miércoles, junio 1

cap 12. Las sombras se ciernen sobre grecia. EL fin de cartago.

Las sombras se ciernen sobre Grecia
Por la época de la muerte de Aníbal y de Escipión, ya nadie podía desafiar a Roma ni en el Este ni en el Oeste. En todas partes, a lo largo de la costa mediterránea, los territorios eran romanos o aliados de Roma o estaban aterrorizados por ella. Sin embargo, hasta entonces no había efectuado anexiones en el Este. Sólo había actuado para debilitar a todo poder fuerte y para asegurarse de que todo poder débil dependiese solamente de ella.
Pero no estaba totalmente tranquila. Macedonia seguía siendo fuente de aprensiones. Filipo V había apoyado a Roma en su guerra contra Antíoco y se cuidaba de hacer nada que la ofendiera en los años posteriores a Cinoscéfalos. Pero trataba por todos los medios de fortalecer a Macedonia internamente y por afirmar su dominio en el Norte. También alimentó hábilmente el descontento entre los griegos, quienes por entonces sentían tanto disgusto por la dominación romana como lo habían sentido por la dominación macedónica, pues en realidad la «libertad» que habían recibido consistía solamente en un cambio de amo.
Filipo preparaba el futuro, lenta y cuidadosamente, e hizo ejecutar a uno de sus hijos, del que sospechaba que era demasiado genuinamente pro romano. En 179 a. C., Filipo murió sin que sus planes hubiesen madurado. Fue sucedido por su hijo Perseo, quien continuó fortaleciendo Macedonia y tratando de cimentar una unión de todos los griegos. Eumenes II de Pérgamo se atemorizó y envió misiones a Roma, pidiendo al Senado que actuase antes de que fuese demasiado tarde. Finalmente, Roma reconoció el peligro, y en 172 a. C. comenzó la Tercera Guerra Macedónica.
Perseo pronto fue abandonado por los griegos y bitinios, con quienes pensó que podía contar, pero hizo frente a la situación y llevó al campo de batalla el mayor ejército macedónico visto desde los días de Alejandro Magno, siglo y medio antes.
A los romanos no les fue muy bien al principio. Los macedonios, con su antiguo vigor y durante varios años, resistieron a las mejores tropas que los romanos pudieron enviar contra ellos.
Por último, el Senado dio el mando a un nuevo general, Lucio Emilio Paulo, hijo del cónsul que había muerto en Cannas. Paulo se había desempeñado eficazmente en España contra las tribus nativas, y en ese momento, cuando tenía alrededor de sesenta años, se hizo cargo con energía de la guerra macedónica.
En 168 a. C. obligó a Perseo a presentar batalla en Pidna, sobre la costa egea de Macedonia. Una vez más, que sería la última, la falange se enfrentó con la legión.
Mientras la batalla se libraba en terreno llano, la falange era invencible; avanzaba con sus largas espadas, como un terrible puercoespín, y barría a la legión. Pero cuando el terreno era desigual, empezaban a aparecer grietas en ella. Paulo ordenó a sus hombres que se introdujeran en esas grietas toda vez que aparecieran, y de este modo la falange fue quebrada y aniquilada. La falange nunca volvió a librar otra batalla.
Esta vez Roma decidió acabar totalmente con Macedonia. Perseo fue llevado prisionero a Roma y murió allí en cautiverio, mientras Paulo era recibido en triunfo, otorgándosele el nombre de «Macedónico». La monarquía macedónica fue abolida ciento cincuenta y cinco años después de la muerte de Alejandro Magno. En lugar de la monarquía se crearon cuatro pequeñas repúblicas.
Roma aún no se anexó territorios en el Este, pero se sintió muy disgustada por la tendencia de los griegos a simpatizar con Perseo y descargó varios golpes como castigo. Sus ejércitos asolaron el Epiro, en parte por sus acciones del momento y en parte en recuerdo de Pirro, con el que había luchado siglo y cuarto antes.
Rodas fue otra de las víctimas. Había apoyado lealmente a Roma en las guerras contra Filipo V y Antíoco III, pero pareció vacilar en el caso de Perseo. Como resultado de esto, Roma creó un centro comercial en la isla de Délos, situada a unos 260 kilómetros al noroeste de Rodas, y dirigió hacia ella su comercio. Rodas, cuya prosperidad dependía del comercio, empezó a declinar, aunque siguió siendo una ciudad más o menos libre durante dos siglos más.
Otra de las víctimas fue la Liga Aquea. Había sido totalmente pro romana desde la derrota de Filipo V y ofreció ayuda en la lucha contra Perseo, pero una parte importante de sus líderes quiso permanecer neutral. Roma rechazó la ayuda, pensando quizá que no podía confiar en los griegos. Después de la guerra decidió castigar a la Liga por tibieza. Mil de sus hombres principales fueron llevados como rehenes a Roma.
Entre ellos figuraba Polibio, quien había conducido la fuerza de caballería enviada por la Liga Aquea para ayudar a los romanos contra Perseo. Esto no fue tomado en cuenta por los romanos, porque se sabía que Polibio había sido uno de los que eran partidarios de la neutralidad. Afortunadamente para él, Polibio era un hombre culto que se ganó la amistad del general romano conquistador Paulo Macedónico y fue tutor de sus hijos.
El hijo menor de Paulo (que había luchado con su padre en Pidna) fue adoptado por el hijo de Escipión el Africano y fue conocido como Publio Cornelio Escipión Emiliano. Pero es mucho más conocido como «Escipión el Joven», mientras que su eminente abuelo por adopción es llamado a veces «Escipión el Viejo».
Escipión el Joven fue un ejemplo típico de romano admirador de lo griego («filohelénico»). Introdujo en Roma la costumbre de afeitarse el rostro, costumbre tomada de Grecia, donde la había introducido Alejandro Magno. También frecuentó a los hombres de saber, tanto griegos como romanos.
En el círculo de Escipión, por ejemplo, figuraba Cayo Lucilio, el primer romano que escribió sátiras, esto es, composiciones literarias que ridiculizan el vicio y el desatino.
Otro miembro del círculo era Publio Terencio Afer, conocido comúnmente como Terencio. Era cartaginés de nacimiento y había sido llevado a Roma como esclavo de un senador. Este, que era un hombre bondadoso, reconoció la inteligencia del joven esclavo, lo hizo educar y lo liberó. El joven liberto llevó el apellido de su viejo amo.
Terencio se hizo famoso escribiendo obras de teatro, que, como las del viejo Plauto, estaban tomadas de temas griegos y a veces eran poco más que traducciones del griego. Sus obras eran notables por la elegancia de su lenguaje; Terencio contribuyó a convertir el latín de una lengua de soldados y agricultores en una lengua de hombres cultos, aunque sus obras eran menos vigorosas y cómicas que las de Plauto.
La tendencia en Roma a admirar todo lo griego no era general. Había romanos de viejo cuño que desconfiaban y despreciaban lo que para ellos eran peligrosas ideas extranjeras. El más importante de esos hombres era Marco Porcio Catón. Nació en 234 a. C. y luchó bajo Fabio contra Aníbal. Estuvo en la batalla de Zama, y allí concibió odio por Escipión, a quien acusaba de extravagancia. Más tarde combatió en España y en la guerra contra Antíoco.
Catón era el prototipo de la anticuada virtud romana: totalmente honesto y cumplidor de sus obligaciones, pero frío, cruel, agrio, mezquino y de mente estrecha. Era despiadado con sus esclavos y carecía de todo sentimiento de ternura por su esposa y sus hijos. En 184 a. C. fue elegido censor y reprimió implacablemente todo signo de lo que él consideraba como inmoral. Multó a Lucio Escipión el Asiático, por ejemplo, por besar a su propia esposa en presencia de sus hijos (aunque en esto puede haber influido su odio hacia los Escipiones). A menudo es llamado «Catón el Censor», en recuerdo de su eficiencia en su cargo de censor.
Catón no mostró ningún favoritismo, y en todos los asuntos en que intervino actuó con rígida economía y eficacia. Los romanos posteriores (que no tuvieron que habérselas con él) lo admiraron mucho, pero no siguieron su ejemplo.
Catón fue uno de los primeros prosistas latinos de importancia. Escribió una historia de Roma y un tratado sobre la agricultura. Se cree que el poeta Ennio (véase página 61) le enseñó griego. Sin embargo, siempre fue muy receloso de todo lo griego.
Puesto que Polibio y los otros rehenes griegos en Roma eran amigos de Escipión el Joven, naturalmente consideraban a Catón, que odiaba a los Escipiones, como su enemigo particular. Durante años, Polibio trató de usar su influencia sobre Escipión y otros filohelénicos para que se permitiese el retorno de los rehenes a su patria, pero Catón siempre impedía que se adoptase esa medida. Escipión tampoco luchó muy fieramente contra Catón, pues más bien admiraba al severo viejo y él mismo era un firme conservador en muchos aspectos, por mucho que le atrayesen las costumbres griegas.
Finalmente se produjo la ruptura cuando Escipión el Joven tuvo la oportunidad de ganar gloria militar. Aunque Roma se había establecido en la España cartaginesa, las tribus nativas del Norte habían luchado tenazmente durante siglo y medio contra el avance romano. Escipión el Joven marchó a España en 151 a. C., y mediante una hábil diplomacia y un inteligente manejo de la situación aplacó a las tribus y logró la paz. Cuando volvió a Roma, su reputación había aumentado hasta el punto de que Catón tuvo que admitir, de mala gana, que los griegos se marchasen.
Pero lo admitió de la manera más grosera posible. Cuando el Senado discutía si liberar o no a los griegos, Catón se levantó y dijo: «¿No tenemos otra cosa que hacer más que estar aquí sentados todo el día discutiendo si un puñado de viejos griegos tendrán sus féretros aquí o en Grecia?» Entonces, los griegos fueron liberados después de diecisiete años de exilio.
Polibio pagó con creces su deuda hacia los Escipiones, pues escribió una historia de Roma durante el período de su ascenso a la dominación mundial. Aún sobreviven partes de su historia, y este griego tan tardíamente liberado por Roma nos legó el mejor relato que poseemos de los hechos de ésta durante su época más heroica.
El cruel tratamiento de los rehenes griegos, hechos prisioneros por una razón tan endeble, y el endurecimiento en general de la dominación romana inflamaron los sentimientos antirromanos de los griegos, quienes esperaron la oportunidad para liberarse.
El fin de Cartago
Desde la batalla de Zama, Cartago luchó para sobrevivir, dedicándose a sus asuntos internos y, sobre todo, tratando de no provocar a los romanos. Pero los romanos necesitaban pocos pretextos. Nunca perdonarían a Cartago las humillantes victorias de Aníbal.
Masinisa, en connivencia con los romanos, hizo todo lo que pudo para irritar y acosar a los cartagineses. Los insultaba, invadía su territorio, y cuando Cartago se quejaba a Roma, ésta no le proporcionaba ayuda alguna.
El romano más furiosamente anticartaginés era, desde luego, Catón. En 157 a. C. formó parte de una misión romana que viajó a África para dirimir otra disputa entre Masinisa y Cartago. Catón se horrorizó de ver que Cartago gozaba de prosperidad y su pueblo de bienestar. Esto le pareció intolerable e inició una campaña para ponerle fin.
A partir de ese momento terminaba todos sus discursos, cualquiera que fuese el tema, con la frase: «Praeterea censo Carthaginem esse delendam» («soy también de la opinión de que Cartago debe ser destruida»).
En realidad, se trataba de algo más que de un mero prejuicio de su parte. Cartago, al hacer florecer nuevamente su comercio, competía con Italia en la venta de vino y aceite, y los terratenientes italianos (uno de los cuales era Catón) se veían perjudicados. Pero, por supuesto, con frecuencia el provecho privado se oculta tras una apariencia de gran patriotismo.
En 149 a. C., finalmente Catón tuvo su oportunidad. Las acciones de Masinisa finalmente arrastraron a Cartago a levantarse en armas contra su incansable enemigo. Se libró una batalla, que ganó Masinisa, y los cartagineses comprendieron de inmediato que Roma consideraría esa acción como una violación del tratado de paz, pues Cartago había hecho la guerra sin permiso de Roma.
Cartago envió delegados a dar explicaciones e hizo ejecutar a sus generales. Pero los romanos ya tenían una excusa. Aunque Cartago perdió la batalla, se hallaba completamente inerme y, además, estaba dispuesta a cualquier cosa para mantener la paz; Roma le declaró la guerra.
El ejército romano desembarcó en África y los cartagineses se dispusieron a aceptar cualquier exigencia, hasta la de entregar todas sus armas. Pero lo que exigían los romanos era que Cartago fuese abandonada, que los cartagineses construyesen una nueva ciudad a no menos de quince kilómetros del mar.
Los horrorizados cartagineses se negaron a eso. Si su ciudad iba a ser destruida, ellos serían destruidos con ella. Con el coraje y vigor de la desesperación, los cartagineses se encerraron en su ciudad, fabricaron armas casi sin elementos y lucharon, lucharon y lucharon sin pensar para nada en rendirse. Durante dos años, los asombrados romanos vieron fracasar todos sus intentos de abatir a su enloquecido adversario.
En ese lapso murieron los dos enemigos de Cartago: Catón y Masinisa, el primero a los ochenta y cinco años de edad y el segundo a los noventa. Ninguno de esos crueles hombres vivieron para ver destruida a Cartago. Ambos pasaron sus últimos años observando la humillación de las armas romanas por el enemigo cartaginés.



Finalmente, en 147 a. C., fue enviado a Cartago Escipión el Joven. Este dio nuevo impulso a la campaña, y quizá contribuyó a su éxito la magia del nombre, aunque sólo fuese adoptado. En 146 a. C. (607 A. U. C.), Cartago finalmente fue tomada e incendiada hasta los cimientos. Aquellos de sus habitantes que no optaron por morir en las llamas fueron muertos o esclavizados, y Escipión el Joven se ganó el apodo de «Africanas Minor» («el Joven Africano»).
Cartago fue totalmente arrasada y su territorio anexado a los dominios romanos con el nombre de Provincia de África. Los romanos de la época no querían que jamás volviese a levantarse una ciudad en ese sitio. Pero cien años más tarde se fundó una nueva Cartago, pero una Cartago romana. Los viejos cartagineses de origen fenicio desaparecieron para siempre.
Polibio no permaneció en Grecia, sino que marchó presurosamente a África para estar con su amigo Escipión y presenciar el gran suceso que le serviría para dar fin a su historia. Relata que Escipión observó el incendio de Cartago con aire pensativo y citando versos de los poemas de Hornero. Polibio le preguntó en qué pensaba, y Escipión le respondió que la historia tiene altibajos y no podía por menos de pensar que quizá algún día Roma sería saqueada como lo estaba siendo Cartago en ese momento.
Escipión, por supuesto, tenía razón. Unos cinco siglos y medio más tarde, Roma fue saqueada, y los invasores iban a provenir de... ¡Cartago!
Mientras los romanos libraban con Cartago la batalla final, nuevos desórdenes estallaron en el Este. Grecia y Macedonia estaban prácticamente en la anarquía. Los romanos no gobernaban ellos mismos la región, pero tampoco permitían la formación de gobiernos nativos fuertes. Esto hacía que toda ella fuese presa de interminables querellas políticas en tierra y de la piratería en el mar. Las cuatro repúblicas en que había sido dividida Macedonia reñían constantemente entre ellas.
Muchos griegos pensaron que había llegado el momento de luchar por la libertad. Un aventurero macedónico llamado Andrisco pretendió ser hijo de Perseo y se proclamó rey de Macedonia en 148 a. C. Ganó aliados en Grecia e hizo también una alianza con la pobre y agonizante ciudad de Cartago.
Los romanos enviaron rápidamente un ejército al mando de Quinto Cecilio Metelo, quien fácilmente derrotó a Andrisco en la Cuarta Guerra Macedónica. Fue el fin de toda aspiración a la independencia que pudiera abrigar Macedonia. En 146 a. C. fue transformada en una provincia romana, y así empezó Roma a anexarse directamente territorios del Este.
Pero en Grecia las cosas fueron demasiado lejos. La Liga Aquea estaba tan ansiosa de desafiar a Roma que no pudo refrenarse. Los enviados de Metelo fueron insultados, y éste se vio obligado a marchar hacia el Sur.
Era un admirador de la cultura griega y deseaba tratar a Grecia lo más suavemente posible, pero en 146 a. C. fue reemplazado por Lucio Mummio, hombre de escaso saber. Mummio había adquirido cierta experiencia militar en España y no sentía el menor interés por los griegos; lo único que deseaba era ganar un triunfo.
La ciudad principal de la Liga Aquea era Corinto. Al acercarse Mummio, Corinto se rindió sin ofrecer ninguna resistencia, de modo que la Guerra Aquea terminó antes de haber comenzado. Pero no era esto lo que deseaba Mummio. Trató a Corinto como si hubiese sido tomada por asalto, saqueando y matando. Los habitantes fueron vendidos como esclavos y valiosísimas obras de arte fueron llevadas a Roma.
Mummio, que no entendía nada de arte, se puso en ridículo para siempre por las instrucciones que dio a los capitanes de los barcos en los que se embarcaron grandes pinturas. «Que no se arruinen —les dijo— o tendréis que reemplazarlas.» La Liga Aquea fue disuelta y se extinguieron las últimas miserables chispas de la libertad griega.
También en el Oeste lejano los ejércitos romanos tuvieron tarea. Las tribus nativas de España Occidental (la «Lusitania», que ocupaba el territorio de la moderna Portugal) se rebelaron contra la crueldad de los gobernadores romanos, bajo el liderazgo de un pastor lusitano llamado Viriato. Durante diez años, de 149 a 139 a. C., Viriato llevó una triunfal guerra de guerrillas contra los romanos. En una ocasión atrapó a un ejército romano en un paso de montaña e impuso una paz temporal. Pero en 139 a. C., el dinero romano compró la traición de algunos de los amigos de Viriato, y el lusitano fue asesinado.
Aun así, los lusitanos siguieron resistiendo. Una vez más fue llamado Escipión el Joven. En 133 a. C., finalmente (después de un largo asedio), capturó la ciudad de Numancia, en el noreste de España. Había sido el centro de la resistencia, y, después de tomada, la España Septentrional se convirtió en territorio romano. Ahora sólo conservaron su independencia los nativos del extremo noroccidental.
Ese mismo año, Roma se estableció por primera vez en Asia. El rey de Pérgamo, el leal y viejo aliado de Roma, era Atalo III. Había llegado al trono en 138 antes de Cristo, no tenía herederos directos ni esperaba tenerlos. Si moría sin tomar alguna medida concerniente a la sucesión, otros reinos de Asia Menor se disputarían el país y los romanos intervendrían para perjuicio de todos. Consideró juicioso recibir lo inevitable con una sonrisa. En su testamento dejó su reino a Roma.
Cuando murió, en 133 a. C., Roma aceptó el don y reorganizó el país, que pasó a ser la provincia de Asia. Tuvo que sofocar una rebelión de algunos que no querían convertirse en romanos, pero lo hizo con pocas dificultades, y en 129 a. C. el país estaba en calma.
En 133 a. C., pues, el mundo mediterráneo era casi totalmente romano. Un siglo antes, Roma sólo dominaba Italia. Ahora casi toda España era suya, como lo eran el África Central del Norte, Macedonia, Grecia, Pérgamo y las islas del Mediterráneo Occidental y Central. A lo largo de todas las costas de este mar había reinos nominalmente independientes, pero que eran aliados romanos o, al menos, reinos intimidados y sumisos.
El Egipto Tolemaico siguió bajo el gobierno de reyes débiles que se preocupaban por obtener el favor romano y que eran poco más que títeres romanos.
Sólo el Imperio Seléucida conservó cierto poder durante un tiempo. Antíoco III murió en 187 a. C., pero bajo sus hijos el reino se recuperó del daño que le había hecho Roma. En 175 a. C. subió al trono Antíoco IV. Había sido llevado como rehén a Roma después de la batalla de Magnesia y había sido educado allí. Pero una vez que fue rey pensó que podía seguir luchando con los egipcios al viejo estilo. Trató de hacerlo y obtuvo algunas victorias, pero los romanos intervinieron y lo obligaron a retroceder.
Antíoco IV, resentido por la derrota, buscó batallas más fáciles en otras partes. Judea estaba bajo su dominio, de modo que declaró ilegal el judaísmo e intentó obligar a los judíos a aceptar la cultura griega. Los judíos se rebelaron y, bajo la familia de los Macabeos, crearon un reino independiente.
Después de la muerte de Antíoco IV, en 163 a. C., empezó la decadencia final del Imperio Seléucida. Las tribus nativas del Este, que habían sido sometidas primero por Alejandro Magno y luego por Antíoco III, se independizaron para siempre y, en 129 a. C., hasta tomaron Babilonia. Después de esto, el poderoso Imperio Seléucida quedó reducido a Siria solamente y agotó sus energías en guerras civiles entre diferentes miembros de la familia seléucida, cada uno de los cuales quería subir a ese trono sin valor. Tampoco ellos pudieron ofrecer resistencia a Roma.

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