más.
El romano más distinguido que cayó en la campaña de ejecuciones de Caracalla fue Papiniano, el jurista. Había acompañado a Severo a Britania y, a la muerte del emperador, fue hecho tutor de Caracalla y Geta, que sólo tenían un poco más de veinte años. Trató de mantener la paz entre ellos y fracasó. Como les ocurre a menudo a los conciliadores, se ganó la enemistad de ambas partes y probablemente habría sido ejecutado con igual rapidez si hubiese ganado Geta.
Caracalla, al igual que Calígula, Nerón y Cómodo, fue echado a perder por haber sido criado en la corte; como emperador, fue de escasa valía. Pero sólo reinó seis años.
Bajo su gobierno, se construyeron en Roma los enormes «baños de Caracalla», que cubrían 33 acres. Sus ruinas subsisten en la Roma actual y son una atracción turística.
El hábito de tomar baños había aumentado de popularidad a través de la historia romana, y en el Imperio llegó a la cumbre del lujo. Los baños públicos eran grandes construcciones con habitaciones en las que un bañista podía pasar de un baño a otro con temperaturas diferentes: caliente, tibio y frío. Había habitaciones con vapor de agua, habitaciones para hacer ejercicios y lugares donde la gente podía ser untada con aceites o recibir masajes. Hasta había salones donde un cliente podía descansar, leer, conversar u oír recitaciones. Los precios no eran elevados y los baños tenían una gran popularidad.
Ciertamente, la popularidad de los baños es mucho más admirable que la de los horribles combates de gladiadores y con animales. Sin embargo, para los satíricos romanos, los estoicos y, sobre todo, para los primeros cristianos, el lujo que rodeaba a los baños hacía que su práctica les pareciese decadente y vergonzosa. En particular, en algunos lugares surgió la costumbre de que hombres y mujeres usasen los baños simultáneamente, y esto era horrible para los moralistas, quienes imaginaban que allí se practicaba todo género de perversiones, cosa que probablemente no ocurría.
Otra acción importante de Caracalla fue su edicto de 212 (965 A. U. C.) por el que otorgaba la ciudadanía romana a todos los hombres libres del Imperio. Esta no era una concesión tan magnífica como podría parecer, pues la diferencia entre ciudadanos y no ciudadanos había ido disminuyendo desde hacía mucho tiempo y las ventajas prácticas de ser ciudadano en un despotismo dominado por el ejército eran prácticamente nulas.
En realidad, se supone que Caracalla tenía en vista una finalidad práctica. Había ciertos impuestos a la herencia que sólo debían pagar los ciudadanos romanos. Al generalizar la ciudadanía, Caracalla aumentaba los ingresos provenientes de esos impuestos.
Caracalla llevó una política agresiva en las fronteras. Luchó a lo largo del Danubio en 214 y mantuvo a raya a las tribus germánicas. Luego marchó al Este para librar otra de las eternas guerras con Partia y, como su padre antes, hizo una triunfal incursión por la Mesopotamia.
Sin embargo, las crueldades de Caracalla estaban despertando nerviosismo entre sus colaboradores. Por ejemplo, ordenó a sus soldados que saquearan Alejandría, la segunda ciudad del Imperio, por un delito trivial, y fueron muertas miles de personas. Un hombre semejante no vacilaría en hacer asesinar a sus colaboradores por cualquier ofensa imaginaria, si esos colaboradores no actuaban primero.
Lo hicieron. En 217 (970 A. U. C.) Caracalla fue asesinado a instigación de uno de sus funcionarios, Marco Opilio Macrino. Como Nerón y Cómodo, Caracalla sufrió una muerte violenta a los treinta y un años de edad.
Después del asesinato, el mismo Macrino se proclamó emperador. Era un ciudadano de clase media, mauritano de origen, y nunca había alcanzado el rango senatorial. Fue el primer emperador que llegó al trono cuando sólo pertenecía aún a la clase media.
Macrino aparentemente tenía buenas intenciones. Redujo ciertos impuestos y trató de reducir la paga y aumentar la disciplina de sus tropas (una acción siempre muy riesgosa).
Por desgracia, las cosas no marcharon bien. Los partos, aprovechando los desórdenes que siguieron a la muerte de Caracalla, invadieron Siria e infligieron derrotas a los romanos. Macrino se vio obligado a firmar una paz bastante desfavorable que inmediatamente despertó la indignación de los soldados y les hicieron volverse hacia otros posibles candidatos al trono.

lunes, noviembre 7

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Parte 24. 5. El linaje de Severo

5. El linaje de Severo
Septimio Severo

Antes de ese momento, dos dinastías importantes habían llegado a su fin, una con Nerón y otra con Domiciano. La primera vez, el Senado, cogido de improviso, tuvo que hacer frente a una breve guerra civil, con un final, afortunadamente, feliz. La segunda vez el Senado estaba preparado y las cosas salieron bien desde el principio.
El Senado trató ahora de seguir exactamente el segundo precedente. A Domiciano le siguió el anciano y respetado Nerva, y ahora dispusieron que Cómodo fuese seguido por el anciano y respetado Pertinax (Publius Helvius Pertinax).
Pertinax había nacido en un hogar humilde en 126, durante el reinado de Adriano. Ascendió laboriosamente en el servicio público hasta ser, en la época de la muerte de Cómodo, lo que hoy llamaríamos el alcalde de la ciudad de Roma.
Como Nerva, Pertinax se sintió demasiado viejo para asumir la pesada tarea de un emperador y se resistió. Pero la guardia pretoriana, que había sido convencida de que aceptase a Pertinax por su jefe (uno de los conspiradores contra Cómodo), insistió. Pertinax aceptó muy a su pesar.
Cuando Pertinax trató de restablecer la economía gubernamental después de los excesos de Cómodo, la guardia pretoriana rápidamente cambió de opinión. Precisamente fue esto lo que Galba trató de hacer después de Nerón, y el resultado ahora fue el mismo. La guardia pretoriana se rebeló, y cuando Pertinax se presentó ante ellos para calmarlos, lo mataron. Había reinado tres meses.
Luego siguieron sucesos que demostraron cuán bajo había caído Roma, hasta qué punto ejercían los soldados un gobierno total y cuán poco éstos (y, al parecer, nadie) se preocupaban por el bien abstracto del Imperio.
La guardia pretoriana puso el Imperio en subasta. Hoscamente conscientes de que Pertinax había tratado de reducir su paga, decidieron impedir que el próximo emperador hiciera lo mismo. Ofrecieron proclamar emperador a quienquiera que les pagase la suma más elevada.
Al oír esto, un rico senador, Marco Didio Juliano, decidió participar en la puja (quizá sólo como broma, al principio). Ganó al ofrecer el equivalente, en dinero moderno, de 1.250 dólares por hombre, e inmediatamente fue proclamado emperador.
Antes y después, se compraron y vendieron cargos, pero nunca un cargo tan alto y nunca tan abiertamente.
Pero Didio Juliano sólo compró su propia muerte, y a un precio muy caro. Después del asesinato de Nerón, las legiones convergieron sobre Roma, mientras cada general reclamaba el trono, y lo mismo sucedió ahora. Las legiones de Britania, de Siria y del Danubio se disputaron el premio.
El general del Danubio fue el más rápido. Se trataba de Lucio Septimio Severo. Como Trajano, era un provinciano: había nacido en África en 146. Quizá ni siquiera fuera de ascendencia italiana, pues aprendió latín relativamente tarde en su vida y siempre lo habló con acento africano.
Marchó hacia Roma apresuradamente y tan pronto como entró en Italia, en junio de 193, la guardia pretoriana se declaró de su parte (después de todo, tenía a su mando unas rudas legiones). El Senado se apresuró a hacer lo mismo, y el pobre tonto de Juliano fue ejecutado después de un reinado de dos meses. Mientras lo arrastraban al cadalso, gritaba: «Pero, ¿a quién he hecho daño?, ¿a quién he hecho daño?». A nadie, por supuesto, pero cuando alguien aspira a premios elevados debe estar dispuesto a correr grandes riesgos.
Severo, como emperador, tuvo que ajustar cuentas con los generales rivales. Una vez que se ha ofrecido la corona a un general y éste la ha aceptado, no hay modo de retroceder. Un candidato triunfante no puede permitir que otro derrotado permanezca vivo, pues una vez que el ansia de ser emperador se ha apoderado de un hombre, nunca se puede volver a confiar en él. Más aún, el candidato derrotado, sabiendo que nunca más se confiará en él, debe seguir luchando. Como resultado de esto, después del ascenso de Severo al trono, se produjo la primera guerra civil romana en doscientos años.
La guerra civil posterior a la muerte de Nerón sólo duró un año y la lucha no tuvo mucha importancia. Pero la guerra civil que siguió a la muerte de Cómodo duró cuatro años y en ella hubo grandes batallas. La Pax Romana fue seriamente quebrantada.
Severo marchó, primero, al Este, para combatir con Níger (Gaius Pescennius Niger Justus), jefe de las legiones de Siria. Níger era un viejo conocido de Severo y antaño ambos habían desempeñado juntos el consulado. Pero Níger era ahora el más popular de los generales rivales, y su posición en el Este le permitía ocupar Egipto y apoderarse del granero romano. Severo tenía que impedirlo, y una vieja amistad no lo haría desistir.
La popularidad de Níger fue su perdición, pues las provincias orientales se declararon a su favor y no se sintió urgido a hacer nada. Permaneció en Siria en una falsa seguridad y dejó que el enérgico Severo fuese hacia él. Severo lo hizo y ganó varias batallas en Asia Menor. Níger fue capturado en 194, mientras trataba de huir a Partia, y fue ejecutado en el acto.
Quedaba el jefe de las legiones de Britania, Albino (Decimus Clodius Septimus Albinus). Extrañamente, en latín Níger significa «negro», y Albinus significa «blanco», de modo que Severo tuvo que hacer frente al Negro y al Blanco.
En un comienzo, Severo, se aseguró la neutralidad de Albino declarándolo su heredero. Esto le dio tiempo para acabar con Níger. Albino, que esperaba un empate entre sus dos enemigos, pensó ahora que sólo era cuestión de tiempo para que Severo se volviese contra él. Decidió atacar primero, haciéndose proclamar emperador y marchando a la Galia en 197.
El enérgico Severo se abalanzó hacia el Norte para ir a su encuentro, y en Lugdunum (la moderna Lyon), la mayor ciudad de la Galia por entonces, los ejércitos se enfrentaron en la mayor batalla entre romanos que se habían librado desde la de Filipos, siglo y medio antes. Las fuerzas de Severo obtuvieron una victoria total, y Lugdunum fue saqueada tan ferozmente que nunca recuperó su prosperidad en los tiempos antiguos. A este precio, en 197 (950 A.U.C.), Severo fue finalmente el amo indiscutido del Imperio.
Los dominios romanos ahora se aquietaron bajo Severo, como antaño se habían aquietado bajo Vespasiano un siglo y cuarto antes. Pero esta vez Roma era más débil. Había sufrido la devastación de la peste y su población seguía declinando. También había sufrido los golpes, físicos y psicológicos, de una grave guerra civil.
Por ello, Severo no pudo restaurar el principado según el modelo de Augusto, como había tratado de hacer Vespasiano. Tal vez Severo tampoco lo deseaba. En cambio, se adaptó a la realidad aceptando el hecho de que sólo como amo del ejército un emperador podía ser amo de Roma. Ni el Senado ni el pueblo plantearon problemas sobre el gobierno.
Así, Severo empezó a mimar al ejército. Aumentó su paga y extendió los privilegios militares, permitiendo a los soldados casarse, por ejemplo, mientras prestaban servicio, y frecuentemente elevándolos al rango de la clase media al retirarse. Centralizó el ejército bajo su único mando, eliminando a los senadores hasta del control nominal de legiones particulares. Aumentó las dimensiones del ejército hasta llegar a constituir treinta y tres legiones, frente a las veinticinco que había en el momento de la muerte de Augusto. También se aumentaron las tropas auxiliares, y por el 200 el número total de hombres que tenían las fuerzas romanas quizá superó los 400.000.
Además, Severo desarmó y disolvió la guardia pretoriana que había puesto en venta el Imperio y la reemplazó por una de sus propias legiones danubianas. En lo sucesivo, la guardia pretoriana fue reclutada entre las legiones y ya no estuvo constituida particularmente por italianos. Al estacionar una legión en la misma Italia, Severo invirtió la política de Augusto de dos siglos antes y redujo a Italia al rango de las otras provincias. Desde entonces, en efecto, no hubo ninguna diferencia real entre Italia y las provincias. Todas las partes del Imperio estaban sometidas al ejército y su jefe.
Bajo Severo, continuó la centralización del Imperio. Subdividió algunas provincias en unidades menores para que los gobernadores fuesen menos poderosos y hubiese una jerarquía más compleja de funcionarios cuya cúspide era él mismo.
Pero en conjunto el vigor de Severo benefició al Imperio, que podía soportar mejor, por entonces, un despotismo militar que las extravagancias o la anarquía. De hecho, en tiempos de Severo, los límites romanos se mantuvieron, pese a que las legiones estaban ocupadas en luchar unas contra otras mientras las fronteras exteriores quedaban sin protección. Afortunadamente, la gran rival de Roma, Partia, proseguía sus propias guerras civiles y su potencia declinaba con mucho mayor rapidez que la de Roma, hasta el punto de que Severo pudo hacer frente a Partia desde una ventajosa posición.
Así, cuando Partia adoptó una actitud que parecía calculada para sacar ventaja de los problemas de Roma, Severo respondió con rapidez. Una guerra exterior era justamente lo que se necesitaba para unir el Imperio a su alrededor. Por ello, en 197, apenas obtenida su victoria sobre Albino, marchó al Este nuevamente y derrotó a Partia brillantemente. Cuando volvió a Roma, en 202, celebró un triunfo y erigió un arco (que aún está en pie) para conmemorar sus victorias.
En el período de paz que siguió, Severo reorganizó los procedimientos legales y las finanzas. Un estrecho colaborador de Septimio Severo fue el respetado jurista Papiniano (Aemilius Papinianus). Este emprendió una reorganización completa del derecho romano y, en verdad, los comentarios que escribió constituyeron la base de tal derecho durante los tres siglos siguientes. Pero la reorganización financiera no atenuó las debilidades subyacentes del Imperio, pues Severo se vio obligado a disminuir el contenido de plata de las monedas, signo seguro de una permanente enfermedad económica.
La esposa de Severo, la emperatriz Julia Domna, se interesaba por la filosofía y dio al reinado un tinte intelectual que era totalmente extraño al rudo y marcial Emperador. Ella se rodeó, por ejemplo, de pensadores como Galeno, el médico, quien a la sazón estaba en sus últimos años (murió alrededor del 200).
Otra figura de su círculo era Diógenes, comúnmente llamado Diógenes Laercio porque nació en la ciudad de Laerte, en Asia Menor. Su derecho a la fama se basa en que escribió breves biografías de varios filósofos antiguos de renombre. Su libro estaba destinado al consumo popular y consiste en gran medida en el relato de incidentes anecdóticos de la vida de los filósofos y algunas citas sorprendentes de sus obras. Indudablemente, era estupendo para caballeros ociosos que deseaban poder chismorrear sobre los filósofos y la filosofía sin tener que pasar por el arduo esfuerzo de leer realmente sus obras. No hay duda de que el libro fue considerado como carente de valor por los verdaderos sabios de la época.
Sin embargo, la misma popularidad del resumen de Diógenes Laercio causó que se hicieran muchas copias de él y que sobreviviera hasta los tiempos modernos, mientras que no nos han llegado las obras mucho más valiosas pero mucho menos populares de gran número de los filósofos mismos. Se desprende de esto que Diógenes Laercio nos dice todo lo que sabemos sobre muchos grandes hombres y que debemos estarle agradecido por ello.
Un amigo de Severo fue Dión Casio (Dion Cassius Cocceianus), historiador de cierto renombre. Nació en Asia Menor, donde su padre fue gobernador bajo Marco Aurelio. Dión Casio llegó a Roma en 180 y fue senador en el reinado de Cómodo; sobrevivió a los peligros de ese reinado y desempeñó altos cargos bajo Severo y sus sucesores. Dión Casio escribió una historia de Roma, de la cual nos han llegado los libros que tratan del último medio siglo de la República y el primer medio siglo del Imperio. Es gracias al accidente de esta supervivencia por lo que sabemos tanto de los tiempos de César y Augusto.
Los últimos años de Severo fueron perturbados por conflictos en Britania. Recordando el poder del gobernador de Britania, Albino, que había estado a punto de conquistar el Imperio, Severo dividió Britania en dos provincias. Así debilitó el poder de los generales allí apostados e hizo menos probable que se rebelasen. Pero también los hizo menos capaces de resistir a los pictos del Norte, sobre todo porque Albino, en su lucha por el trono, había retirado de Britania gran cantidad de buenos soldados que hallaron la muerte en Lugdunum.
En 208, Severo se vio obligado a viajar él mismo a Britania y a emprender vigorosas operaciones contra los duros montañeses del salvaje Norte. Pero el precio fue demasiado elevado. Las operaciones de guerrillas desgastaron a las legiones y sólo con dificultad se las podía abastecer y reforzar desde el cuerpo principal del Imperio. Finalmente, Severo tuvo que contentarse con algunos gestos nominales de sumisión de los nativos. Esto disimulaba el resultado real, que fue una retirada romana. Severo decidió que la improvisada Muralla de Antonino, erigida medio siglo antes en la mitad de Escocia, era demasiado difícil de defender y se retiró definitivamente detrás de la Muralla de Adriano, más práctica y que reforzó. Pero Severo no iba a dejar nunca Britania. Estaba en sus sesenta y tantos años y durante mucho tiempo había sufrido horriblemente de gota. En 211 (964 A. U. C.) murió de esta enfermedad en Eboracum (la moderna York).

viernes, noviembre 4

Sobre los cascos militares.

Los restos de cascos militares encontrados y datados en la época romana, finales de la república e imperio romano, son los siguientes:

cascos romanos


Los cascos del tipo ATico, no hay pruebas arqueol´pgocas de su existencia. Las únicas referencias son las que aprecen en los frisos romanos o en esculturas de la época:

atico


en este caso, es el de el friso pretoriano...
atico


la mayoría de los investigadores, no se han atrevido a poner casco a un pretor o consul, y en todas las ilustraciones aparecen sin casco...

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parte 24. Cómodo

Cómodo
Pero no todo habría ido tan mal como fue sí Marco Aurelio hubiese seguido el precedente sentado por los cuatro emperadores anteriores y hubiese adoptado algún sucesor digno, probado tanto en el servicio civil como en el militar. Pero no lo hizo, y este mal servicio al Imperio anuló todo el bien que había hecho él y sus predecesores.
Marco Aurelio tenía, por desgracia, un hijo, y lo convirtió en su sucesor. En 177, hizo de él (que por entonces era un muchacho de dieciséis años) su co-emperador.
El peligro es que un hijo nacido en el trono casi con seguridad se echa a perder. Recibe demasiados halagos y demasiado poder, y confunde el accidente del nacimiento con las realizaciones de valor. Había sucedido con Calígula y Nerón, y ahora iba a ocurrir nuevamente.
El hijo de Marco Aurelio era Cómodo (Marcus Lucius Aelius Aurelius Commodus Antoninus), quien tenía diecinueve años cuando se convirtió en emperador.
Cómodo no era un guerrero. Hizo una rápida paz con los marcomanos y se dedicó a una vida de placer. Dejó las cargas del gobierno a sus funcionarios. Esto es peligroso, en cierto modo. La gente no es propensa a acusar al emperador mismo por los infortunios, pues se le enseña a reverenciar al emperador (o al rey o al presidente). Pero es fácil acusar a los «malvados favoritos» (o funcionarios o burócratas). Cómodo no tuvo el valor de defender a sus funcionarios, sino que los sacrificó a la multitud siempre que le pareció la salida más fácil.
Como la mayoría de los gobernantes débiles, temía ser asesinado, y pensaba que quienes más probablemente conspirarían contra él eran los senadores. Esto supuso el fin del largo período en el que los senadores actuaron en cooperación con los emperadores. Nuevamente se impuso un reinado del terror, en el que el informe sobre una palabra descuidada o la repentina sospecha irracional bastaban para dar lugar al exilio o la ejecución.
Por supuesto, el Senado no era ahora lo que había sido antaño, ni siquiera en la época de Augusto, para no hablar de los grandes días de la República. Ya no representaba a la antigua aristocracia romana. Gran parte de ella había sido barrida en las guerras civiles que precedieron al establecimiento del Imperio. Los miembros restantes de ella fueron muertos por Calígula, Nerón y Domiciano. Bajo los Antoninos, el Senado fue constituido por una nueva clase de funcionarios, y su prestigio decayó aún más a causa de ello.
Como Nerón, Cómodo parece haber sido monstruosamente vanidoso y llevado esta vanidad a extremos todavía más vergonzosos. Nerón al menos gozaba con fiestas del intelecto, con su poesía, su actuación escénica y su canto. Cómodo, al parecer, tenía el alma de un gladiador en el cuerpo de un emperador. Su placer era matar animales en el anfiteatro (desde una posición segura) y se cree que hasta intervino en combates de gladiadores. Si bien los romanos gozaban del brutal espectáculo que ofrecían hombres armados luchando hasta la muerte, pensaban que los combatientes ocupaban una posición social degradada. Por ello, que un emperador desempeñase el papel de un gladiador era vergonzoso.
Una vez más, la extravagancia imperial estaba vaciando el tesoro y una seria crisis económica asolaba el Imperio.
El fin de este nuevo Nerón fue precisamente el mismo que el del antiguo. Los más cercanos a él eran quienes más temían sus impulsos arbitrarios y ansiaban asegurar su propia vida eliminándolo. En 192 (945 A. U. C.), su amante, Marcia, y algunos funcionarios de la corte conspiraron contra él y lo hicieron estrangular por un luchador profesional; así, en cierto modo, murió como un gladiador. Como Nerón, tenía treinta y un años en el momento de su muerte.
Cómodo fue el último del linaje (por adopción y descendencia) de Nerva. Este linaje duró casi exactamente un siglo y dio siete emperadores a la historia romana, si contamos al co-emperador Lucio Vero.

jueves, noviembre 3

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parte 23. la época de los antoninos

La época de los Antoninos
Desde el ascenso de Nerva, en 96, hasta la muerte de Marco Aurelio, en 180, el Imperio pasó por ochenta y cuatro años que fueron principalmente pacíficos y se señalaron por gobiernos austeros y responsables. Hubo guerras exteriores, con los partos, los dacios y los britanos pero se desarrollaron lejos, principalmente en territorio enemigo y no dejaron huellas dolorosas serias en las provincias romanas. Hubo también rebeliones, particularmente la de los judíos bajo Adriano, y algún ocasional levantamiento de un general, como en el caso del capaz jefe de las legiones sirias, quien, en 175, fue engañado por un falso informe de la muerte de Marco Aurelio por los marcómanos. Pero todas estas rebeliones lograron ser aplastadas, y sólo fueron alfilerazos dentro de la paz general.
De hecho, el historiador del siglo XVIII Edward Gibbon, en una famosa afirmación, dijo que en toda la historia de la raza humana nunca existió un período tan largo en el que tantas personas fuesen tan felices como en el Imperio Romano bajo los Antoninos.
En cierto modo, tenía razón. Si pensamos sólo en la región mediterránea, sin duda ésta estuvo mejor bajo los Antoninos que durante los siglos en los que se libraron guerras continuas, región contra región. También estuvo mejor que en los siglos siguientes, cuando se halló dividida en gobiernos en discordia. Hasta podríamos decir que estuvo mejor que ahora, cuando (junto con el resto del mundo) vive bajo la amenaza de la bomba atómica.
Sin embargo, aunque la época de los Antoninos fue un período de paz y calma, era la paz y la calma del agotamiento. El mundo mediterráneo se había desgastado en las grandes guerras de los griegos y los romanos y cuando luego el Imperio —aparentemente tan grande y fuerte— se vio obligado a soportar el impacto de los desastres luchó virilmente y con esfuerzos casi sobrehumanos, pero estaba demasiado agotado para triunfar.
La peste de 166 quizá fue el último golpe, que acabó con la vitalidad que le restaba a la población.
El intento de los emperadores de hacer de la ciudad de Roma un grandioso espectáculo debilitó aún más la economía. Cientos de miles de ciudadanos romanos recibían alimento gratuito en el tiempo de los Antonios, un día de cada tres era una fiesta que se celebraba con espectáculos, carreras de carros, combates de gladiadores y extravagantes juegos con animales. Todo esto era tremendamente costoso y la breve diversión que brindaba no compensaba el precio a largo plazo pagado con el debilitamiento de la economía. (Presumiblemente, muchos de los romanos de las generaciones que gozaron del beneficio de la diversión se preocupaban poco de lo que ello significaría para sus descendientes, si es que se preocupaban algo. Nuestra propia generación, que contamina y destruye sin cesar los recursos del mundo es igualmente criminal en su indiferencia, y no tenemos ningún derecho a despreciar a los romanos.)
La fatiga de la época de los Antoninos se refleja en la lenta decadencia de la literatura. Casi la única figura literaria de importancia en el período antonino tardío fue Lucio Apuleyo, nacido en Numidia por el 124. Estudió en Atenas y vivió en Roma durante un tiempo, pero pasó la mayor parte de su vida en Cartago.
Es más conocido por un libro llamado comúnmente El asno de oro, una fantasía sobre un hombre que se convierte en asno y sobre las aventuras que experimenta en su forma animal. En él figura el cuento de «Cupido y Psique», ciertamente uno de los más atractivos de los cuentos relatados a la manera de los antiguos mitos.
También la ciencia estaba decayendo. Sólo dos nombres merecen ser mencionados en relación con la época de los Antoninos. Uno de ellos era un astrónomo griego (o quizás egipcio), que vivió en Egipto durante los reinados de Adriano y Antonino, Claudius Ptolemaeus, más conocido en español sencillamente como Tolomeo. Comprendió la obra de los astrónomos griegos en un libro enciclopédico que sobrevivió en la Edad Media, cuando habían desaparecido las obras de los astrónomos anteriores en los cuales se basó. Fue el libro de consulta por excelencia de la astronomía durante quince siglos. Puesto que el cuadro del Universo que esbozaba Tolomeo colocaba a la Tierra en el centro, este modelo es llamado frecuentemente el «sistema tolemaico».
Un poco más joven que Tolomeo era Galeno, médico griego nacido en Asia Menor alrededor de 130. En 164 se estableció en Roma y fue, por un tiempo, médico de la corte de Marco Aurelio. Escribió voluminosos libros de medicina, y sus obras también sobrevivieron a través de la Edad Media, conservando toda su autoridad y su fuerza hasta tiempos modernos.
Las cargas del Imperio iban en aumento, mientras disminuía el número de hombros dispuestos a soportarlas. Con el tiempo, esas cargas iban a aplastar al Imperio.
Pero la fatiga también es relativa, y no todas las empresas se vieron afectadas por ella. En una época en que la importancia del otro mundo estaba creciendo en el espíritu de los hombres, las discusiones sobre la naturaleza de este mundo y su relación con el hombre se hicieron más intensas. En verdad, puede argüirse que una de las razones de la decadencia de la ciencia, el arte y la literatura fue el creciente interés de los mejores espíritus por un nuevo tipo de empresa intelectual: la teología.
No sólo disputaban sobre el dogma judíos y cristianos; no sólo trataban unos y otros de defender sus creencias contra los paganos, sino que entre los mismos cristianos surgieron diversas creencias rivales. (Cuando predominaba una particular variedad de creencia, se convertía en «ortodoxia» —que significa «pensamiento recto» en griego—, mientras que las otras eran «herejías», de una palabra griega que significar «elegir por uno mismo»).
En los dos primeros siglos de la era cristiana, por ejemplo, hubo una serie de grupos de cristianos confesos que adoptaron un sistema de pensamiento habitualmente rotulado con el nombre de «gnosticismo»; fue una de las más importantes de las primeras herejías. «Gnosticismo» proviene de una palabra griega que significa «conocimiento», pues los gnósticos sostenían que la salvación sólo podía alcanzarse mediante el conocimiento del sistema verdadero del mundo, conocimiento que se obtenía por revelación y por experiencia.
En realidad, el gnosticismo existía ya antes del cristianismo y contenía muchos elementos de la religión persa, particularmente en la creencia en un principio del bien y otro del mal, y en la continua guerra entre ambos. Con el advenimiento del cristianismo, muchos gnósticos absorbieron rápidamente algunos aspectos del cristianismo.
Algunos gnósticos cristianos pensaban que Dios era el principio del bien, pero consideraban a este Dios tan remoto que estaba más allá de la comprensión del hombre. Era el principio del mal el que realmente creó el mundo, y ese principio es el Jehová del Antiguo Testamento. Según esta línea de pensamiento Jesús, el hijo del Dios lejano, vino a la Tierra para rescatarla de Jehová. Como es natural, los gnósticos eran vigorosamente antisemitas.
Por otro lado, aquellos a quienes ahora consideramos como los cristianos ortodoxos aceptaban la autoridad divina del Antiguo Testamento y creían que Jehová es Dios. Se horrorizaban ante un sistema de pensamiento que hacía de Jehová el Diablo. Esta fue la primera (pero en modo alguno la última) de las luchas teológicas que enfrentaron a cristianos contra cristianos más fieramente aún de lo que los cristianos se enfrentaban contra los no cristianos.
Algunos maestros cristianos también pretendían tener revelaciones o conocimientos especiales y predicar el arrepentimiento y la santidad, como había hecho el mismo Cristo. Así, cierto Montano, que atrajo por primera vez la atención durante el reinado de Antonino Pío, se declaró especialmente inspirado por Dios para predicar el inminente fin del mundo y el segundo advenimiento de Cristo. Era otra versión del mesianismo. Los judíos habían esperado al advenimiento del Mesías de generación en generación, y cada tanto algunos maestros judíos predicaban que el advenimiento era inminente y algunos de quienes los escuchaban les creían. Después de que Jesús fuese aceptado como el Mesías por algunos judíos y por una cantidad creciente de no judíos, comenzaron nuevos períodos de espera del segundo advenimiento de Jesús, de generación en generación. Nuevamente, no faltó en cada generación alguno que predicase la inminencia del segundo advenimiento ni otros que lo creyesen. (La secta de los «Testigos de Jehová» es la representante contemporánea de quienes creen en la inminencia del segundo advenimiento.)
Montano creó la secta de los «montanistas», los cuales creían que, puesto que Jesús estaba a punto de volver, los hombres debían prepararse para ello, dejando de lado las cosas mundanas, evitando el pecado y viviendo en una rígida virtud. Montano predicó lo que hoy llamaríamos un modo de vida «puritano».
Así ocurrió que un número creciente de hombres dedicó sus energías a discutir sobre la naturaleza del otro mundo, y no el desarrollo de éste, y despreció cada vez más este mundo como algo que, en el mejor de los casos, no tenía valor, y, en el peor, era malo.

miércoles, noviembre 2

desde cartagena con amor...

Un compañero pretoriano, Abel Martínez de Cartagena, nos envía estas fotos de su Grupo, LA GUARDIA PRETORIANA de Las fiestas de Carthagineses y Romanos:

la guardia


Y a que debe estar él, cortandole el cuello a un desgraciado "Paeni"... como se ríe el condenado... JOJOJOç

la guardia


SALUDOS PARA TODOS ELLOS... Y NOS VEMOS EN ESTE BLOG

RENOVACIÓN

hemos renovado otra vez, el aspecto general de la página, eliminando los problemas que nos daba con IE, he incluyendo un nuevo Bannre para el BLOG.

El contador de visitas lo hemos adecuado hace tiempo para que no cuente los reload.

Con orgullo por llevar más de 6500 visitas y haber publicado ya 271 posts en medio año de vida.

Con mucho material para seguir compartiendo con todos los que quieran visitarnos y tratando de mejorar algunas cosas que hacen que no aparezcamos por ejemplo en el google... en fin...

Saludos y seguid visitandonos.

ESTANDARTES

Tomado de los libros de peter connolly, podemos ver los tipos de estandartes utilizados por las legiones romanas.

estandartes romanos


En esta imagen podemos ver los estandartes de las guerras cantabras.

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En general. Excesivamente recargados, y demasiado grandes. Y con símbolos no apropiados para el vexilium. (Aguilas, manos, etc...)

Más sobre las termopilas.

Donde están las Termopilas, y si hoy fuese a visitarlas, que encontraríamos.
Esto:
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El monumento a Leonidas.

Tomemos una foto del satelite:



Y un mapa de la zona. Podemos ver subrayado donde está Thermophylae y ATENAS.


La zona de las termopilas será la siguiente:


En este mapa, podemos ver la posición de los diferentes ejercitos y flotas.


Y en esta foto podemos observar la foto desde el satélite de la zona. La línea de costa correspondería con la actual carretera, por lo que podemos observar lo que sería el paso.


Esta foto nos muestra el aspecto actual de la zona.


Como en la mayoría de los sitios donde ha habido una batalla. La visión es un poco decepcionante.

Más sobre las termopilas

Como sería el legionario romano en Cantabria.

ASPECTO MAS PROBABLE DEL LEGIONARIO


Magnífica ilustración de Peter Connolly

Casco Montefortino. COta de malla. Caligae. Gladius. Escutum republicano.

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parte 22.marco aurelio

Marco Aurelio
De los dos sucesores que Antonino había adoptado a requerimiento de Adriano, uno fue confirmado poco después de la muerte del viejo Emperador. Era Marco Aurelio (Marcus Aelius Aurelius Antoninus), yerno de Antonino. El otro, Lucio Aurelio Vero, había sido juzgado indigno por Antonino.
Pero Marco Aurelio, que seguía un código de conducta estricto, pensó que lo justo era aceptar a Lucio Vero como su igual en los derechos y deberes del trono. Por primera vez en la historia del Imperio, dos emperadores iban a gobernar simultáneamente, y esto sentó un precedente importante para el futuro.
Lucio Vero no estaba muy interesado en las labores del gobierno, sino sólo en los placeres, a los que se dedicó totalmente. Por ello, es recordado Marco Aurelio, que sobrellevó la carga del Imperio, mientras que Lucio Vero ha sido olvidado.
Marco Aurelio fue un gobernante modelo, que siguió el ejemplo de su padre adoptivo. Platón había dicho quinientos años antes que el mundo sólo marcharía bien cuando los príncipes fueran filósofos o los filósofos príncipes. Así ocurrió con Marco Aurelio, pues fue un gobernante vigoroso y al mismo tiempo un filósofo cuyos escritos aún hoy reciben una elevada consideración.
Marco Aurelio fue, específicamente, un estoico. El estoicismo había recibido creciente favor bajo el bondadoso gobierno de los Antoninos. Su más renombrado exponente en tiempos romanos había sido Epícteto, un griego nacido en la esclavitud alrededor del 60. Tenía mala salud y era cojo (presuntamente a causa del mal trato que recibió de un amo cruel).
Fue llevado a Roma a temprana edad y allí logró asistir a clases de filósofos estoicos, cuyas enseñanzas asimiló. Cuando finalmente fue liberado de la esclavitud, se estableció a su vez como maestro. Pero en el reinado de Domiciano, cuando los filósofos fueron expulsados de Roma, Epícteto fue uno de los que tuvieron que abandonar la ciudad. Esto ocurrió en el 89. Se retiró a Nicópolis, ciudad fundada por Augusto después de su victoria final sobre Marco Antonio cerca de Accio. En Nicópolis, Epícteto enseñó durante el resto de su vida.
El mismo Epícteto no escribió nada, pero sus enseñanzas fueron asimiladas por su más famoso discípulo, Arriano (el biógrafo de Alejandro Magno), quien las recogió en dos libros, de los que sobrevive una parte solamente de uno de ellos. La filosofía de Epícteto era bondadosa y humanitaria: «vivir y dejar vivir», «soportar y refrenarse».
De joven, Marco Aurelio se sintió atraído por las enseñanzas del estoicismo y se convirtió en el más famoso de los estoicos, puesto que era el Emperador. Marco Aurelio no creía en la felicidad, sino en la tranquilidad, creía en la sabiduría, la justicia, la resistencia y la templanza; no eludió ninguna penuria a que lo obligase el cumplimiento de su deber. A lo largo de toda su afanosa vida, llena de marchas y batallas, registró sus pensamientos en un pequeño libro que sobrevive con el nombre de «Meditaciones». Es valorado aún hoy como el testimonio de un hombre que vivió según un bondadoso y admirable modo de vida en las más duras condiciones.
Pues Marco Aurelio no iba a tener la vida pacífica que merecía. La profunda calma del reinado de Antonino parece haberse quebrado con su muerte, y en todas partes surgieron enemigos contra Roma.
En el Este, los viejos enemigos, los partos, se levantaron repentinamente y una vez más trataron de colocar a Armenia bajo un títere parto. Además, hicieron inevitable la guerra al invadir Siria. Las legiones romanas, bajo el co-emperador Lucio Vero, se lanzaron hacia el Este.
Los partos fueron derrotados y los romanos les devolvieron el golpe invadiendo y saqueando la Mesopotámia y quemando Ctesifonte, su capital. En 166, la paz fue restaurada, y tres años más tarde Lucio Vero murió dejando a Marco Aurelio como único emperador.
La guerra con Partía podía haber sido considerada como un triunfo para Roma, de no haber tenido una consecuencia totalmente inesperada...
Los enjambres humanos del Lejano Oriente, India y China, han sido desde hace muchos siglos víctimas de enfermedades como el cólera o la peste bubónica. En esas regiones, las enfermedades son endémicas; es decir, están siempre presentes en un grado moderado. Pero de tanto en tanto, el germen de una enfermedad desarrolla una nueva cepa de excepcional virulencia y, entonces, una enfermedad determinada aumenta vertiginosamente su intensidad y se expande en todas direcciones, llevada por viajeros, soldados y refugiados atemorizados... De tanto en tanto, la «peste» avanza hacia el Oeste e inunda Europa.
Una peste semejante devastó Atenas casi seis siglos antes de Marco Aurelio, al comienzo de su larga guerra con Esparta. La peste mató a Pericles y probablemente contribuyó mucho a que Atenas perdiese la guerra. Indirectamente, acabó con la gloria de Atenas y contribuyó a la decadencia de Grecia. Otra peste (la famosa «Peste Negra») barrió Europa doce siglos después de la época de Marco Aurelio y dio muerte a un tercio de la población europea.
Entre esas dos pestes, apareció otra no menos importante en tiempo de Marco Aurelio. Quizá se trató de la viruela. Los soldados que combatían en Partia se contagiaron y los estragos que causó debilitaron mucho su potencia. La llevaron con ellos a Roma y también a las provincias.
La peste diezmó ferozmente la población del Imperio, despojándolo de soldados y labradores, y debilitándolo en forma permanente. La población de la ciudad de Roma empezó a decaer, y sólo en el siglo XX volvió a alcanzar el número que había tenido bajo Augusto y Trajano.
La despoblación dio origen a otros desastres, pues Marco Aurelio trató de poblar nuevamente las tierras estimulando la inmigración de los bárbaros del Norte. Esta fue la primera oscilación del péndulo de la romanización del Norte a la germanización del Imperio.
La gente atemorizada, sintiendo la necesidad de acusar a alguien de la peste, acusó a los cristianos, y se inició un período de persecuciones. Entre los que murieron en la caza de brujas estaba Justino Mártir. Sin duda, Marco Aurelio desaprobó tal persecución en principio, pero había poco que pudiera hacer contra el poder de una muchedumbre enloquecida.
Ciertamente, Marco Aurelio creía mucho en el valor de la religión del Estado como principio unificador de los pueblos del Imperio, los cuales, por lo demás, diferían tanto en lenguaje y cultura. Los cristianos deben de haberle parecido una peligrosa fuerza destructiva. Los peligros para Roma fueron tanto mayores en su reinado, con respecto a los reinados que lo precedieron inmediatamente, que bien pudo haber pensado que no podía permitirse la tolerancia de posibles rebeldes, y de este modo disculparse ante sí mismo por una persecución que sabía equivocada en principio.
La principal amenaza externa para Roma estaba en una coalición de tribus germánicas formada bajo el liderato de los marcomanos, quienes vivían en lo que es ahora la Baviera septentrional y se unieron a otras tribus situadas al norte del Danubio. Aprovechando el enfrentamiento de Roma con Partia, atacaron la frontera norte de Roma. Durante unos quince años, Marco Aurelio se agotó en esta guerra con los marcomanos, marchando de un punto amenazado a otro, derrotando a los germanos para luego verlos levantarse nuevamente.
En conjunto, puede considerarse que Roma ganó la guerra, pero mientras que en siglos anteriores había conquistado y absorbido territorios bárbaros, ahora se contentó con rechazarlos y mantenerse intacta. Si continuaba esa situación, en el siglo siguiente se iban a contemplar desastres, como efectivamente ocurrió.
Marco Aurelio murió en 180 (933 A. U. C.), después de un reinado de diecinueve años, mientras estaba en campaña, combatiendo aún con los germanos. El lugar de su muerte estaba cerca de la moderna Viena.