miércoles, enero 4

LIBRO PRIMERO CAP 4

XXXI. Apenas cesó de hablar Diviciaco, todos los presentes
empezaron con sollozos a implorar el auxilio de César, quien reparó
que los secuanos entre todos eran los únicos que a nada contestaban
de lo que hacían los demás, sino que tristes y cabizbajos miraban al
suelo. Admirado César de esta singularidad, les preguntó la causa.
Nada respondían ellos, poseídos siempre de la misma tristeza y
obstinados en callar. Repitiendo muchas veces la misma pregunta, sin
poderles sacar una palabra, respondió por ellos el mismo Diviciaco:
«Aquí se ve cuánto más lastimosa y acerba es la desventura de los
secuanos que la de los otros; pues solos ellos ni aun en secreto osan
quejarse ni pedir ayuda, temblando de la crueldad de Ariovisto
ausente como si le tuvieran delante; y es que los demás pueden a lo
menos hallar modo de huir; mas éstos, con haberle recibido en sus
tierras y puesto en sus manos todas las ciudades, no pueden menos
de quedar expuestos a todo el rigor de su tiranía. »
XXXII. Enterado César del estado deplorable de los galos
procuró consolarlos con buenas razones, prometiéndoles tomar el
negocio por su cuenta, y afirmándoles que concebía firme esperanza
de que Ariovisto, en atención a sus beneficios y autoridad, pondría fin
a tantas violencias. Dicho esto, despidió la audiencia; y en
conformidad se le ofrecían muchos motivos que le persuadían a
pensar seriamente y encargarse de esta empresa. Primeramente por
ver a los eduos, tantas veces distinguidos por el Senado con el timbre
de parientes y hermanos, avasallados por los germanos, y a sus hijos
en manos de Ariovisto y de los secuanos; cosa que, atenta la
majestad del Pueblo Romano, era de sumo desdoro para su persona
no menos que para la República. Consideraba además, que
acostumbrándose los germanos poco a poco a pasar el Rin y a
inundar de gente la Galia, no estaba seguro su Imperio; que no era
verosímil que hombres tan fieros y bárbaros, ocupada una vez la
Galia, dejasen de acometer, como antiguamente lo hicieron los
cimbros y teutones, a la provincia, y de ella penetrar la Italia;
mayormente no habiendo de por medio entre los secuanos y nuestra
provincia sino el Ródano; inconvenientes que se debían atajar sin la
menor dilación. Y en fin, había ya Ariovisto cobrado tantos humos y
tanto orgullo, que no se le debía sufrir más.
XXXIII. Por tanto, determinó enviarle una embajada con la
demanda de que «se sirviese señalar algún sitio proporcionado donde
se avistasen; que deseaba tratar con él del bien público y de asuntos
a entrambos sumamente importantes». A esta embajada respondió
Ariovisto: «que si por su parte pretendiese algo de César, hubiera ido
en persona a buscarle; si él tenía alguna pretensión consigo, le
tocaba ir a proponérsela. Fuera de que no se arriesgaba sin ejército a
ir a parte alguna de la Galia cuyo dueño fuese César, ni podía mover
el ejército a otro lugar sin grandes preparativos y gastos. No
comprendía que César ni el Pueblo Romano tuviesen que hacer en la
Galia, que por conquista era suya».
XXXIV. César, en vista de estas respuestas, repitió la
embajada, replicando así: «Ya que después de recibido un tan
singular beneficio suyo y del Pueblo Romano, como el título de rey y
amigo, conferido por el Senado en su consulado,23 se lo pagaba ahora
con desdeñarse de aceptar el convite de una conferencia,
desentendiéndose de proponer y oír lo que a todos interesaba,
supiese que sus demandas eran éstas: primera, que no condujese ya
más tropas de Germania a la Galia; segunda, que restituyese a los
eduos los rehenes que tenía en prendas, y permitiese a los secuanos
soltar los que les tenían: en suma, no hiciese más agravios a los
eduos, ni tampoco guerra contra ellos o sus aliados. Si esto hacía,
César y el Pueblo Romano mantendrían con él perpetua paz y
amistad; si lo rehusaba, no disimularía las injurias de los eduos; por
haber decretado el Senado, siendo cónsules Marcos Mésala y Marco
Pisón, que cualquiera que tuviese el gobierno de la Galia, en cuanto
pudiera buenamente, protegiese a los eduos y a los demás
confederados del Pueblo Romano. »
XXXV. Respondióle Ariovisto: «ser derecho de la guerra que los
vencedores diesen leyes a su arbitrio a los vencidos; tal era el estilo
del Pueblo Romano, disponiendo de los vencidos, no a arbitrio y
voluntad ajena, sino a la suya. Y pues que él no prescribía al Pueblo
Romano el modo de usar de su derecho, tampoco era razón que
viniese el Pueblo Romano a entremeterse en el suyo; que los eduos,
por haberse aventurado a moverle guerra y dar batalla en que
quedaron vencidos, se hicieron tributarios suyos, y que César le hacía
grande agravio en pretender con su venida minorarle las rentas. Él no
pensaba en restituir los rehenes a los eduos; bien que ni a éstos ni a
sus aliados haría guerra injusta, mientras estuviesen a lo convenido y
pagasen el tributo anual; donde no, de muy poco les serviría la
hermandad del Pueblo Romano. Al reto de César sobre no disimular
las injurias de los eduos, dice que nadie ha medido las fuerzas con él
que no quedase escarmentado. Siempre que quiera haga la prueba, y
verá cuál es la bravura de los invencibles germanos, destrísimos en el
manejo de las armas, y que de catorce años a esta parte nunca se
han guarecido bajo techado».
XXXVI. Al mismo tiempo que contaban a César esta
contrarréplica, sobrevienen mensajeros de los eduos y trevirenses24:
los eduos a quejarse de que los harudes nuevamente trasplantados a
la Galia talaban su territorio, sin que les hayan servido de nada los
rehenes dados a Ariovisto por redimir la vejación; los trevirenses a
participarle cómo las milicias de cien cantones suevos cubrían las
riberas del Rin con intento de pasarle, cuyos caudillos eran dos
hermanos, Nasua y Cimberio. Irritado César con tales noticias,
resolvió anticiparse, temiendo que si la nueva soldadesca de los
suevos se unía con la vieja de Ariovisto, no sería tan fácil
contrastarlos. Por eso, proveyéndose lo más presto que pudo de
bastimentos, a grandes jornadas marchó al encuentro de Ariovisto.
XXXVII. A tres días de marcha tuvo aviso de que Ariovisto iba
con todo su ejército a sorprender a Besanzón, plaza muy principal de
los secuanos, y que había ya caminado tres jornadas desde sus
cuarteles. Juzgaba César que debía precaver con el mayor empeño no
se apoderase de aquella ciudad, abastecida cual ninguna de todo
género de municiones, y tan bien fortificada por su situación, que
ofrecía gran comodidad para mantener la guerra; la ciñe casi
totalmente el río Dubis como tirado a compás; y por donde no la
baña el río, que viene a ser un espacio de seiscientos pies no más, la
cierra un monte muy empinado, cuyas faldas toca el río por las dos
puntas. Un muro que lo rodea hace de este monte un alcázar metido
en el recinto de la plaza. César, pues, marchando día y noche la
vuelta de esta ciudad, la tomó, y puso guarnición en ella.
XXXVIII. En los pocos días que se detuvo aquí en hacer
provisiones de trigo y demás víveres, con ocasión de las preguntas de
los nuestros y lo que oyeron exagerar a los galos y negociantes la
desmedida corpulencia de los germanos, su increíble valor y
experiencia en el manejo de las armas, y cómo en los choques
habidos muchas veces con ellos ni aun osaban mirarles a la cara y a
los ojos, de repente cayó tal pavor sobre todo el ejército, que
consternó no poco los espíritus y corazones de todos. Los primeros a
mostrarlo fueron los tribunos y prefectos de la milicia, con otros que,
siguiendo desde Roma por amistad a César, abultaban con voces
lastimeras el peligro a medida de su corta experiencia en los lances
de la guerra. De éstos, pretextando unos una causa, otros, otra de la
necesidad de su vuelta, le pedían licencia de retirarse. Algunos,
picados de pundonor, por evitar la nota de medrosos quedábanse, sí,
mas no acertaban a serenar bien el semblante ni a veces a reprimir
las lágrimas; cerrados en sus tiendas o maldecían su suerte, o con
sus confidentes se lamentaban de la común desgracia, y entre ellos
no se pensaba sino en otorgar testamentos. Con los quejidos y
clamores de éstos, insensiblemente iba apoderándose el terror de los
soldados más aguerridos, los centuriones y los capitanes de
caballería. Los que se preciaban de menos tímidos decían no temer
tanto al enemigo como el mal camino, la espesura de los bosques
intermedios y la dificultad del transporte de los bastimentos. Ni
faltaba quien diese a entender a César que cuando mandase alzar el
campo y las banderas, no querrían obedecer los soldados ni llevar los
estandartes de puro miedo.
XXXIX. César, en vista de esta consternación, llamando a
consejo, a que hizo asistir a centuriones de todas clases, los
reprendió ásperamente: «lo primero, porque se metían a inquirir el
destino y objeto de su jornada. Que si Ariovisto en su consulado
solicitó con tantas veras el favor del Pueblo Romano, ¿cómo cabía en
seso de hombre juzgar que tan sin más ni más faltase a su deber?
Antes tenía por cierto que sabidas sus demandas, y examinada la
equidad de sus condiciones, no había de renunciar su amistad ni la
del Pueblo Romano; mas dado que aquel hombre perdiese los
estribos y viniese a romper, ¿de qué temblaban tanto?, ¿o por qué
desconfiaban de su propio esfuerzo o de la vigilancia del capitán? Ya
en tiempo de nuestros padres se hizo prueba de semejantes
enemigos, cuando en ocasión de ser derrotados los cimbros y
teutones por Cayo Mario,25 la victoria, por opinión común, se debió no
menos al ejército que al general. Hízose también no ha mucho en
Italia con motivo de la guerra servil,26 en medio de que los esclavos
tenían a su favor la disciplina y pericia aprendida de nosotros, donde
se pudo echar de ver cuánto vale la constancia; pues a éstos, que
desarmados llenaron al principio de un terror pánico a los nuestros,
después los sojuzgaron armados y victoriosos. Por último, esos
germanos son aquellos mismos a quienes los helvecios han batido en
varios encuentros, no sólo en su país, sino también dentro de la
Germania misma; los helvecios, digo, que no han podido
contrarrestar a nuestro ejército. Si algunos se desalientan por la
derrota de los galos, con averiguar el caso, podrán certificarse de
cómo Ariovisto al cabo de muchos meses que sin dejarse ver estuvo
acuartelado, metido entre pantanos, viendo a los galos aburridos de
guerra tan larga, desesperanzados ya de venir con él a las manos y
dispersos, asaltándolos de improviso, los venció, más con astucia y
maña que por fuerza. Pero el arte que le valió para con esa gente
ruda y simple, ni aun él mismo espera le pueda servir contra
nosotros. Los que coloran su miedo con la dificultad de las
provisiones y de los caminos, manifiestan bien su presunción,
mostrando que, o desconfían del general, o quieren darle lecciones, y
no hay motivo para lo uno ni para lo otro. Los secuanos, leucos27 y
lingones están prontos a suministrar trigo; y ya los frutos están
sazonados en los campos. Qué tal sea el camino, ellos mismos lo
verán presto; el decir que no habrá quien obedezca ni quiera llevar
pendones, nada le inmuta; sabiendo muy bien que, cuando algunos
jefes fueron desobedecidos de su ejército, eso provino de que o les
faltó la fortuna en algún mal lance, o por alguna extorsión manifiesta
descubrieron la codicia. Su desinterés era conocido en toda su vida;
notoria su felicidad en la guerra helvecia. Así que iba a ejecutar sin
más dilación lo que tenía destinado para otro tiempo; y la noche
inmediata de madrugada movería el campo para ver si podía más con
ellos el punto y su obligación que el miedo. Y dado caso que nadie le
siga, está resuelto a marchar con sólo la legión décima, de cuya
lealtad no duda; y ésa será su compañía de guardias». Esta legión le
debía particulares finezas, y él se prometía muchísimo de su valor.
XL. En virtud de este discurso se trocaron maravillosamente los
corazones de todos, y concibieron gran denuedo con vivos deseos de
continuar la guerra. La legión décima fue la primera en darle por sus
tribunos las gracias por el concepto ventajosísimo que tenía de ella,
asegurando estar prontísima a la empresa. Tras ésta luego las demás
por medio de sus decuriones y oficiales de primera graduación dieron
satisfacción a César, protestando que jamás tuvieron ni recelo, ni
temor, ni pensaron sujetar a su juicio, sino al del general, la dirección
de la campaña. Admitidas sus disculpas, y habiendo interrogado
sobre los caminos a Diviciaco, de quien se fiaba más que de los otros
galos, con un rodeo de casi cuarenta millas, a trueque de llevar el
ejército por lo llano, al romper del alba, conforme había dicho, se
puso en marcha. Y como no la interrumpiese, al séptimo día le
informaron los batidores que las tropas de Ariovisto distaban de las
nuestras veinticuatro millas.

23
Dice expresamente Dión que el titulo de amigo del Pueblo Romano se confirió a Ariovisto en el
consulado de César.
24
Ocupaban el territorio de Tréveris.
25
Véase la Vida de Cayo Mario en las VIDAS PARALELAS publicadas en esta Colección.
26
Véase Vida de Craso en las VIDAS PARALELAS.
27
Habitaban la actual Lorena.

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