miércoles, noviembre 9
EL MARTES NO HE PUESTO NADA
es que estuve malito... el estomago... no comí nada... por lo que mi entrenador estará contento... jejeje
parte 25. Caracalla
Caracalla
Severo, para aumentar su popularidad entre la gente del Imperio y dar apariencia más legítima a su gobierno, apeló a la ficción legal de que él era hijo de Marco Aurelio y hermano de Cómodo. Esto se ve en el nombre de su hijo mayor. Originalmente era Basiano, pero después de que su padre se convirtiese en emperador, se cambió el nombre del hijo por el de Marco Aurelio Antonino.
Pero, como Calígula, el hijo mayor de Severo fue conocido por el nombre de una prenda de vestir. Introdujo en Roma una larga capa de estilo galo y la hizo popular. Esa capa era llamada «caracallus», por lo que el hijo de Severo fue conocido por Caracalla.
Caracalla y su hermano menor Geta (Publius Septimius Antoninus Geta) habían prestado servicio en Britania en la campaña final de su padre, y al morir éste los dos hermanos le sucedieron como co-emperadores, siguiendo el precedente de Marco Aurelio y Lucio Vero de medio siglo antes.
Pero Caracalla no era ningún Marco Aurelio. Los dos hermanos se odiaban violentamente. Concluyeron una rápida paz en Britania y volvieron apresuradamente a Roma para luchar hasta llegar a una decisión. Caracalla ganó porque hizo asesinar a Geta en 212, y en adelante gobernó solo, asegurando su posición mediante ejecuciones en masa de los que sospechaba que habían apoyado a Geta. Distribuyendo dinero pródigamente entre los soldados, se ganó su apoyo y no se preocupó un ardite de nada más.
El romano más distinguido que cayó en la campaña de ejecuciones de Caracalla fue Papiniano, el jurista. Había acompañado a Severo a Britania y, a la muerte del emperador, fue hecho tutor de Caracalla y Geta, que sólo tenían un poco más de veinte años. Trató de mantener la paz entre ellos y fracasó. Como les ocurre a menudo a los conciliadores, se ganó la enemistad de ambas partes y probablemente habría sido ejecutado con igual rapidez si hubiese ganado Geta.
Caracalla, al igual que Calígula, Nerón y Cómodo, fue echado a perder por haber sido criado en la corte; como emperador, fue de escasa valía. Pero sólo reinó seis años.
Bajo su gobierno, se construyeron en Roma los enormes «baños de Caracalla», que cubrían 33 acres. Sus ruinas subsisten en la Roma actual y son una atracción turística.
El hábito de tomar baños había aumentado de popularidad a través de la historia romana, y en el Imperio llegó a la cumbre del lujo. Los baños públicos eran grandes construcciones con habitaciones en las que un bañista podía pasar de un baño a otro con temperaturas diferentes: caliente, tibio y frío. Había habitaciones con vapor de agua, habitaciones para hacer ejercicios y lugares donde la gente podía ser untada con aceites o recibir masajes. Hasta había salones donde un cliente podía descansar, leer, conversar u oír recitaciones. Los precios no eran elevados y los baños tenían una gran popularidad.
Ciertamente, la popularidad de los baños es mucho más admirable que la de los horribles combates de gladiadores y con animales. Sin embargo, para los satíricos romanos, los estoicos y, sobre todo, para los primeros cristianos, el lujo que rodeaba a los baños hacía que su práctica les pareciese decadente y vergonzosa. En particular, en algunos lugares surgió la costumbre de que hombres y mujeres usasen los baños simultáneamente, y esto era horrible para los moralistas, quienes imaginaban que allí se practicaba todo género de perversiones, cosa que probablemente no ocurría.
Otra acción importante de Caracalla fue su edicto de 212 (965 A. U. C.) por el que otorgaba la ciudadanía romana a todos los hombres libres del Imperio. Esta no era una concesión tan magnífica como podría parecer, pues la diferencia entre ciudadanos y no ciudadanos había ido disminuyendo desde hacía mucho tiempo y las ventajas prácticas de ser ciudadano en un despotismo dominado por el ejército eran prácticamente nulas.
En realidad, se supone que Caracalla tenía en vista una finalidad práctica. Había ciertos impuestos a la herencia que sólo debían pagar los ciudadanos romanos. Al generalizar la ciudadanía, Caracalla aumentaba los ingresos provenientes de esos impuestos.
Caracalla llevó una política agresiva en las fronteras. Luchó a lo largo del Danubio en 214 y mantuvo a raya a las tribus germánicas. Luego marchó al Este para librar otra de las eternas guerras con Partia y, como su padre antes, hizo una triunfal incursión por la Mesopotamia.
Sin embargo, las crueldades de Caracalla estaban despertando nerviosismo entre sus colaboradores. Por ejemplo, ordenó a sus soldados que saquearan Alejandría, la segunda ciudad del Imperio, por un delito trivial, y fueron muertas miles de personas. Un hombre semejante no vacilaría en hacer asesinar a sus colaboradores por cualquier ofensa imaginaria, si esos colaboradores no actuaban primero.
Lo hicieron. En 217 (970 A. U. C.) Caracalla fue asesinado a instigación de uno de sus funcionarios, Marco Opilio Macrino. Como Nerón y Cómodo, Caracalla sufrió una muerte violenta a los treinta y un años de edad.
Después del asesinato, el mismo Macrino se proclamó emperador. Era un ciudadano de clase media, mauritano de origen, y nunca había alcanzado el rango senatorial. Fue el primer emperador que llegó al trono cuando sólo pertenecía aún a la clase media.
Macrino aparentemente tenía buenas intenciones. Redujo ciertos impuestos y trató de reducir la paga y aumentar la disciplina de sus tropas (una acción siempre muy riesgosa).
Por desgracia, las cosas no marcharon bien. Los partos, aprovechando los desórdenes que siguieron a la muerte de Caracalla, invadieron Siria e infligieron derrotas a los romanos. Macrino se vio obligado a firmar una paz bastante desfavorable que inmediatamente despertó la indignación de los soldados y les hicieron volverse hacia otros posibles candidatos al trono.
Severo, para aumentar su popularidad entre la gente del Imperio y dar apariencia más legítima a su gobierno, apeló a la ficción legal de que él era hijo de Marco Aurelio y hermano de Cómodo. Esto se ve en el nombre de su hijo mayor. Originalmente era Basiano, pero después de que su padre se convirtiese en emperador, se cambió el nombre del hijo por el de Marco Aurelio Antonino.
Pero, como Calígula, el hijo mayor de Severo fue conocido por el nombre de una prenda de vestir. Introdujo en Roma una larga capa de estilo galo y la hizo popular. Esa capa era llamada «caracallus», por lo que el hijo de Severo fue conocido por Caracalla.
Caracalla y su hermano menor Geta (Publius Septimius Antoninus Geta) habían prestado servicio en Britania en la campaña final de su padre, y al morir éste los dos hermanos le sucedieron como co-emperadores, siguiendo el precedente de Marco Aurelio y Lucio Vero de medio siglo antes.
Pero Caracalla no era ningún Marco Aurelio. Los dos hermanos se odiaban violentamente. Concluyeron una rápida paz en Britania y volvieron apresuradamente a Roma para luchar hasta llegar a una decisión. Caracalla ganó porque hizo asesinar a Geta en 212, y en adelante gobernó solo, asegurando su posición mediante ejecuciones en masa de los que sospechaba que habían apoyado a Geta. Distribuyendo dinero pródigamente entre los soldados, se ganó su apoyo y no se preocupó un ardite de nada más.
El romano más distinguido que cayó en la campaña de ejecuciones de Caracalla fue Papiniano, el jurista. Había acompañado a Severo a Britania y, a la muerte del emperador, fue hecho tutor de Caracalla y Geta, que sólo tenían un poco más de veinte años. Trató de mantener la paz entre ellos y fracasó. Como les ocurre a menudo a los conciliadores, se ganó la enemistad de ambas partes y probablemente habría sido ejecutado con igual rapidez si hubiese ganado Geta.
Caracalla, al igual que Calígula, Nerón y Cómodo, fue echado a perder por haber sido criado en la corte; como emperador, fue de escasa valía. Pero sólo reinó seis años.
Bajo su gobierno, se construyeron en Roma los enormes «baños de Caracalla», que cubrían 33 acres. Sus ruinas subsisten en la Roma actual y son una atracción turística.
El hábito de tomar baños había aumentado de popularidad a través de la historia romana, y en el Imperio llegó a la cumbre del lujo. Los baños públicos eran grandes construcciones con habitaciones en las que un bañista podía pasar de un baño a otro con temperaturas diferentes: caliente, tibio y frío. Había habitaciones con vapor de agua, habitaciones para hacer ejercicios y lugares donde la gente podía ser untada con aceites o recibir masajes. Hasta había salones donde un cliente podía descansar, leer, conversar u oír recitaciones. Los precios no eran elevados y los baños tenían una gran popularidad.
Ciertamente, la popularidad de los baños es mucho más admirable que la de los horribles combates de gladiadores y con animales. Sin embargo, para los satíricos romanos, los estoicos y, sobre todo, para los primeros cristianos, el lujo que rodeaba a los baños hacía que su práctica les pareciese decadente y vergonzosa. En particular, en algunos lugares surgió la costumbre de que hombres y mujeres usasen los baños simultáneamente, y esto era horrible para los moralistas, quienes imaginaban que allí se practicaba todo género de perversiones, cosa que probablemente no ocurría.
Otra acción importante de Caracalla fue su edicto de 212 (965 A. U. C.) por el que otorgaba la ciudadanía romana a todos los hombres libres del Imperio. Esta no era una concesión tan magnífica como podría parecer, pues la diferencia entre ciudadanos y no ciudadanos había ido disminuyendo desde hacía mucho tiempo y las ventajas prácticas de ser ciudadano en un despotismo dominado por el ejército eran prácticamente nulas.
En realidad, se supone que Caracalla tenía en vista una finalidad práctica. Había ciertos impuestos a la herencia que sólo debían pagar los ciudadanos romanos. Al generalizar la ciudadanía, Caracalla aumentaba los ingresos provenientes de esos impuestos.
Caracalla llevó una política agresiva en las fronteras. Luchó a lo largo del Danubio en 214 y mantuvo a raya a las tribus germánicas. Luego marchó al Este para librar otra de las eternas guerras con Partia y, como su padre antes, hizo una triunfal incursión por la Mesopotamia.
Sin embargo, las crueldades de Caracalla estaban despertando nerviosismo entre sus colaboradores. Por ejemplo, ordenó a sus soldados que saquearan Alejandría, la segunda ciudad del Imperio, por un delito trivial, y fueron muertas miles de personas. Un hombre semejante no vacilaría en hacer asesinar a sus colaboradores por cualquier ofensa imaginaria, si esos colaboradores no actuaban primero.
Lo hicieron. En 217 (970 A. U. C.) Caracalla fue asesinado a instigación de uno de sus funcionarios, Marco Opilio Macrino. Como Nerón y Cómodo, Caracalla sufrió una muerte violenta a los treinta y un años de edad.
Después del asesinato, el mismo Macrino se proclamó emperador. Era un ciudadano de clase media, mauritano de origen, y nunca había alcanzado el rango senatorial. Fue el primer emperador que llegó al trono cuando sólo pertenecía aún a la clase media.
Macrino aparentemente tenía buenas intenciones. Redujo ciertos impuestos y trató de reducir la paga y aumentar la disciplina de sus tropas (una acción siempre muy riesgosa).
Por desgracia, las cosas no marcharon bien. Los partos, aprovechando los desórdenes que siguieron a la muerte de Caracalla, invadieron Siria e infligieron derrotas a los romanos. Macrino se vio obligado a firmar una paz bastante desfavorable que inmediatamente despertó la indignación de los soldados y les hicieron volverse hacia otros posibles candidatos al trono.
lunes, noviembre 7
Parte 24. 5. El linaje de Severo
5. El linaje de Severo
Septimio Severo
Antes de ese momento, dos dinastías importantes habían llegado a su fin, una con Nerón y otra con Domiciano. La primera vez, el Senado, cogido de improviso, tuvo que hacer frente a una breve guerra civil, con un final, afortunadamente, feliz. La segunda vez el Senado estaba preparado y las cosas salieron bien desde el principio.
El Senado trató ahora de seguir exactamente el segundo precedente. A Domiciano le siguió el anciano y respetado Nerva, y ahora dispusieron que Cómodo fuese seguido por el anciano y respetado Pertinax (Publius Helvius Pertinax).
Pertinax había nacido en un hogar humilde en 126, durante el reinado de Adriano. Ascendió laboriosamente en el servicio público hasta ser, en la época de la muerte de Cómodo, lo que hoy llamaríamos el alcalde de la ciudad de Roma.
Como Nerva, Pertinax se sintió demasiado viejo para asumir la pesada tarea de un emperador y se resistió. Pero la guardia pretoriana, que había sido convencida de que aceptase a Pertinax por su jefe (uno de los conspiradores contra Cómodo), insistió. Pertinax aceptó muy a su pesar.
Cuando Pertinax trató de restablecer la economía gubernamental después de los excesos de Cómodo, la guardia pretoriana rápidamente cambió de opinión. Precisamente fue esto lo que Galba trató de hacer después de Nerón, y el resultado ahora fue el mismo. La guardia pretoriana se rebeló, y cuando Pertinax se presentó ante ellos para calmarlos, lo mataron. Había reinado tres meses.
Luego siguieron sucesos que demostraron cuán bajo había caído Roma, hasta qué punto ejercían los soldados un gobierno total y cuán poco éstos (y, al parecer, nadie) se preocupaban por el bien abstracto del Imperio.
La guardia pretoriana puso el Imperio en subasta. Hoscamente conscientes de que Pertinax había tratado de reducir su paga, decidieron impedir que el próximo emperador hiciera lo mismo. Ofrecieron proclamar emperador a quienquiera que les pagase la suma más elevada.
Al oír esto, un rico senador, Marco Didio Juliano, decidió participar en la puja (quizá sólo como broma, al principio). Ganó al ofrecer el equivalente, en dinero moderno, de 1.250 dólares por hombre, e inmediatamente fue proclamado emperador.
Antes y después, se compraron y vendieron cargos, pero nunca un cargo tan alto y nunca tan abiertamente.
Pero Didio Juliano sólo compró su propia muerte, y a un precio muy caro. Después del asesinato de Nerón, las legiones convergieron sobre Roma, mientras cada general reclamaba el trono, y lo mismo sucedió ahora. Las legiones de Britania, de Siria y del Danubio se disputaron el premio.
El general del Danubio fue el más rápido. Se trataba de Lucio Septimio Severo. Como Trajano, era un provinciano: había nacido en África en 146. Quizá ni siquiera fuera de ascendencia italiana, pues aprendió latín relativamente tarde en su vida y siempre lo habló con acento africano.
Marchó hacia Roma apresuradamente y tan pronto como entró en Italia, en junio de 193, la guardia pretoriana se declaró de su parte (después de todo, tenía a su mando unas rudas legiones). El Senado se apresuró a hacer lo mismo, y el pobre tonto de Juliano fue ejecutado después de un reinado de dos meses. Mientras lo arrastraban al cadalso, gritaba: «Pero, ¿a quién he hecho daño?, ¿a quién he hecho daño?». A nadie, por supuesto, pero cuando alguien aspira a premios elevados debe estar dispuesto a correr grandes riesgos.
Severo, como emperador, tuvo que ajustar cuentas con los generales rivales. Una vez que se ha ofrecido la corona a un general y éste la ha aceptado, no hay modo de retroceder. Un candidato triunfante no puede permitir que otro derrotado permanezca vivo, pues una vez que el ansia de ser emperador se ha apoderado de un hombre, nunca se puede volver a confiar en él. Más aún, el candidato derrotado, sabiendo que nunca más se confiará en él, debe seguir luchando. Como resultado de esto, después del ascenso de Severo al trono, se produjo la primera guerra civil romana en doscientos años.
La guerra civil posterior a la muerte de Nerón sólo duró un año y la lucha no tuvo mucha importancia. Pero la guerra civil que siguió a la muerte de Cómodo duró cuatro años y en ella hubo grandes batallas. La Pax Romana fue seriamente quebrantada.
Severo marchó, primero, al Este, para combatir con Níger (Gaius Pescennius Niger Justus), jefe de las legiones de Siria. Níger era un viejo conocido de Severo y antaño ambos habían desempeñado juntos el consulado. Pero Níger era ahora el más popular de los generales rivales, y su posición en el Este le permitía ocupar Egipto y apoderarse del granero romano. Severo tenía que impedirlo, y una vieja amistad no lo haría desistir.
La popularidad de Níger fue su perdición, pues las provincias orientales se declararon a su favor y no se sintió urgido a hacer nada. Permaneció en Siria en una falsa seguridad y dejó que el enérgico Severo fuese hacia él. Severo lo hizo y ganó varias batallas en Asia Menor. Níger fue capturado en 194, mientras trataba de huir a Partia, y fue ejecutado en el acto.
Quedaba el jefe de las legiones de Britania, Albino (Decimus Clodius Septimus Albinus). Extrañamente, en latín Níger significa «negro», y Albinus significa «blanco», de modo que Severo tuvo que hacer frente al Negro y al Blanco.
En un comienzo, Severo, se aseguró la neutralidad de Albino declarándolo su heredero. Esto le dio tiempo para acabar con Níger. Albino, que esperaba un empate entre sus dos enemigos, pensó ahora que sólo era cuestión de tiempo para que Severo se volviese contra él. Decidió atacar primero, haciéndose proclamar emperador y marchando a la Galia en 197.
El enérgico Severo se abalanzó hacia el Norte para ir a su encuentro, y en Lugdunum (la moderna Lyon), la mayor ciudad de la Galia por entonces, los ejércitos se enfrentaron en la mayor batalla entre romanos que se habían librado desde la de Filipos, siglo y medio antes. Las fuerzas de Severo obtuvieron una victoria total, y Lugdunum fue saqueada tan ferozmente que nunca recuperó su prosperidad en los tiempos antiguos. A este precio, en 197 (950 A.U.C.), Severo fue finalmente el amo indiscutido del Imperio.
Los dominios romanos ahora se aquietaron bajo Severo, como antaño se habían aquietado bajo Vespasiano un siglo y cuarto antes. Pero esta vez Roma era más débil. Había sufrido la devastación de la peste y su población seguía declinando. También había sufrido los golpes, físicos y psicológicos, de una grave guerra civil.
Por ello, Severo no pudo restaurar el principado según el modelo de Augusto, como había tratado de hacer Vespasiano. Tal vez Severo tampoco lo deseaba. En cambio, se adaptó a la realidad aceptando el hecho de que sólo como amo del ejército un emperador podía ser amo de Roma. Ni el Senado ni el pueblo plantearon problemas sobre el gobierno.
Así, Severo empezó a mimar al ejército. Aumentó su paga y extendió los privilegios militares, permitiendo a los soldados casarse, por ejemplo, mientras prestaban servicio, y frecuentemente elevándolos al rango de la clase media al retirarse. Centralizó el ejército bajo su único mando, eliminando a los senadores hasta del control nominal de legiones particulares. Aumentó las dimensiones del ejército hasta llegar a constituir treinta y tres legiones, frente a las veinticinco que había en el momento de la muerte de Augusto. También se aumentaron las tropas auxiliares, y por el 200 el número total de hombres que tenían las fuerzas romanas quizá superó los 400.000.
Además, Severo desarmó y disolvió la guardia pretoriana que había puesto en venta el Imperio y la reemplazó por una de sus propias legiones danubianas. En lo sucesivo, la guardia pretoriana fue reclutada entre las legiones y ya no estuvo constituida particularmente por italianos. Al estacionar una legión en la misma Italia, Severo invirtió la política de Augusto de dos siglos antes y redujo a Italia al rango de las otras provincias. Desde entonces, en efecto, no hubo ninguna diferencia real entre Italia y las provincias. Todas las partes del Imperio estaban sometidas al ejército y su jefe.
Bajo Severo, continuó la centralización del Imperio. Subdividió algunas provincias en unidades menores para que los gobernadores fuesen menos poderosos y hubiese una jerarquía más compleja de funcionarios cuya cúspide era él mismo.
Pero en conjunto el vigor de Severo benefició al Imperio, que podía soportar mejor, por entonces, un despotismo militar que las extravagancias o la anarquía. De hecho, en tiempos de Severo, los límites romanos se mantuvieron, pese a que las legiones estaban ocupadas en luchar unas contra otras mientras las fronteras exteriores quedaban sin protección. Afortunadamente, la gran rival de Roma, Partia, proseguía sus propias guerras civiles y su potencia declinaba con mucho mayor rapidez que la de Roma, hasta el punto de que Severo pudo hacer frente a Partia desde una ventajosa posición.
Así, cuando Partia adoptó una actitud que parecía calculada para sacar ventaja de los problemas de Roma, Severo respondió con rapidez. Una guerra exterior era justamente lo que se necesitaba para unir el Imperio a su alrededor. Por ello, en 197, apenas obtenida su victoria sobre Albino, marchó al Este nuevamente y derrotó a Partia brillantemente. Cuando volvió a Roma, en 202, celebró un triunfo y erigió un arco (que aún está en pie) para conmemorar sus victorias.
En el período de paz que siguió, Severo reorganizó los procedimientos legales y las finanzas. Un estrecho colaborador de Septimio Severo fue el respetado jurista Papiniano (Aemilius Papinianus). Este emprendió una reorganización completa del derecho romano y, en verdad, los comentarios que escribió constituyeron la base de tal derecho durante los tres siglos siguientes. Pero la reorganización financiera no atenuó las debilidades subyacentes del Imperio, pues Severo se vio obligado a disminuir el contenido de plata de las monedas, signo seguro de una permanente enfermedad económica.
La esposa de Severo, la emperatriz Julia Domna, se interesaba por la filosofía y dio al reinado un tinte intelectual que era totalmente extraño al rudo y marcial Emperador. Ella se rodeó, por ejemplo, de pensadores como Galeno, el médico, quien a la sazón estaba en sus últimos años (murió alrededor del 200).
Otra figura de su círculo era Diógenes, comúnmente llamado Diógenes Laercio porque nació en la ciudad de Laerte, en Asia Menor. Su derecho a la fama se basa en que escribió breves biografías de varios filósofos antiguos de renombre. Su libro estaba destinado al consumo popular y consiste en gran medida en el relato de incidentes anecdóticos de la vida de los filósofos y algunas citas sorprendentes de sus obras. Indudablemente, era estupendo para caballeros ociosos que deseaban poder chismorrear sobre los filósofos y la filosofía sin tener que pasar por el arduo esfuerzo de leer realmente sus obras. No hay duda de que el libro fue considerado como carente de valor por los verdaderos sabios de la época.
Sin embargo, la misma popularidad del resumen de Diógenes Laercio causó que se hicieran muchas copias de él y que sobreviviera hasta los tiempos modernos, mientras que no nos han llegado las obras mucho más valiosas pero mucho menos populares de gran número de los filósofos mismos. Se desprende de esto que Diógenes Laercio nos dice todo lo que sabemos sobre muchos grandes hombres y que debemos estarle agradecido por ello.
Un amigo de Severo fue Dión Casio (Dion Cassius Cocceianus), historiador de cierto renombre. Nació en Asia Menor, donde su padre fue gobernador bajo Marco Aurelio. Dión Casio llegó a Roma en 180 y fue senador en el reinado de Cómodo; sobrevivió a los peligros de ese reinado y desempeñó altos cargos bajo Severo y sus sucesores. Dión Casio escribió una historia de Roma, de la cual nos han llegado los libros que tratan del último medio siglo de la República y el primer medio siglo del Imperio. Es gracias al accidente de esta supervivencia por lo que sabemos tanto de los tiempos de César y Augusto.
Los últimos años de Severo fueron perturbados por conflictos en Britania. Recordando el poder del gobernador de Britania, Albino, que había estado a punto de conquistar el Imperio, Severo dividió Britania en dos provincias. Así debilitó el poder de los generales allí apostados e hizo menos probable que se rebelasen. Pero también los hizo menos capaces de resistir a los pictos del Norte, sobre todo porque Albino, en su lucha por el trono, había retirado de Britania gran cantidad de buenos soldados que hallaron la muerte en Lugdunum.
En 208, Severo se vio obligado a viajar él mismo a Britania y a emprender vigorosas operaciones contra los duros montañeses del salvaje Norte. Pero el precio fue demasiado elevado. Las operaciones de guerrillas desgastaron a las legiones y sólo con dificultad se las podía abastecer y reforzar desde el cuerpo principal del Imperio. Finalmente, Severo tuvo que contentarse con algunos gestos nominales de sumisión de los nativos. Esto disimulaba el resultado real, que fue una retirada romana. Severo decidió que la improvisada Muralla de Antonino, erigida medio siglo antes en la mitad de Escocia, era demasiado difícil de defender y se retiró definitivamente detrás de la Muralla de Adriano, más práctica y que reforzó. Pero Severo no iba a dejar nunca Britania. Estaba en sus sesenta y tantos años y durante mucho tiempo había sufrido horriblemente de gota. En 211 (964 A. U. C.) murió de esta enfermedad en Eboracum (la moderna York).
Septimio Severo
Antes de ese momento, dos dinastías importantes habían llegado a su fin, una con Nerón y otra con Domiciano. La primera vez, el Senado, cogido de improviso, tuvo que hacer frente a una breve guerra civil, con un final, afortunadamente, feliz. La segunda vez el Senado estaba preparado y las cosas salieron bien desde el principio.
El Senado trató ahora de seguir exactamente el segundo precedente. A Domiciano le siguió el anciano y respetado Nerva, y ahora dispusieron que Cómodo fuese seguido por el anciano y respetado Pertinax (Publius Helvius Pertinax).
Pertinax había nacido en un hogar humilde en 126, durante el reinado de Adriano. Ascendió laboriosamente en el servicio público hasta ser, en la época de la muerte de Cómodo, lo que hoy llamaríamos el alcalde de la ciudad de Roma.
Como Nerva, Pertinax se sintió demasiado viejo para asumir la pesada tarea de un emperador y se resistió. Pero la guardia pretoriana, que había sido convencida de que aceptase a Pertinax por su jefe (uno de los conspiradores contra Cómodo), insistió. Pertinax aceptó muy a su pesar.
Cuando Pertinax trató de restablecer la economía gubernamental después de los excesos de Cómodo, la guardia pretoriana rápidamente cambió de opinión. Precisamente fue esto lo que Galba trató de hacer después de Nerón, y el resultado ahora fue el mismo. La guardia pretoriana se rebeló, y cuando Pertinax se presentó ante ellos para calmarlos, lo mataron. Había reinado tres meses.
Luego siguieron sucesos que demostraron cuán bajo había caído Roma, hasta qué punto ejercían los soldados un gobierno total y cuán poco éstos (y, al parecer, nadie) se preocupaban por el bien abstracto del Imperio.
La guardia pretoriana puso el Imperio en subasta. Hoscamente conscientes de que Pertinax había tratado de reducir su paga, decidieron impedir que el próximo emperador hiciera lo mismo. Ofrecieron proclamar emperador a quienquiera que les pagase la suma más elevada.
Al oír esto, un rico senador, Marco Didio Juliano, decidió participar en la puja (quizá sólo como broma, al principio). Ganó al ofrecer el equivalente, en dinero moderno, de 1.250 dólares por hombre, e inmediatamente fue proclamado emperador.
Antes y después, se compraron y vendieron cargos, pero nunca un cargo tan alto y nunca tan abiertamente.
Pero Didio Juliano sólo compró su propia muerte, y a un precio muy caro. Después del asesinato de Nerón, las legiones convergieron sobre Roma, mientras cada general reclamaba el trono, y lo mismo sucedió ahora. Las legiones de Britania, de Siria y del Danubio se disputaron el premio.
El general del Danubio fue el más rápido. Se trataba de Lucio Septimio Severo. Como Trajano, era un provinciano: había nacido en África en 146. Quizá ni siquiera fuera de ascendencia italiana, pues aprendió latín relativamente tarde en su vida y siempre lo habló con acento africano.
Marchó hacia Roma apresuradamente y tan pronto como entró en Italia, en junio de 193, la guardia pretoriana se declaró de su parte (después de todo, tenía a su mando unas rudas legiones). El Senado se apresuró a hacer lo mismo, y el pobre tonto de Juliano fue ejecutado después de un reinado de dos meses. Mientras lo arrastraban al cadalso, gritaba: «Pero, ¿a quién he hecho daño?, ¿a quién he hecho daño?». A nadie, por supuesto, pero cuando alguien aspira a premios elevados debe estar dispuesto a correr grandes riesgos.
Severo, como emperador, tuvo que ajustar cuentas con los generales rivales. Una vez que se ha ofrecido la corona a un general y éste la ha aceptado, no hay modo de retroceder. Un candidato triunfante no puede permitir que otro derrotado permanezca vivo, pues una vez que el ansia de ser emperador se ha apoderado de un hombre, nunca se puede volver a confiar en él. Más aún, el candidato derrotado, sabiendo que nunca más se confiará en él, debe seguir luchando. Como resultado de esto, después del ascenso de Severo al trono, se produjo la primera guerra civil romana en doscientos años.
La guerra civil posterior a la muerte de Nerón sólo duró un año y la lucha no tuvo mucha importancia. Pero la guerra civil que siguió a la muerte de Cómodo duró cuatro años y en ella hubo grandes batallas. La Pax Romana fue seriamente quebrantada.
Severo marchó, primero, al Este, para combatir con Níger (Gaius Pescennius Niger Justus), jefe de las legiones de Siria. Níger era un viejo conocido de Severo y antaño ambos habían desempeñado juntos el consulado. Pero Níger era ahora el más popular de los generales rivales, y su posición en el Este le permitía ocupar Egipto y apoderarse del granero romano. Severo tenía que impedirlo, y una vieja amistad no lo haría desistir.
La popularidad de Níger fue su perdición, pues las provincias orientales se declararon a su favor y no se sintió urgido a hacer nada. Permaneció en Siria en una falsa seguridad y dejó que el enérgico Severo fuese hacia él. Severo lo hizo y ganó varias batallas en Asia Menor. Níger fue capturado en 194, mientras trataba de huir a Partia, y fue ejecutado en el acto.
Quedaba el jefe de las legiones de Britania, Albino (Decimus Clodius Septimus Albinus). Extrañamente, en latín Níger significa «negro», y Albinus significa «blanco», de modo que Severo tuvo que hacer frente al Negro y al Blanco.
En un comienzo, Severo, se aseguró la neutralidad de Albino declarándolo su heredero. Esto le dio tiempo para acabar con Níger. Albino, que esperaba un empate entre sus dos enemigos, pensó ahora que sólo era cuestión de tiempo para que Severo se volviese contra él. Decidió atacar primero, haciéndose proclamar emperador y marchando a la Galia en 197.
El enérgico Severo se abalanzó hacia el Norte para ir a su encuentro, y en Lugdunum (la moderna Lyon), la mayor ciudad de la Galia por entonces, los ejércitos se enfrentaron en la mayor batalla entre romanos que se habían librado desde la de Filipos, siglo y medio antes. Las fuerzas de Severo obtuvieron una victoria total, y Lugdunum fue saqueada tan ferozmente que nunca recuperó su prosperidad en los tiempos antiguos. A este precio, en 197 (950 A.U.C.), Severo fue finalmente el amo indiscutido del Imperio.
Los dominios romanos ahora se aquietaron bajo Severo, como antaño se habían aquietado bajo Vespasiano un siglo y cuarto antes. Pero esta vez Roma era más débil. Había sufrido la devastación de la peste y su población seguía declinando. También había sufrido los golpes, físicos y psicológicos, de una grave guerra civil.
Por ello, Severo no pudo restaurar el principado según el modelo de Augusto, como había tratado de hacer Vespasiano. Tal vez Severo tampoco lo deseaba. En cambio, se adaptó a la realidad aceptando el hecho de que sólo como amo del ejército un emperador podía ser amo de Roma. Ni el Senado ni el pueblo plantearon problemas sobre el gobierno.
Así, Severo empezó a mimar al ejército. Aumentó su paga y extendió los privilegios militares, permitiendo a los soldados casarse, por ejemplo, mientras prestaban servicio, y frecuentemente elevándolos al rango de la clase media al retirarse. Centralizó el ejército bajo su único mando, eliminando a los senadores hasta del control nominal de legiones particulares. Aumentó las dimensiones del ejército hasta llegar a constituir treinta y tres legiones, frente a las veinticinco que había en el momento de la muerte de Augusto. También se aumentaron las tropas auxiliares, y por el 200 el número total de hombres que tenían las fuerzas romanas quizá superó los 400.000.
Además, Severo desarmó y disolvió la guardia pretoriana que había puesto en venta el Imperio y la reemplazó por una de sus propias legiones danubianas. En lo sucesivo, la guardia pretoriana fue reclutada entre las legiones y ya no estuvo constituida particularmente por italianos. Al estacionar una legión en la misma Italia, Severo invirtió la política de Augusto de dos siglos antes y redujo a Italia al rango de las otras provincias. Desde entonces, en efecto, no hubo ninguna diferencia real entre Italia y las provincias. Todas las partes del Imperio estaban sometidas al ejército y su jefe.
Bajo Severo, continuó la centralización del Imperio. Subdividió algunas provincias en unidades menores para que los gobernadores fuesen menos poderosos y hubiese una jerarquía más compleja de funcionarios cuya cúspide era él mismo.
Pero en conjunto el vigor de Severo benefició al Imperio, que podía soportar mejor, por entonces, un despotismo militar que las extravagancias o la anarquía. De hecho, en tiempos de Severo, los límites romanos se mantuvieron, pese a que las legiones estaban ocupadas en luchar unas contra otras mientras las fronteras exteriores quedaban sin protección. Afortunadamente, la gran rival de Roma, Partia, proseguía sus propias guerras civiles y su potencia declinaba con mucho mayor rapidez que la de Roma, hasta el punto de que Severo pudo hacer frente a Partia desde una ventajosa posición.
Así, cuando Partia adoptó una actitud que parecía calculada para sacar ventaja de los problemas de Roma, Severo respondió con rapidez. Una guerra exterior era justamente lo que se necesitaba para unir el Imperio a su alrededor. Por ello, en 197, apenas obtenida su victoria sobre Albino, marchó al Este nuevamente y derrotó a Partia brillantemente. Cuando volvió a Roma, en 202, celebró un triunfo y erigió un arco (que aún está en pie) para conmemorar sus victorias.
En el período de paz que siguió, Severo reorganizó los procedimientos legales y las finanzas. Un estrecho colaborador de Septimio Severo fue el respetado jurista Papiniano (Aemilius Papinianus). Este emprendió una reorganización completa del derecho romano y, en verdad, los comentarios que escribió constituyeron la base de tal derecho durante los tres siglos siguientes. Pero la reorganización financiera no atenuó las debilidades subyacentes del Imperio, pues Severo se vio obligado a disminuir el contenido de plata de las monedas, signo seguro de una permanente enfermedad económica.
La esposa de Severo, la emperatriz Julia Domna, se interesaba por la filosofía y dio al reinado un tinte intelectual que era totalmente extraño al rudo y marcial Emperador. Ella se rodeó, por ejemplo, de pensadores como Galeno, el médico, quien a la sazón estaba en sus últimos años (murió alrededor del 200).
Otra figura de su círculo era Diógenes, comúnmente llamado Diógenes Laercio porque nació en la ciudad de Laerte, en Asia Menor. Su derecho a la fama se basa en que escribió breves biografías de varios filósofos antiguos de renombre. Su libro estaba destinado al consumo popular y consiste en gran medida en el relato de incidentes anecdóticos de la vida de los filósofos y algunas citas sorprendentes de sus obras. Indudablemente, era estupendo para caballeros ociosos que deseaban poder chismorrear sobre los filósofos y la filosofía sin tener que pasar por el arduo esfuerzo de leer realmente sus obras. No hay duda de que el libro fue considerado como carente de valor por los verdaderos sabios de la época.
Sin embargo, la misma popularidad del resumen de Diógenes Laercio causó que se hicieran muchas copias de él y que sobreviviera hasta los tiempos modernos, mientras que no nos han llegado las obras mucho más valiosas pero mucho menos populares de gran número de los filósofos mismos. Se desprende de esto que Diógenes Laercio nos dice todo lo que sabemos sobre muchos grandes hombres y que debemos estarle agradecido por ello.
Un amigo de Severo fue Dión Casio (Dion Cassius Cocceianus), historiador de cierto renombre. Nació en Asia Menor, donde su padre fue gobernador bajo Marco Aurelio. Dión Casio llegó a Roma en 180 y fue senador en el reinado de Cómodo; sobrevivió a los peligros de ese reinado y desempeñó altos cargos bajo Severo y sus sucesores. Dión Casio escribió una historia de Roma, de la cual nos han llegado los libros que tratan del último medio siglo de la República y el primer medio siglo del Imperio. Es gracias al accidente de esta supervivencia por lo que sabemos tanto de los tiempos de César y Augusto.
Los últimos años de Severo fueron perturbados por conflictos en Britania. Recordando el poder del gobernador de Britania, Albino, que había estado a punto de conquistar el Imperio, Severo dividió Britania en dos provincias. Así debilitó el poder de los generales allí apostados e hizo menos probable que se rebelasen. Pero también los hizo menos capaces de resistir a los pictos del Norte, sobre todo porque Albino, en su lucha por el trono, había retirado de Britania gran cantidad de buenos soldados que hallaron la muerte en Lugdunum.
En 208, Severo se vio obligado a viajar él mismo a Britania y a emprender vigorosas operaciones contra los duros montañeses del salvaje Norte. Pero el precio fue demasiado elevado. Las operaciones de guerrillas desgastaron a las legiones y sólo con dificultad se las podía abastecer y reforzar desde el cuerpo principal del Imperio. Finalmente, Severo tuvo que contentarse con algunos gestos nominales de sumisión de los nativos. Esto disimulaba el resultado real, que fue una retirada romana. Severo decidió que la improvisada Muralla de Antonino, erigida medio siglo antes en la mitad de Escocia, era demasiado difícil de defender y se retiró definitivamente detrás de la Muralla de Adriano, más práctica y que reforzó. Pero Severo no iba a dejar nunca Britania. Estaba en sus sesenta y tantos años y durante mucho tiempo había sufrido horriblemente de gota. En 211 (964 A. U. C.) murió de esta enfermedad en Eboracum (la moderna York).
viernes, noviembre 4
Sobre los cascos militares.
Los restos de cascos militares encontrados y datados en la época romana, finales de la república e imperio romano, son los siguientes:
cascos romanos

Los cascos del tipo ATico, no hay pruebas arqueol´pgocas de su existencia. Las únicas referencias son las que aprecen en los frisos romanos o en esculturas de la época:
atico

en este caso, es el de el friso pretoriano...
atico

la mayoría de los investigadores, no se han atrevido a poner casco a un pretor o consul, y en todas las ilustraciones aparecen sin casco...
cascos romanos

Los cascos del tipo ATico, no hay pruebas arqueol´pgocas de su existencia. Las únicas referencias son las que aprecen en los frisos romanos o en esculturas de la época:
atico

en este caso, es el de el friso pretoriano...
atico

la mayoría de los investigadores, no se han atrevido a poner casco a un pretor o consul, y en todas las ilustraciones aparecen sin casco...
parte 24. Cómodo
Cómodo
Pero no todo habría ido tan mal como fue sí Marco Aurelio hubiese seguido el precedente sentado por los cuatro emperadores anteriores y hubiese adoptado algún sucesor digno, probado tanto en el servicio civil como en el militar. Pero no lo hizo, y este mal servicio al Imperio anuló todo el bien que había hecho él y sus predecesores.
Marco Aurelio tenía, por desgracia, un hijo, y lo convirtió en su sucesor. En 177, hizo de él (que por entonces era un muchacho de dieciséis años) su co-emperador.
El peligro es que un hijo nacido en el trono casi con seguridad se echa a perder. Recibe demasiados halagos y demasiado poder, y confunde el accidente del nacimiento con las realizaciones de valor. Había sucedido con Calígula y Nerón, y ahora iba a ocurrir nuevamente.
El hijo de Marco Aurelio era Cómodo (Marcus Lucius Aelius Aurelius Commodus Antoninus), quien tenía diecinueve años cuando se convirtió en emperador.
Cómodo no era un guerrero. Hizo una rápida paz con los marcomanos y se dedicó a una vida de placer. Dejó las cargas del gobierno a sus funcionarios. Esto es peligroso, en cierto modo. La gente no es propensa a acusar al emperador mismo por los infortunios, pues se le enseña a reverenciar al emperador (o al rey o al presidente). Pero es fácil acusar a los «malvados favoritos» (o funcionarios o burócratas). Cómodo no tuvo el valor de defender a sus funcionarios, sino que los sacrificó a la multitud siempre que le pareció la salida más fácil.
Como la mayoría de los gobernantes débiles, temía ser asesinado, y pensaba que quienes más probablemente conspirarían contra él eran los senadores. Esto supuso el fin del largo período en el que los senadores actuaron en cooperación con los emperadores. Nuevamente se impuso un reinado del terror, en el que el informe sobre una palabra descuidada o la repentina sospecha irracional bastaban para dar lugar al exilio o la ejecución.
Por supuesto, el Senado no era ahora lo que había sido antaño, ni siquiera en la época de Augusto, para no hablar de los grandes días de la República. Ya no representaba a la antigua aristocracia romana. Gran parte de ella había sido barrida en las guerras civiles que precedieron al establecimiento del Imperio. Los miembros restantes de ella fueron muertos por Calígula, Nerón y Domiciano. Bajo los Antoninos, el Senado fue constituido por una nueva clase de funcionarios, y su prestigio decayó aún más a causa de ello.
Como Nerón, Cómodo parece haber sido monstruosamente vanidoso y llevado esta vanidad a extremos todavía más vergonzosos. Nerón al menos gozaba con fiestas del intelecto, con su poesía, su actuación escénica y su canto. Cómodo, al parecer, tenía el alma de un gladiador en el cuerpo de un emperador. Su placer era matar animales en el anfiteatro (desde una posición segura) y se cree que hasta intervino en combates de gladiadores. Si bien los romanos gozaban del brutal espectáculo que ofrecían hombres armados luchando hasta la muerte, pensaban que los combatientes ocupaban una posición social degradada. Por ello, que un emperador desempeñase el papel de un gladiador era vergonzoso.
Una vez más, la extravagancia imperial estaba vaciando el tesoro y una seria crisis económica asolaba el Imperio.
El fin de este nuevo Nerón fue precisamente el mismo que el del antiguo. Los más cercanos a él eran quienes más temían sus impulsos arbitrarios y ansiaban asegurar su propia vida eliminándolo. En 192 (945 A. U. C.), su amante, Marcia, y algunos funcionarios de la corte conspiraron contra él y lo hicieron estrangular por un luchador profesional; así, en cierto modo, murió como un gladiador. Como Nerón, tenía treinta y un años en el momento de su muerte.
Cómodo fue el último del linaje (por adopción y descendencia) de Nerva. Este linaje duró casi exactamente un siglo y dio siete emperadores a la historia romana, si contamos al co-emperador Lucio Vero.
Pero no todo habría ido tan mal como fue sí Marco Aurelio hubiese seguido el precedente sentado por los cuatro emperadores anteriores y hubiese adoptado algún sucesor digno, probado tanto en el servicio civil como en el militar. Pero no lo hizo, y este mal servicio al Imperio anuló todo el bien que había hecho él y sus predecesores.
Marco Aurelio tenía, por desgracia, un hijo, y lo convirtió en su sucesor. En 177, hizo de él (que por entonces era un muchacho de dieciséis años) su co-emperador.
El peligro es que un hijo nacido en el trono casi con seguridad se echa a perder. Recibe demasiados halagos y demasiado poder, y confunde el accidente del nacimiento con las realizaciones de valor. Había sucedido con Calígula y Nerón, y ahora iba a ocurrir nuevamente.
El hijo de Marco Aurelio era Cómodo (Marcus Lucius Aelius Aurelius Commodus Antoninus), quien tenía diecinueve años cuando se convirtió en emperador.
Cómodo no era un guerrero. Hizo una rápida paz con los marcomanos y se dedicó a una vida de placer. Dejó las cargas del gobierno a sus funcionarios. Esto es peligroso, en cierto modo. La gente no es propensa a acusar al emperador mismo por los infortunios, pues se le enseña a reverenciar al emperador (o al rey o al presidente). Pero es fácil acusar a los «malvados favoritos» (o funcionarios o burócratas). Cómodo no tuvo el valor de defender a sus funcionarios, sino que los sacrificó a la multitud siempre que le pareció la salida más fácil.
Como la mayoría de los gobernantes débiles, temía ser asesinado, y pensaba que quienes más probablemente conspirarían contra él eran los senadores. Esto supuso el fin del largo período en el que los senadores actuaron en cooperación con los emperadores. Nuevamente se impuso un reinado del terror, en el que el informe sobre una palabra descuidada o la repentina sospecha irracional bastaban para dar lugar al exilio o la ejecución.
Por supuesto, el Senado no era ahora lo que había sido antaño, ni siquiera en la época de Augusto, para no hablar de los grandes días de la República. Ya no representaba a la antigua aristocracia romana. Gran parte de ella había sido barrida en las guerras civiles que precedieron al establecimiento del Imperio. Los miembros restantes de ella fueron muertos por Calígula, Nerón y Domiciano. Bajo los Antoninos, el Senado fue constituido por una nueva clase de funcionarios, y su prestigio decayó aún más a causa de ello.
Como Nerón, Cómodo parece haber sido monstruosamente vanidoso y llevado esta vanidad a extremos todavía más vergonzosos. Nerón al menos gozaba con fiestas del intelecto, con su poesía, su actuación escénica y su canto. Cómodo, al parecer, tenía el alma de un gladiador en el cuerpo de un emperador. Su placer era matar animales en el anfiteatro (desde una posición segura) y se cree que hasta intervino en combates de gladiadores. Si bien los romanos gozaban del brutal espectáculo que ofrecían hombres armados luchando hasta la muerte, pensaban que los combatientes ocupaban una posición social degradada. Por ello, que un emperador desempeñase el papel de un gladiador era vergonzoso.
Una vez más, la extravagancia imperial estaba vaciando el tesoro y una seria crisis económica asolaba el Imperio.
El fin de este nuevo Nerón fue precisamente el mismo que el del antiguo. Los más cercanos a él eran quienes más temían sus impulsos arbitrarios y ansiaban asegurar su propia vida eliminándolo. En 192 (945 A. U. C.), su amante, Marcia, y algunos funcionarios de la corte conspiraron contra él y lo hicieron estrangular por un luchador profesional; así, en cierto modo, murió como un gladiador. Como Nerón, tenía treinta y un años en el momento de su muerte.
Cómodo fue el último del linaje (por adopción y descendencia) de Nerva. Este linaje duró casi exactamente un siglo y dio siete emperadores a la historia romana, si contamos al co-emperador Lucio Vero.
jueves, noviembre 3
parte 23. la época de los antoninos
La época de los Antoninos
Desde el ascenso de Nerva, en 96, hasta la muerte de Marco Aurelio, en 180, el Imperio pasó por ochenta y cuatro años que fueron principalmente pacíficos y se señalaron por gobiernos austeros y responsables. Hubo guerras exteriores, con los partos, los dacios y los britanos pero se desarrollaron lejos, principalmente en territorio enemigo y no dejaron huellas dolorosas serias en las provincias romanas. Hubo también rebeliones, particularmente la de los judíos bajo Adriano, y algún ocasional levantamiento de un general, como en el caso del capaz jefe de las legiones sirias, quien, en 175, fue engañado por un falso informe de la muerte de Marco Aurelio por los marcómanos. Pero todas estas rebeliones lograron ser aplastadas, y sólo fueron alfilerazos dentro de la paz general.
De hecho, el historiador del siglo XVIII Edward Gibbon, en una famosa afirmación, dijo que en toda la historia de la raza humana nunca existió un período tan largo en el que tantas personas fuesen tan felices como en el Imperio Romano bajo los Antoninos.
En cierto modo, tenía razón. Si pensamos sólo en la región mediterránea, sin duda ésta estuvo mejor bajo los Antoninos que durante los siglos en los que se libraron guerras continuas, región contra región. También estuvo mejor que en los siglos siguientes, cuando se halló dividida en gobiernos en discordia. Hasta podríamos decir que estuvo mejor que ahora, cuando (junto con el resto del mundo) vive bajo la amenaza de la bomba atómica.
Sin embargo, aunque la época de los Antoninos fue un período de paz y calma, era la paz y la calma del agotamiento. El mundo mediterráneo se había desgastado en las grandes guerras de los griegos y los romanos y cuando luego el Imperio —aparentemente tan grande y fuerte— se vio obligado a soportar el impacto de los desastres luchó virilmente y con esfuerzos casi sobrehumanos, pero estaba demasiado agotado para triunfar.
La peste de 166 quizá fue el último golpe, que acabó con la vitalidad que le restaba a la población.
El intento de los emperadores de hacer de la ciudad de Roma un grandioso espectáculo debilitó aún más la economía. Cientos de miles de ciudadanos romanos recibían alimento gratuito en el tiempo de los Antonios, un día de cada tres era una fiesta que se celebraba con espectáculos, carreras de carros, combates de gladiadores y extravagantes juegos con animales. Todo esto era tremendamente costoso y la breve diversión que brindaba no compensaba el precio a largo plazo pagado con el debilitamiento de la economía. (Presumiblemente, muchos de los romanos de las generaciones que gozaron del beneficio de la diversión se preocupaban poco de lo que ello significaría para sus descendientes, si es que se preocupaban algo. Nuestra propia generación, que contamina y destruye sin cesar los recursos del mundo es igualmente criminal en su indiferencia, y no tenemos ningún derecho a despreciar a los romanos.)
La fatiga de la época de los Antoninos se refleja en la lenta decadencia de la literatura. Casi la única figura literaria de importancia en el período antonino tardío fue Lucio Apuleyo, nacido en Numidia por el 124. Estudió en Atenas y vivió en Roma durante un tiempo, pero pasó la mayor parte de su vida en Cartago.
Es más conocido por un libro llamado comúnmente El asno de oro, una fantasía sobre un hombre que se convierte en asno y sobre las aventuras que experimenta en su forma animal. En él figura el cuento de «Cupido y Psique», ciertamente uno de los más atractivos de los cuentos relatados a la manera de los antiguos mitos.
También la ciencia estaba decayendo. Sólo dos nombres merecen ser mencionados en relación con la época de los Antoninos. Uno de ellos era un astrónomo griego (o quizás egipcio), que vivió en Egipto durante los reinados de Adriano y Antonino, Claudius Ptolemaeus, más conocido en español sencillamente como Tolomeo. Comprendió la obra de los astrónomos griegos en un libro enciclopédico que sobrevivió en la Edad Media, cuando habían desaparecido las obras de los astrónomos anteriores en los cuales se basó. Fue el libro de consulta por excelencia de la astronomía durante quince siglos. Puesto que el cuadro del Universo que esbozaba Tolomeo colocaba a la Tierra en el centro, este modelo es llamado frecuentemente el «sistema tolemaico».
Un poco más joven que Tolomeo era Galeno, médico griego nacido en Asia Menor alrededor de 130. En 164 se estableció en Roma y fue, por un tiempo, médico de la corte de Marco Aurelio. Escribió voluminosos libros de medicina, y sus obras también sobrevivieron a través de la Edad Media, conservando toda su autoridad y su fuerza hasta tiempos modernos.
Las cargas del Imperio iban en aumento, mientras disminuía el número de hombros dispuestos a soportarlas. Con el tiempo, esas cargas iban a aplastar al Imperio.
Pero la fatiga también es relativa, y no todas las empresas se vieron afectadas por ella. En una época en que la importancia del otro mundo estaba creciendo en el espíritu de los hombres, las discusiones sobre la naturaleza de este mundo y su relación con el hombre se hicieron más intensas. En verdad, puede argüirse que una de las razones de la decadencia de la ciencia, el arte y la literatura fue el creciente interés de los mejores espíritus por un nuevo tipo de empresa intelectual: la teología.
No sólo disputaban sobre el dogma judíos y cristianos; no sólo trataban unos y otros de defender sus creencias contra los paganos, sino que entre los mismos cristianos surgieron diversas creencias rivales. (Cuando predominaba una particular variedad de creencia, se convertía en «ortodoxia» —que significa «pensamiento recto» en griego—, mientras que las otras eran «herejías», de una palabra griega que significar «elegir por uno mismo»).
En los dos primeros siglos de la era cristiana, por ejemplo, hubo una serie de grupos de cristianos confesos que adoptaron un sistema de pensamiento habitualmente rotulado con el nombre de «gnosticismo»; fue una de las más importantes de las primeras herejías. «Gnosticismo» proviene de una palabra griega que significa «conocimiento», pues los gnósticos sostenían que la salvación sólo podía alcanzarse mediante el conocimiento del sistema verdadero del mundo, conocimiento que se obtenía por revelación y por experiencia.
En realidad, el gnosticismo existía ya antes del cristianismo y contenía muchos elementos de la religión persa, particularmente en la creencia en un principio del bien y otro del mal, y en la continua guerra entre ambos. Con el advenimiento del cristianismo, muchos gnósticos absorbieron rápidamente algunos aspectos del cristianismo.
Algunos gnósticos cristianos pensaban que Dios era el principio del bien, pero consideraban a este Dios tan remoto que estaba más allá de la comprensión del hombre. Era el principio del mal el que realmente creó el mundo, y ese principio es el Jehová del Antiguo Testamento. Según esta línea de pensamiento Jesús, el hijo del Dios lejano, vino a la Tierra para rescatarla de Jehová. Como es natural, los gnósticos eran vigorosamente antisemitas.
Por otro lado, aquellos a quienes ahora consideramos como los cristianos ortodoxos aceptaban la autoridad divina del Antiguo Testamento y creían que Jehová es Dios. Se horrorizaban ante un sistema de pensamiento que hacía de Jehová el Diablo. Esta fue la primera (pero en modo alguno la última) de las luchas teológicas que enfrentaron a cristianos contra cristianos más fieramente aún de lo que los cristianos se enfrentaban contra los no cristianos.
Algunos maestros cristianos también pretendían tener revelaciones o conocimientos especiales y predicar el arrepentimiento y la santidad, como había hecho el mismo Cristo. Así, cierto Montano, que atrajo por primera vez la atención durante el reinado de Antonino Pío, se declaró especialmente inspirado por Dios para predicar el inminente fin del mundo y el segundo advenimiento de Cristo. Era otra versión del mesianismo. Los judíos habían esperado al advenimiento del Mesías de generación en generación, y cada tanto algunos maestros judíos predicaban que el advenimiento era inminente y algunos de quienes los escuchaban les creían. Después de que Jesús fuese aceptado como el Mesías por algunos judíos y por una cantidad creciente de no judíos, comenzaron nuevos períodos de espera del segundo advenimiento de Jesús, de generación en generación. Nuevamente, no faltó en cada generación alguno que predicase la inminencia del segundo advenimiento ni otros que lo creyesen. (La secta de los «Testigos de Jehová» es la representante contemporánea de quienes creen en la inminencia del segundo advenimiento.)
Montano creó la secta de los «montanistas», los cuales creían que, puesto que Jesús estaba a punto de volver, los hombres debían prepararse para ello, dejando de lado las cosas mundanas, evitando el pecado y viviendo en una rígida virtud. Montano predicó lo que hoy llamaríamos un modo de vida «puritano».
Así ocurrió que un número creciente de hombres dedicó sus energías a discutir sobre la naturaleza del otro mundo, y no el desarrollo de éste, y despreció cada vez más este mundo como algo que, en el mejor de los casos, no tenía valor, y, en el peor, era malo.
Desde el ascenso de Nerva, en 96, hasta la muerte de Marco Aurelio, en 180, el Imperio pasó por ochenta y cuatro años que fueron principalmente pacíficos y se señalaron por gobiernos austeros y responsables. Hubo guerras exteriores, con los partos, los dacios y los britanos pero se desarrollaron lejos, principalmente en territorio enemigo y no dejaron huellas dolorosas serias en las provincias romanas. Hubo también rebeliones, particularmente la de los judíos bajo Adriano, y algún ocasional levantamiento de un general, como en el caso del capaz jefe de las legiones sirias, quien, en 175, fue engañado por un falso informe de la muerte de Marco Aurelio por los marcómanos. Pero todas estas rebeliones lograron ser aplastadas, y sólo fueron alfilerazos dentro de la paz general.
De hecho, el historiador del siglo XVIII Edward Gibbon, en una famosa afirmación, dijo que en toda la historia de la raza humana nunca existió un período tan largo en el que tantas personas fuesen tan felices como en el Imperio Romano bajo los Antoninos.
En cierto modo, tenía razón. Si pensamos sólo en la región mediterránea, sin duda ésta estuvo mejor bajo los Antoninos que durante los siglos en los que se libraron guerras continuas, región contra región. También estuvo mejor que en los siglos siguientes, cuando se halló dividida en gobiernos en discordia. Hasta podríamos decir que estuvo mejor que ahora, cuando (junto con el resto del mundo) vive bajo la amenaza de la bomba atómica.
Sin embargo, aunque la época de los Antoninos fue un período de paz y calma, era la paz y la calma del agotamiento. El mundo mediterráneo se había desgastado en las grandes guerras de los griegos y los romanos y cuando luego el Imperio —aparentemente tan grande y fuerte— se vio obligado a soportar el impacto de los desastres luchó virilmente y con esfuerzos casi sobrehumanos, pero estaba demasiado agotado para triunfar.
La peste de 166 quizá fue el último golpe, que acabó con la vitalidad que le restaba a la población.
El intento de los emperadores de hacer de la ciudad de Roma un grandioso espectáculo debilitó aún más la economía. Cientos de miles de ciudadanos romanos recibían alimento gratuito en el tiempo de los Antonios, un día de cada tres era una fiesta que se celebraba con espectáculos, carreras de carros, combates de gladiadores y extravagantes juegos con animales. Todo esto era tremendamente costoso y la breve diversión que brindaba no compensaba el precio a largo plazo pagado con el debilitamiento de la economía. (Presumiblemente, muchos de los romanos de las generaciones que gozaron del beneficio de la diversión se preocupaban poco de lo que ello significaría para sus descendientes, si es que se preocupaban algo. Nuestra propia generación, que contamina y destruye sin cesar los recursos del mundo es igualmente criminal en su indiferencia, y no tenemos ningún derecho a despreciar a los romanos.)
La fatiga de la época de los Antoninos se refleja en la lenta decadencia de la literatura. Casi la única figura literaria de importancia en el período antonino tardío fue Lucio Apuleyo, nacido en Numidia por el 124. Estudió en Atenas y vivió en Roma durante un tiempo, pero pasó la mayor parte de su vida en Cartago.
Es más conocido por un libro llamado comúnmente El asno de oro, una fantasía sobre un hombre que se convierte en asno y sobre las aventuras que experimenta en su forma animal. En él figura el cuento de «Cupido y Psique», ciertamente uno de los más atractivos de los cuentos relatados a la manera de los antiguos mitos.
También la ciencia estaba decayendo. Sólo dos nombres merecen ser mencionados en relación con la época de los Antoninos. Uno de ellos era un astrónomo griego (o quizás egipcio), que vivió en Egipto durante los reinados de Adriano y Antonino, Claudius Ptolemaeus, más conocido en español sencillamente como Tolomeo. Comprendió la obra de los astrónomos griegos en un libro enciclopédico que sobrevivió en la Edad Media, cuando habían desaparecido las obras de los astrónomos anteriores en los cuales se basó. Fue el libro de consulta por excelencia de la astronomía durante quince siglos. Puesto que el cuadro del Universo que esbozaba Tolomeo colocaba a la Tierra en el centro, este modelo es llamado frecuentemente el «sistema tolemaico».
Un poco más joven que Tolomeo era Galeno, médico griego nacido en Asia Menor alrededor de 130. En 164 se estableció en Roma y fue, por un tiempo, médico de la corte de Marco Aurelio. Escribió voluminosos libros de medicina, y sus obras también sobrevivieron a través de la Edad Media, conservando toda su autoridad y su fuerza hasta tiempos modernos.
Las cargas del Imperio iban en aumento, mientras disminuía el número de hombros dispuestos a soportarlas. Con el tiempo, esas cargas iban a aplastar al Imperio.
Pero la fatiga también es relativa, y no todas las empresas se vieron afectadas por ella. En una época en que la importancia del otro mundo estaba creciendo en el espíritu de los hombres, las discusiones sobre la naturaleza de este mundo y su relación con el hombre se hicieron más intensas. En verdad, puede argüirse que una de las razones de la decadencia de la ciencia, el arte y la literatura fue el creciente interés de los mejores espíritus por un nuevo tipo de empresa intelectual: la teología.
No sólo disputaban sobre el dogma judíos y cristianos; no sólo trataban unos y otros de defender sus creencias contra los paganos, sino que entre los mismos cristianos surgieron diversas creencias rivales. (Cuando predominaba una particular variedad de creencia, se convertía en «ortodoxia» —que significa «pensamiento recto» en griego—, mientras que las otras eran «herejías», de una palabra griega que significar «elegir por uno mismo»).
En los dos primeros siglos de la era cristiana, por ejemplo, hubo una serie de grupos de cristianos confesos que adoptaron un sistema de pensamiento habitualmente rotulado con el nombre de «gnosticismo»; fue una de las más importantes de las primeras herejías. «Gnosticismo» proviene de una palabra griega que significa «conocimiento», pues los gnósticos sostenían que la salvación sólo podía alcanzarse mediante el conocimiento del sistema verdadero del mundo, conocimiento que se obtenía por revelación y por experiencia.
En realidad, el gnosticismo existía ya antes del cristianismo y contenía muchos elementos de la religión persa, particularmente en la creencia en un principio del bien y otro del mal, y en la continua guerra entre ambos. Con el advenimiento del cristianismo, muchos gnósticos absorbieron rápidamente algunos aspectos del cristianismo.
Algunos gnósticos cristianos pensaban que Dios era el principio del bien, pero consideraban a este Dios tan remoto que estaba más allá de la comprensión del hombre. Era el principio del mal el que realmente creó el mundo, y ese principio es el Jehová del Antiguo Testamento. Según esta línea de pensamiento Jesús, el hijo del Dios lejano, vino a la Tierra para rescatarla de Jehová. Como es natural, los gnósticos eran vigorosamente antisemitas.
Por otro lado, aquellos a quienes ahora consideramos como los cristianos ortodoxos aceptaban la autoridad divina del Antiguo Testamento y creían que Jehová es Dios. Se horrorizaban ante un sistema de pensamiento que hacía de Jehová el Diablo. Esta fue la primera (pero en modo alguno la última) de las luchas teológicas que enfrentaron a cristianos contra cristianos más fieramente aún de lo que los cristianos se enfrentaban contra los no cristianos.
Algunos maestros cristianos también pretendían tener revelaciones o conocimientos especiales y predicar el arrepentimiento y la santidad, como había hecho el mismo Cristo. Así, cierto Montano, que atrajo por primera vez la atención durante el reinado de Antonino Pío, se declaró especialmente inspirado por Dios para predicar el inminente fin del mundo y el segundo advenimiento de Cristo. Era otra versión del mesianismo. Los judíos habían esperado al advenimiento del Mesías de generación en generación, y cada tanto algunos maestros judíos predicaban que el advenimiento era inminente y algunos de quienes los escuchaban les creían. Después de que Jesús fuese aceptado como el Mesías por algunos judíos y por una cantidad creciente de no judíos, comenzaron nuevos períodos de espera del segundo advenimiento de Jesús, de generación en generación. Nuevamente, no faltó en cada generación alguno que predicase la inminencia del segundo advenimiento ni otros que lo creyesen. (La secta de los «Testigos de Jehová» es la representante contemporánea de quienes creen en la inminencia del segundo advenimiento.)
Montano creó la secta de los «montanistas», los cuales creían que, puesto que Jesús estaba a punto de volver, los hombres debían prepararse para ello, dejando de lado las cosas mundanas, evitando el pecado y viviendo en una rígida virtud. Montano predicó lo que hoy llamaríamos un modo de vida «puritano».
Así ocurrió que un número creciente de hombres dedicó sus energías a discutir sobre la naturaleza del otro mundo, y no el desarrollo de éste, y despreció cada vez más este mundo como algo que, en el mejor de los casos, no tenía valor, y, en el peor, era malo.
miércoles, noviembre 2
desde cartagena con amor...
Un compañero pretoriano, Abel Martínez de Cartagena, nos envía estas fotos de su Grupo, LA GUARDIA PRETORIANA de Las fiestas de Carthagineses y Romanos:
la guardia

Y a que debe estar él, cortandole el cuello a un desgraciado "Paeni"... como se ríe el condenado... JOJOJOç
la guardia

SALUDOS PARA TODOS ELLOS... Y NOS VEMOS EN ESTE BLOG
la guardia

Y a que debe estar él, cortandole el cuello a un desgraciado "Paeni"... como se ríe el condenado... JOJOJOç
la guardia

SALUDOS PARA TODOS ELLOS... Y NOS VEMOS EN ESTE BLOG
RENOVACIÓN
hemos renovado otra vez, el aspecto general de la página, eliminando los problemas que nos daba con IE, he incluyendo un nuevo Bannre para el BLOG.
El contador de visitas lo hemos adecuado hace tiempo para que no cuente los reload.
Con orgullo por llevar más de 6500 visitas y haber publicado ya 271 posts en medio año de vida.
Con mucho material para seguir compartiendo con todos los que quieran visitarnos y tratando de mejorar algunas cosas que hacen que no aparezcamos por ejemplo en el google... en fin...
Saludos y seguid visitandonos.
El contador de visitas lo hemos adecuado hace tiempo para que no cuente los reload.
Con orgullo por llevar más de 6500 visitas y haber publicado ya 271 posts en medio año de vida.
Con mucho material para seguir compartiendo con todos los que quieran visitarnos y tratando de mejorar algunas cosas que hacen que no aparezcamos por ejemplo en el google... en fin...
Saludos y seguid visitandonos.
ESTANDARTES
Tomado de los libros de peter connolly, podemos ver los tipos de estandartes utilizados por las legiones romanas.
estandartes romanos

En esta imagen podemos ver los estandartes de las guerras cantabras.
1

En general. Excesivamente recargados, y demasiado grandes. Y con símbolos no apropiados para el vexilium. (Aguilas, manos, etc...)
estandartes romanos

En esta imagen podemos ver los estandartes de las guerras cantabras.
1

En general. Excesivamente recargados, y demasiado grandes. Y con símbolos no apropiados para el vexilium. (Aguilas, manos, etc...)
Más sobre las termopilas.
Donde están las Termopilas, y si hoy fuese a visitarlas, que encontraríamos.
Esto:
1

El monumento a Leonidas.
Tomemos una foto del satelite:

Y un mapa de la zona. Podemos ver subrayado donde está Thermophylae y ATENAS.

La zona de las termopilas será la siguiente:

En este mapa, podemos ver la posición de los diferentes ejercitos y flotas.

Y en esta foto podemos observar la foto desde el satélite de la zona. La línea de costa correspondería con la actual carretera, por lo que podemos observar lo que sería el paso.

Esta foto nos muestra el aspecto actual de la zona.

Como en la mayoría de los sitios donde ha habido una batalla. La visión es un poco decepcionante.
Más sobre las termopilas
Esto:
1

El monumento a Leonidas.
Tomemos una foto del satelite:

Y un mapa de la zona. Podemos ver subrayado donde está Thermophylae y ATENAS.

La zona de las termopilas será la siguiente:

En este mapa, podemos ver la posición de los diferentes ejercitos y flotas.

Y en esta foto podemos observar la foto desde el satélite de la zona. La línea de costa correspondería con la actual carretera, por lo que podemos observar lo que sería el paso.

Esta foto nos muestra el aspecto actual de la zona.

Como en la mayoría de los sitios donde ha habido una batalla. La visión es un poco decepcionante.
Más sobre las termopilas
Como sería el legionario romano en Cantabria.
ASPECTO MAS PROBABLE DEL LEGIONARIO

Magnífica ilustración de Peter Connolly
Casco Montefortino. COta de malla. Caligae. Gladius. Escutum republicano.

Magnífica ilustración de Peter Connolly
Casco Montefortino. COta de malla. Caligae. Gladius. Escutum republicano.
parte 22.marco aurelio
Marco Aurelio
De los dos sucesores que Antonino había adoptado a requerimiento de Adriano, uno fue confirmado poco después de la muerte del viejo Emperador. Era Marco Aurelio (Marcus Aelius Aurelius Antoninus), yerno de Antonino. El otro, Lucio Aurelio Vero, había sido juzgado indigno por Antonino.
Pero Marco Aurelio, que seguía un código de conducta estricto, pensó que lo justo era aceptar a Lucio Vero como su igual en los derechos y deberes del trono. Por primera vez en la historia del Imperio, dos emperadores iban a gobernar simultáneamente, y esto sentó un precedente importante para el futuro.
Lucio Vero no estaba muy interesado en las labores del gobierno, sino sólo en los placeres, a los que se dedicó totalmente. Por ello, es recordado Marco Aurelio, que sobrellevó la carga del Imperio, mientras que Lucio Vero ha sido olvidado.
Marco Aurelio fue un gobernante modelo, que siguió el ejemplo de su padre adoptivo. Platón había dicho quinientos años antes que el mundo sólo marcharía bien cuando los príncipes fueran filósofos o los filósofos príncipes. Así ocurrió con Marco Aurelio, pues fue un gobernante vigoroso y al mismo tiempo un filósofo cuyos escritos aún hoy reciben una elevada consideración.
Marco Aurelio fue, específicamente, un estoico. El estoicismo había recibido creciente favor bajo el bondadoso gobierno de los Antoninos. Su más renombrado exponente en tiempos romanos había sido Epícteto, un griego nacido en la esclavitud alrededor del 60. Tenía mala salud y era cojo (presuntamente a causa del mal trato que recibió de un amo cruel).
Fue llevado a Roma a temprana edad y allí logró asistir a clases de filósofos estoicos, cuyas enseñanzas asimiló. Cuando finalmente fue liberado de la esclavitud, se estableció a su vez como maestro. Pero en el reinado de Domiciano, cuando los filósofos fueron expulsados de Roma, Epícteto fue uno de los que tuvieron que abandonar la ciudad. Esto ocurrió en el 89. Se retiró a Nicópolis, ciudad fundada por Augusto después de su victoria final sobre Marco Antonio cerca de Accio. En Nicópolis, Epícteto enseñó durante el resto de su vida.
El mismo Epícteto no escribió nada, pero sus enseñanzas fueron asimiladas por su más famoso discípulo, Arriano (el biógrafo de Alejandro Magno), quien las recogió en dos libros, de los que sobrevive una parte solamente de uno de ellos. La filosofía de Epícteto era bondadosa y humanitaria: «vivir y dejar vivir», «soportar y refrenarse».
De joven, Marco Aurelio se sintió atraído por las enseñanzas del estoicismo y se convirtió en el más famoso de los estoicos, puesto que era el Emperador. Marco Aurelio no creía en la felicidad, sino en la tranquilidad, creía en la sabiduría, la justicia, la resistencia y la templanza; no eludió ninguna penuria a que lo obligase el cumplimiento de su deber. A lo largo de toda su afanosa vida, llena de marchas y batallas, registró sus pensamientos en un pequeño libro que sobrevive con el nombre de «Meditaciones». Es valorado aún hoy como el testimonio de un hombre que vivió según un bondadoso y admirable modo de vida en las más duras condiciones.
Pues Marco Aurelio no iba a tener la vida pacífica que merecía. La profunda calma del reinado de Antonino parece haberse quebrado con su muerte, y en todas partes surgieron enemigos contra Roma.
En el Este, los viejos enemigos, los partos, se levantaron repentinamente y una vez más trataron de colocar a Armenia bajo un títere parto. Además, hicieron inevitable la guerra al invadir Siria. Las legiones romanas, bajo el co-emperador Lucio Vero, se lanzaron hacia el Este.
Los partos fueron derrotados y los romanos les devolvieron el golpe invadiendo y saqueando la Mesopotámia y quemando Ctesifonte, su capital. En 166, la paz fue restaurada, y tres años más tarde Lucio Vero murió dejando a Marco Aurelio como único emperador.
La guerra con Partía podía haber sido considerada como un triunfo para Roma, de no haber tenido una consecuencia totalmente inesperada...
Los enjambres humanos del Lejano Oriente, India y China, han sido desde hace muchos siglos víctimas de enfermedades como el cólera o la peste bubónica. En esas regiones, las enfermedades son endémicas; es decir, están siempre presentes en un grado moderado. Pero de tanto en tanto, el germen de una enfermedad desarrolla una nueva cepa de excepcional virulencia y, entonces, una enfermedad determinada aumenta vertiginosamente su intensidad y se expande en todas direcciones, llevada por viajeros, soldados y refugiados atemorizados... De tanto en tanto, la «peste» avanza hacia el Oeste e inunda Europa.
Una peste semejante devastó Atenas casi seis siglos antes de Marco Aurelio, al comienzo de su larga guerra con Esparta. La peste mató a Pericles y probablemente contribuyó mucho a que Atenas perdiese la guerra. Indirectamente, acabó con la gloria de Atenas y contribuyó a la decadencia de Grecia. Otra peste (la famosa «Peste Negra») barrió Europa doce siglos después de la época de Marco Aurelio y dio muerte a un tercio de la población europea.
Entre esas dos pestes, apareció otra no menos importante en tiempo de Marco Aurelio. Quizá se trató de la viruela. Los soldados que combatían en Partia se contagiaron y los estragos que causó debilitaron mucho su potencia. La llevaron con ellos a Roma y también a las provincias.
La peste diezmó ferozmente la población del Imperio, despojándolo de soldados y labradores, y debilitándolo en forma permanente. La población de la ciudad de Roma empezó a decaer, y sólo en el siglo XX volvió a alcanzar el número que había tenido bajo Augusto y Trajano.
La despoblación dio origen a otros desastres, pues Marco Aurelio trató de poblar nuevamente las tierras estimulando la inmigración de los bárbaros del Norte. Esta fue la primera oscilación del péndulo de la romanización del Norte a la germanización del Imperio.
La gente atemorizada, sintiendo la necesidad de acusar a alguien de la peste, acusó a los cristianos, y se inició un período de persecuciones. Entre los que murieron en la caza de brujas estaba Justino Mártir. Sin duda, Marco Aurelio desaprobó tal persecución en principio, pero había poco que pudiera hacer contra el poder de una muchedumbre enloquecida.
Ciertamente, Marco Aurelio creía mucho en el valor de la religión del Estado como principio unificador de los pueblos del Imperio, los cuales, por lo demás, diferían tanto en lenguaje y cultura. Los cristianos deben de haberle parecido una peligrosa fuerza destructiva. Los peligros para Roma fueron tanto mayores en su reinado, con respecto a los reinados que lo precedieron inmediatamente, que bien pudo haber pensado que no podía permitirse la tolerancia de posibles rebeldes, y de este modo disculparse ante sí mismo por una persecución que sabía equivocada en principio.
La principal amenaza externa para Roma estaba en una coalición de tribus germánicas formada bajo el liderato de los marcomanos, quienes vivían en lo que es ahora la Baviera septentrional y se unieron a otras tribus situadas al norte del Danubio. Aprovechando el enfrentamiento de Roma con Partia, atacaron la frontera norte de Roma. Durante unos quince años, Marco Aurelio se agotó en esta guerra con los marcomanos, marchando de un punto amenazado a otro, derrotando a los germanos para luego verlos levantarse nuevamente.
En conjunto, puede considerarse que Roma ganó la guerra, pero mientras que en siglos anteriores había conquistado y absorbido territorios bárbaros, ahora se contentó con rechazarlos y mantenerse intacta. Si continuaba esa situación, en el siglo siguiente se iban a contemplar desastres, como efectivamente ocurrió.
Marco Aurelio murió en 180 (933 A. U. C.), después de un reinado de diecinueve años, mientras estaba en campaña, combatiendo aún con los germanos. El lugar de su muerte estaba cerca de la moderna Viena.
De los dos sucesores que Antonino había adoptado a requerimiento de Adriano, uno fue confirmado poco después de la muerte del viejo Emperador. Era Marco Aurelio (Marcus Aelius Aurelius Antoninus), yerno de Antonino. El otro, Lucio Aurelio Vero, había sido juzgado indigno por Antonino.
Pero Marco Aurelio, que seguía un código de conducta estricto, pensó que lo justo era aceptar a Lucio Vero como su igual en los derechos y deberes del trono. Por primera vez en la historia del Imperio, dos emperadores iban a gobernar simultáneamente, y esto sentó un precedente importante para el futuro.
Lucio Vero no estaba muy interesado en las labores del gobierno, sino sólo en los placeres, a los que se dedicó totalmente. Por ello, es recordado Marco Aurelio, que sobrellevó la carga del Imperio, mientras que Lucio Vero ha sido olvidado.
Marco Aurelio fue un gobernante modelo, que siguió el ejemplo de su padre adoptivo. Platón había dicho quinientos años antes que el mundo sólo marcharía bien cuando los príncipes fueran filósofos o los filósofos príncipes. Así ocurrió con Marco Aurelio, pues fue un gobernante vigoroso y al mismo tiempo un filósofo cuyos escritos aún hoy reciben una elevada consideración.
Marco Aurelio fue, específicamente, un estoico. El estoicismo había recibido creciente favor bajo el bondadoso gobierno de los Antoninos. Su más renombrado exponente en tiempos romanos había sido Epícteto, un griego nacido en la esclavitud alrededor del 60. Tenía mala salud y era cojo (presuntamente a causa del mal trato que recibió de un amo cruel).
Fue llevado a Roma a temprana edad y allí logró asistir a clases de filósofos estoicos, cuyas enseñanzas asimiló. Cuando finalmente fue liberado de la esclavitud, se estableció a su vez como maestro. Pero en el reinado de Domiciano, cuando los filósofos fueron expulsados de Roma, Epícteto fue uno de los que tuvieron que abandonar la ciudad. Esto ocurrió en el 89. Se retiró a Nicópolis, ciudad fundada por Augusto después de su victoria final sobre Marco Antonio cerca de Accio. En Nicópolis, Epícteto enseñó durante el resto de su vida.
El mismo Epícteto no escribió nada, pero sus enseñanzas fueron asimiladas por su más famoso discípulo, Arriano (el biógrafo de Alejandro Magno), quien las recogió en dos libros, de los que sobrevive una parte solamente de uno de ellos. La filosofía de Epícteto era bondadosa y humanitaria: «vivir y dejar vivir», «soportar y refrenarse».
De joven, Marco Aurelio se sintió atraído por las enseñanzas del estoicismo y se convirtió en el más famoso de los estoicos, puesto que era el Emperador. Marco Aurelio no creía en la felicidad, sino en la tranquilidad, creía en la sabiduría, la justicia, la resistencia y la templanza; no eludió ninguna penuria a que lo obligase el cumplimiento de su deber. A lo largo de toda su afanosa vida, llena de marchas y batallas, registró sus pensamientos en un pequeño libro que sobrevive con el nombre de «Meditaciones». Es valorado aún hoy como el testimonio de un hombre que vivió según un bondadoso y admirable modo de vida en las más duras condiciones.
Pues Marco Aurelio no iba a tener la vida pacífica que merecía. La profunda calma del reinado de Antonino parece haberse quebrado con su muerte, y en todas partes surgieron enemigos contra Roma.
En el Este, los viejos enemigos, los partos, se levantaron repentinamente y una vez más trataron de colocar a Armenia bajo un títere parto. Además, hicieron inevitable la guerra al invadir Siria. Las legiones romanas, bajo el co-emperador Lucio Vero, se lanzaron hacia el Este.
Los partos fueron derrotados y los romanos les devolvieron el golpe invadiendo y saqueando la Mesopotámia y quemando Ctesifonte, su capital. En 166, la paz fue restaurada, y tres años más tarde Lucio Vero murió dejando a Marco Aurelio como único emperador.
La guerra con Partía podía haber sido considerada como un triunfo para Roma, de no haber tenido una consecuencia totalmente inesperada...
Los enjambres humanos del Lejano Oriente, India y China, han sido desde hace muchos siglos víctimas de enfermedades como el cólera o la peste bubónica. En esas regiones, las enfermedades son endémicas; es decir, están siempre presentes en un grado moderado. Pero de tanto en tanto, el germen de una enfermedad desarrolla una nueva cepa de excepcional virulencia y, entonces, una enfermedad determinada aumenta vertiginosamente su intensidad y se expande en todas direcciones, llevada por viajeros, soldados y refugiados atemorizados... De tanto en tanto, la «peste» avanza hacia el Oeste e inunda Europa.
Una peste semejante devastó Atenas casi seis siglos antes de Marco Aurelio, al comienzo de su larga guerra con Esparta. La peste mató a Pericles y probablemente contribuyó mucho a que Atenas perdiese la guerra. Indirectamente, acabó con la gloria de Atenas y contribuyó a la decadencia de Grecia. Otra peste (la famosa «Peste Negra») barrió Europa doce siglos después de la época de Marco Aurelio y dio muerte a un tercio de la población europea.
Entre esas dos pestes, apareció otra no menos importante en tiempo de Marco Aurelio. Quizá se trató de la viruela. Los soldados que combatían en Partia se contagiaron y los estragos que causó debilitaron mucho su potencia. La llevaron con ellos a Roma y también a las provincias.
La peste diezmó ferozmente la población del Imperio, despojándolo de soldados y labradores, y debilitándolo en forma permanente. La población de la ciudad de Roma empezó a decaer, y sólo en el siglo XX volvió a alcanzar el número que había tenido bajo Augusto y Trajano.
La despoblación dio origen a otros desastres, pues Marco Aurelio trató de poblar nuevamente las tierras estimulando la inmigración de los bárbaros del Norte. Esta fue la primera oscilación del péndulo de la romanización del Norte a la germanización del Imperio.
La gente atemorizada, sintiendo la necesidad de acusar a alguien de la peste, acusó a los cristianos, y se inició un período de persecuciones. Entre los que murieron en la caza de brujas estaba Justino Mártir. Sin duda, Marco Aurelio desaprobó tal persecución en principio, pero había poco que pudiera hacer contra el poder de una muchedumbre enloquecida.
Ciertamente, Marco Aurelio creía mucho en el valor de la religión del Estado como principio unificador de los pueblos del Imperio, los cuales, por lo demás, diferían tanto en lenguaje y cultura. Los cristianos deben de haberle parecido una peligrosa fuerza destructiva. Los peligros para Roma fueron tanto mayores en su reinado, con respecto a los reinados que lo precedieron inmediatamente, que bien pudo haber pensado que no podía permitirse la tolerancia de posibles rebeldes, y de este modo disculparse ante sí mismo por una persecución que sabía equivocada en principio.
La principal amenaza externa para Roma estaba en una coalición de tribus germánicas formada bajo el liderato de los marcomanos, quienes vivían en lo que es ahora la Baviera septentrional y se unieron a otras tribus situadas al norte del Danubio. Aprovechando el enfrentamiento de Roma con Partia, atacaron la frontera norte de Roma. Durante unos quince años, Marco Aurelio se agotó en esta guerra con los marcomanos, marchando de un punto amenazado a otro, derrotando a los germanos para luego verlos levantarse nuevamente.
En conjunto, puede considerarse que Roma ganó la guerra, pero mientras que en siglos anteriores había conquistado y absorbido territorios bárbaros, ahora se contentó con rechazarlos y mantenerse intacta. Si continuaba esa situación, en el siglo siguiente se iban a contemplar desastres, como efectivamente ocurrió.
Marco Aurelio murió en 180 (933 A. U. C.), después de un reinado de diecinueve años, mientras estaba en campaña, combatiendo aún con los germanos. El lugar de su muerte estaba cerca de la moderna Viena.
lunes, octubre 31
¿LLEVABAN LOS CANTABROS FALCATA?
Como he conseguido este libro tan impresionante, donde además vienen muchas fotografías de restos arqueológicos, pues me he hecho esta pregunta.
Lo primero, es que no se le puede considerar un diseño ibérico. Su origen más lógico sería griego.
Aquí podemos ver una muestra de armas griegas. La segunda es igual a la falcata.
1

sobre todo por que los griegos, tan orgullosos como pueblo, no parece que estuviesen muy predispuestos a utilizar armas de pueblois BARBAROS (recordemos que barbaro significaba extranjero)
2

Pero también se han encontrado espadas de origen estrusco...
Por lo tanto, es la FALCATA una evolución mejorada de espadas más antiguas.... SEGURO...
3

Aqui podemos ver los restos de espadas curvadas que se han encontrado. Las dos últimas son falcatas ibéricas.
4

Volvamos a la pregunta inicial. ¿Llevaban falcatas los soldados cantabros?.
Primero es interesante pensar como lucharía un cantabro.
Guerra de guerrillas... todos de acuerdo, y luego pensemos que la falcata es un arma pesada, y por lo tanto que necesita mucho espacio para moverse, y sobre todo un escudo para protegerse, ¿llevarían un arma tan lenta los cantabros en sus emboscadas?.... NO
Lo normal es que llevasen objetos arrojadizos, y nuNca buscasen la lucha cuerpo a cuerpo...
En artículos que he leído por ahí, se considera la falcata un arma muy cara y personal... el guerrero cuando moría era enterrado con ella y esta se inutilizaba...
Esto no parece muy acorde con la necesidad para la guerra, donde cualquier arma es necesaria.
También dice que aunque se utiliza para pinchar, su principal uso es como arma de corte, siendo el movimiento habitual de corte hacia abajo, en el cuál la forma del arma hacía considerables destrozos en los escudos enemigos...
Otra reflexión, es que si era un arma tan terrible. por que no la adoptaron los romanos.... La respuesta es que el gladius era mucho más útil para el tipo de guerra de los romanos... Se utilizaba para pinchar.

Hay algunos restos que indican, que los cantabros también tenían infantería pesada )vease la estela de zurita, con esos enormes escudos).
Puede que este tipo de combatientes si usasen la espada ibérica, pero lo más normal, es que como sus vecinos los celtíberos, prefiriesen la gladius hispaniensis y como arma pesada utilizasen el hacha bipenne...

vemos la gladius hispanienses.
Los pueblos Cantabros, eran pueblos guerreros, que vivían de la guerra, por lo que su uniforme variaría mucho ya que el que pudiera permitirselo mejoraría su equipo...
(es como si pudiendo llevar un chaleco antibalas, no lo llevase por que soy así de chulo)
Lo primero, es que no se le puede considerar un diseño ibérico. Su origen más lógico sería griego.
Aquí podemos ver una muestra de armas griegas. La segunda es igual a la falcata.
1

sobre todo por que los griegos, tan orgullosos como pueblo, no parece que estuviesen muy predispuestos a utilizar armas de pueblois BARBAROS (recordemos que barbaro significaba extranjero)
2

Pero también se han encontrado espadas de origen estrusco...
Por lo tanto, es la FALCATA una evolución mejorada de espadas más antiguas.... SEGURO...
3

Aqui podemos ver los restos de espadas curvadas que se han encontrado. Las dos últimas son falcatas ibéricas.
4

Volvamos a la pregunta inicial. ¿Llevaban falcatas los soldados cantabros?.
Primero es interesante pensar como lucharía un cantabro.
Guerra de guerrillas... todos de acuerdo, y luego pensemos que la falcata es un arma pesada, y por lo tanto que necesita mucho espacio para moverse, y sobre todo un escudo para protegerse, ¿llevarían un arma tan lenta los cantabros en sus emboscadas?.... NO
Lo normal es que llevasen objetos arrojadizos, y nuNca buscasen la lucha cuerpo a cuerpo...
En artículos que he leído por ahí, se considera la falcata un arma muy cara y personal... el guerrero cuando moría era enterrado con ella y esta se inutilizaba...
Esto no parece muy acorde con la necesidad para la guerra, donde cualquier arma es necesaria.
También dice que aunque se utiliza para pinchar, su principal uso es como arma de corte, siendo el movimiento habitual de corte hacia abajo, en el cuál la forma del arma hacía considerables destrozos en los escudos enemigos...
Otra reflexión, es que si era un arma tan terrible. por que no la adoptaron los romanos.... La respuesta es que el gladius era mucho más útil para el tipo de guerra de los romanos... Se utilizaba para pinchar.
Hay algunos restos que indican, que los cantabros también tenían infantería pesada )vease la estela de zurita, con esos enormes escudos).
Puede que este tipo de combatientes si usasen la espada ibérica, pero lo más normal, es que como sus vecinos los celtíberos, prefiriesen la gladius hispaniensis y como arma pesada utilizasen el hacha bipenne...

vemos la gladius hispanienses.
Los pueblos Cantabros, eran pueblos guerreros, que vivían de la guerra, por lo que su uniforme variaría mucho ya que el que pudiera permitirselo mejoraría su equipo...
(es como si pudiendo llevar un chaleco antibalas, no lo llevase por que soy así de chulo)
PETER CONNOLLY
Acabo de conseguir por el emule... (tanto lo critican, pero eres un verdadero transmisor de conocimiento), este libro:
PORTADA DEL LIBRO

Es una maravilla, y deja a Osprey un poco mal. Todo el que pueda conseguirlo, adelante. Pero el único problema es que esta versión está en inglés.Más de 300 páginas de información.
una de las ilustarciones que aparecen en este maravilloso documento.
ILUSTRACI�N

no solo por los romanos, si no tb por los griegos.
Obviamente, iremos colgando cosas por que es un libro con tanta información, que merece la pena.
Su autor es Peter connolly, y transcribimos un comentario sobre el en la página celtiberia.
celtiberia
PETER CONNOLLY. IMAGINANDO LA HISTORIA
Hemos tenido que esperar casi hasta finales del siglo XX para ver a un ilustrador que hiciera realidad en imágenes fidedignas una parte de la Historia de Grecia y Roma. Me imagino las dificultades que tendrían los historiadores del pasado hasta los decimonónicos, e incluso parte de los actuales, que sin contar con fotografías ni datos completos sobre un tema puntual a veces cometían errores de interpretación o contando con láminas y dibujos poco fiables, y más al gusto de la época que les tocó vivir.
No en vano Peter Connolly es un historiador ex militar británico que desde los años 70 nos ha venido recreando con representaciones de lo que debía ser el Mundo Antiguo, tanto desde un punto de vista militar como civil y destacando como pocos por su minuciosidad, perfeccionismo y veracidad. Ha tenido otros seguidores desde entonces, muchos de los cuales ilustran las revistas Osprey, pero él fue el primero y tal vez el mejor.
Basándose en los bocetos de Adolf Schulten de su obra Numantia (en 4 volúmenes), nos reprodujo visualmente los barracones de Quinto Fulvio Nobilior en el Atalayón de Numancia, el esquema de un campamento polibiano o la toma de Alesia o Jerusalén; infinidad de descripciones de armas antiguas o de puertas, cerrojos e infinidad de detalles de la vida cotidiana en una ciudad de aquellos tiempos. Sus libros, lejos de ser sesudos tratados del Mundo Antiguo son más bien manuales divulgativos, quizás para los más profesionales incluso elementales, pero que sin duda ayudan a imaginarse las cosas como realmente eran, yo los he visto en despachos de catedráticos y conservadores de museos y como aficionado al estudio de la Historia y la Arqueología también los tengo.

ha seguir investigando y aumentando nuestro conocimiento.
Alguien dijo por ahí, que cuanto más estudiamos o leemos sobre Roma, más conscientes somos de nuestra ignoracia.
PORTADA DEL LIBRO

Es una maravilla, y deja a Osprey un poco mal. Todo el que pueda conseguirlo, adelante. Pero el único problema es que esta versión está en inglés.Más de 300 páginas de información.
una de las ilustarciones que aparecen en este maravilloso documento.
ILUSTRACI�N

no solo por los romanos, si no tb por los griegos.
Obviamente, iremos colgando cosas por que es un libro con tanta información, que merece la pena.
Su autor es Peter connolly, y transcribimos un comentario sobre el en la página celtiberia.
celtiberia
PETER CONNOLLY. IMAGINANDO LA HISTORIA
Hemos tenido que esperar casi hasta finales del siglo XX para ver a un ilustrador que hiciera realidad en imágenes fidedignas una parte de la Historia de Grecia y Roma. Me imagino las dificultades que tendrían los historiadores del pasado hasta los decimonónicos, e incluso parte de los actuales, que sin contar con fotografías ni datos completos sobre un tema puntual a veces cometían errores de interpretación o contando con láminas y dibujos poco fiables, y más al gusto de la época que les tocó vivir.
No en vano Peter Connolly es un historiador ex militar británico que desde los años 70 nos ha venido recreando con representaciones de lo que debía ser el Mundo Antiguo, tanto desde un punto de vista militar como civil y destacando como pocos por su minuciosidad, perfeccionismo y veracidad. Ha tenido otros seguidores desde entonces, muchos de los cuales ilustran las revistas Osprey, pero él fue el primero y tal vez el mejor.
Basándose en los bocetos de Adolf Schulten de su obra Numantia (en 4 volúmenes), nos reprodujo visualmente los barracones de Quinto Fulvio Nobilior en el Atalayón de Numancia, el esquema de un campamento polibiano o la toma de Alesia o Jerusalén; infinidad de descripciones de armas antiguas o de puertas, cerrojos e infinidad de detalles de la vida cotidiana en una ciudad de aquellos tiempos. Sus libros, lejos de ser sesudos tratados del Mundo Antiguo son más bien manuales divulgativos, quizás para los más profesionales incluso elementales, pero que sin duda ayudan a imaginarse las cosas como realmente eran, yo los he visto en despachos de catedráticos y conservadores de museos y como aficionado al estudio de la Historia y la Arqueología también los tengo.
ha seguir investigando y aumentando nuestro conocimiento.
Alguien dijo por ahí, que cuanto más estudiamos o leemos sobre Roma, más conscientes somos de nuestra ignoracia.
CAMBIO EN LA PRESIDENCIA DE LA AGUECAN
Ya se ha hecho oficial la renuncia del presidente de la AGUECAN Juan Miguel Villamuera, después de casi 6 años en el puesto.
Es una renuncia lógica, por que después de tantos años, poco a poco el cansancio se va acumulando y las responsabilidades la verdad es que han sido muchas.
Este año ya se vió un reparto de las tareas en diferentes comisiones, algunas que han funcionado muy bien y otras que no tanto.
A partir de ahora se abre un período electoral entre las personas que se quieran presentar al puesto de presidente.
Yo al menos espero, que haya un sucesor , preparado por el propio Juan Miguel para seguir con su trabajo (al igual que hacían los emperadores romanos), por que dejar que esto funcione como un proceso democrático de manera espontánea, es un poco utópico.
Sobre todo, por que yo pienso que no se va a presentar nadie fuera de la gente que está ahora en la junta directiva. ( y si hay dos candidaturas, será milagroso).
También quiero decir, que hay mucha gente que no está de acuerdo en como se hacen las cosas. Este es buen momento para involucrarse y sacar esas ideas que se tienen para mejorar un pco más las fiestas.
Desde está página, apoyamos una línea mucho más realista y reconstruccionista del evento... (sin olvidar la fiesta)... y sobre todo muy divulgativa y temática...
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