martes, junio 27

Libro octavo. Capítulo 1

I. Sujeta toda la Galia, no habiendo interrumpido César el
ejercicio de las armas en todo el verano antecedente, y deseando que
descansasen las tropas de tantos trabajos en los cuarteles de
invierno, tuvo noticia de que muchas naciones trataban de renovar la
guerra a un mismo tiempo y conjurarse para este fin. De lo cual se
decía que verosímilmente sería la causa el haber conocido los galos,
que ni con la mayor multitud junta en un lugar se podía resistir a los
romanos; pero si a un tiempo muchas provincias les declarasen
diversas guerras, no tendría su ejército bastantes auxilios, ni tiempo
ni gente para acudir a todas partes. Y así ninguna ciudad debía
rehusar la suerte de la incomodidad si con esta lentitud podían las
demás recobrar su libertad.
II. Para que no se confirmase la opinión de los galos, dejó
César el mando de los cuarteles de invierno al cuestor M. Antonio, y
marchó con la caballería el último día de diciembre de la ciudad de
Autun a juntarse con la legión trece, que invernaba no lejos de los
términos de Autun, y le añadió la undécima, que era la más
inmediata. Dejó dos cohortes para resguardo del equipaje, y marchó
con el resto del ejército a la fértilísima campaña de Berry, cuyos
moradores, como tenían espaciosos términos y muchas ciudades, no
podían ser contenidos con una sola legión de hacer prevenciones de
guerra y conspiraciones con este intento.
III. Sucedió con la repentina llegada de César lo que era preciso
a gente desprevenida y desparramada: que estando cultivando los
campos sin temor alguno, fueron sorprendidos por la caballería antes
que pudiesen refugiarse en las poblaciones. Porque aun aquella
ordinaria señal de sobrevenir el enemigo, que acostumbra a hacerse
entender por los incendios de los edificios, había sido prohibida con
orden formal de César, para que no le faltase abundancia de pasto y
trigo, si acaso pasaba más adelante, ni los enemigos se
amedrentasen con los incendios. Atemorizados los de Berry con la
presa de muchos millares de hombres, los que pudieron escapar de la
primera entrada de los romanos se acogieron a las ciudades
circunvecinas, o fiados en los privados hospedajes, o en la sociedad
de los designios. Mas fue en vano; porque haciendo César marchas
muy largas, acudió a todas partes, sin dar tiempo a ninguna ciudad
de mirar antes por su salud y conservación ajena que por la suya
propia; con cuya prontitud mantuvo en su fidelidad a los amigos, y
con el terror obligó a los dudosos a las condiciones de la paz.
Propuesta ésta, y viendo los de Berry que la clemencia de César les
abría camino para volver a su amistad, y que las ciudades de su
comarca habían sido admitidas sin otra pena que haberle dado
rehenes, hicieron ellos lo mismo.
IV. César, a vista de la constancia con que los soldados habían
tolerado tan grandes trabajos, siguiéndole con tan buen deseo en
tiempo de hielos por caminos muy trabajosos, y con unos fríos
intolerables, prometió regalarlos con doscientos sestercios a cada
uno, y dos mil denarios a los centuriones con título de presa, y
enviadas las legiones a sus cuarteles, se volvió a Autun a los cuarenta
días que había salido. Estando aquí administrando justicia, llegaron
comisionados de Berry a pedirle socorro contra los de Chartres,
quejándose de que les habían declarado la guerra. Con cuya noticia,
sin haber sosegado más que dieciocho días, mandó salir a las
legiones decimocuarta y sexta, que invernaban sobre el Saona, de las
cuales se dijo en el libro anterior que estaban destinadas aquí para
facilitar las provisiones de víveres. Con estas legiones partió a
castigar el atrevimiento de los chartreses.
V. Llegada a los enemigos la fama del ejército, y temiendo
iguales daños que los otros, desamparando las poblaciones que
habitaban, en que por necesidad habían levantado unas pequeñas
chozas y cabañas para guarecerse del frío (porque recién
conquistados habían perdido muchas de sus ciudades), dieron a huir
por diversas partes. César, que no quería exponer sus tropas a los
rigores de la estación que amenazaba entonces, puso su real sobre
Orleáns, ciudad de Chartrain, y alojó parte de los soldados en las
casas de los galos, parte en las chozas que hicieron de pronto con la
paja recogida para cubrir las tiendas; pero a la caballería e infantería
auxiliar despachó por todos aquellos parajes por donde se decía que
habían escapado los enemigos, y no en vano, pues volvieron casi
todos cargados de presa. Oprimidos los chartreses por el rigor del
invierno y el miedo del peligro, echados de sus casas, sin atreverse a
permanecer en un paraje mucho tiempo, ni poderse refugiar al
amparo de las selvas por la crueldad del temporal, dispersos, y con la
pérdida considerable de los suyos, se fueron repartiendo por las
ciudades comarcanas.
VI. César, considerando el rigor de la estación, y teniendo por
bastante deshacer estos cuerpos de tropas, para que no se originase
algún nuevo principio de guerra; y conociendo cuanto alcanzaba con
la razón, que no se podía mover empresa considerable para el
verano, puso a C. Trebonio en el cuartel de Orleáns con las dos
legiones que tenía consigo. Noticioso por frecuentes avisos de Reims
que los del Bovesis, señalados entre todos los galos y belgas en la
gloria militar, y las ciudades de su comarca prevenían ejército y se
juntaban en sitio señalado, teniendo por caudillos a Correo, natural
del Bovesis, y a Comió de Arras, para hacer una entrada con toda su
gente en las tierras de Soisóns, de la jurisdicción de Reims; y
juzgando que importaba no sólo a su reputación, sino a su propio
interés que los aliados beneméritos de la república no recibiesen daño
alguno, volvió a sacar de los cuarteles de invierno a la legión
undécima, escribió a C. Fabio que se fuese acercando a Soisóns con
las dos que tenía, y envió a pedir a Labieno una de las que estaban a
su mando. De esta manera, cuando lo permitía la inmediación de los
cuarteles y el presupuesto de la guerra, repartía el cargo de ella
alternativamente a las legiones, sin descansar él en ningún tiempo.
VII. Juntas estas tropas, marchó la vuelta del Bovesis; y
habiendo acampado en sus términos, destacó varias partidas de
caballos a diversas partes, que hiciesen algunos prisioneros de
quienes informarse de los designios de los enemigos. Hicieron éstos
su deber, y volvieron diciendo que habían hallado muy poca gente en
las poblaciones, y ésta no que hubiese quedado por causa del cultivo
de los campos, pues se habían retirado con diligencia de toda la
comarca, sino que eran enviados como espías, A quienes,
preguntando César dónde estaba la multitud de los boveses o cuál
era su designio, halló que todos los que podían tomar las armas
habían formado un cuerpo, y con ellos los de Amiéns, de Maine, de
Caux, de Rúan y Artois, y elegido para su real una eminencia rodeada
de una laguna embarazosa; que habían retirado todo el equipaje a los
montes más apartados; que eran muchos los capitanes de aquella
empresa, pero que toda la multitud obedecía a Correo, por haber
entendido que era el que más odio mostraba al Pueblo Romano; que
pocos días antes había marchado Comió de este campo a traer tropas
auxiliares de sus vecinos los germanos, cuya multitud era infinita;
que tenían determinado les del Bovesis, por consentimiento de los
cabos principales y con gran contente de la plebe, en caso de venir
César, como se decía, con tres legiones, presentarle desde luego la
batalla, para no verse después precisados a pelear con menos
ventaja con todo el resto de su ejército; pero si traía mayores tropas,
permanecer en el puesto que habían tomado, y con emboscadas
estorbar a los romanos el forraje, escaso y disperso por la estación, y
las provisiones de víveres.
VIH. Hechas estas averiguaciones, por convenir muchos en lo
mismo, y viendo que las resoluciones que le proponían estaban llenas
de prudencia y muy distantes de la temeridad de gentes bárbaras,
pensó todos los medios posibles para que, menospreciando los
enemigos el corto número de su gente, saliesen a campo raso. Tenía
consigo las legiones séptima, octava y nona, las más veteranas y de
singular valor; la undécima, de grandes esperanzas, compuesta de
mozos escogidos, que llevando ya cumplidos ocho años de servicio,
con todo no había llegado aún a igual reputación de valiente y
veterana. Y así, convocada una junta, y expuestas en ella todas las
noticias adquiridas, aseguró los ánimos de los soldados; y por si
podía atraer a los enemigos a la batalla con el número de las tres
legiones, ordenó el ejército en esta forma: Hizo marchar delante del
equipaje a las legiones séptima, octava y nona, después todo el
equipaje (que no era considerable, como suele en tales
expediciones), al cual cerrase la legión undécima para no darles
apariencia de mayor número que el que ellos habían pedido.
Ordenado así el ejército, casi en forma de cuadro, llegó a la vista de
los enemigos antes de lo que pensaban.
IX. Viendo ellos que se acercaban las tropas en ademán de
pelear, aunque se le había dado a entender a Cesar su mucha
confianza en sus designios, o por el peligro de la batalla, o por la
llegada repentina, o por esperar nuestra resolución, ordenó sus haces
delante de los reales sin apartarse de la eminencia. César, aunque
había deseado venir a las manos, con todo, admirado de la multitud
de los enemigos, acampó enfrente de ellos, dejando en medio un
valle más profundo que de grande espacio. Mandó fortalecer sus
reales con un muro de doce pies, y a proporción de esta altura
fabricar un parapeto. Asimismo que se hiciesen dos fosos de quince
pies de profundidad, tan anchos por arriba como por abajo; que se
levantasen varias torres de tres altos, unidas con puentes y galerías,
cuyos frentes se fortaleciesen con un parapeto de zarzos, para que
fuese rechazado el enemigo por dos órdenes de defensores, uno que
disparase sus flechas de más lejos, y con mayor atrevimiento desde
las galerías, cuanto estaba más seguro en la altura, y el otro más
cercano al enemigo en la trinchera se cubriese con los puentes, de
sus flechas; y a todas las entradas hizo poner puertas y torres muy
altas.
X. Dos eran las intenciones de esta fortificación: con tan
grandes obras y la sospecha de temor esperaba aumentar la
confianza de los bárbaros; y habiéndose de ir lejos por el forraje y
víveres, se podrían defender los reales con menos gente. Entre tanto,
adelantándose muchas veces algunos soldados de una y otra parte,
se peleaba sobre una laguna que había en medio, la cual pasaban a
veces nuestras partidas, o las de los galos y germanos, persiguiendo
con más ardor a los enemigos, y a veces la pasaban ellos retando a
los nuestros. Además, sucedía diariamente en los forrajes (como era
preciso yéndose a buscar a los edificios raros y dispersos), que,
desparramados los que le buscaban en parajes quebrados, eran
cercados, cosa que aunque de poco daño para los nuestros, de
caballerías y esclavos, con todo no dejaba de levantar los necios
pensamientos de los bárbaros, y más habiendo venido Comió, de
quien dijimos había ido por socorros a Germania, con una partida de
caballos, que aunque no eran más que quinientos, bastaban para
hincharlos con el socorro de los germanos.

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